jueves, 20 de enero de 2022

EL LIBRE ALBEDRIO... ¿REALMENTE EXISTE?

 

Artículo correspondiente a la columna semanal DE LA CABEZA del Diario La Nación del sábado 2 de octubre de 2021. Todos los derechos reservados.


Una de las cuestiones que desvelan a las Neurociencias desde hace tiempo es el real concepto de "libre albedrío". Pongamos un ejemplo: llega el sábado y debo elegir entre quedarme en casa a ver una serie en Netflix o salir con amigos a compartir. Si salgo, debo decidir con quien y dependiendo de eso, donde ir, que hacer.  ¿Es esta una decisión libre o influenciada? Parece que hay muchos condicionantes, a favor y en contra, del camino a seguir. En realidad, su decisión sería completamente libre si un día se inclinase por una actividad y otro por la opuesta. Pero, ¿cuándo se darán las mismas exactas circunstancias? En la práctica, nunca. Ese es uno de los problemas de lo que se entiende, en sentido estricto, por libre albedrío: la capacidad de tomar decisiones diferentes ante exactamente las mismas condiciones ambientales, sociales, individuales y emocionales. A esto sumamos que cualquiera puede hacer lo que quiera, pero no elegir lo que quiere. ¿Estamos predeterminados a lo que decidimos? La batalla del determinismo tiene también un sustrato religioso. Por ejemplo, los jesuitas defendían en su momento que el libre albedrío era necesario para poder alcanzar la salvación. Los jansenistas y protestantes creían en la predestinación, por lo que uno poco podía hacer en ese caso. ¿Quién tiene razón?

Como muchas ocasiones, la Neurociencia viene a salvarnos de una encrucijada más. Incluso los expertos en derecho penal ven difícil aplicar los conceptos de responsabilidad y culpabilidad a decisiones tomadas por una estructura material como es nuestro cerebro. En la actualidad, la inmensa mayoría de los neurocientíficos aceptamos que es nuestro cerebro el que ocasiona y regula lo que hacemos y lo que pensamos. Es decir, comportamientos, deseos, recuerdos, emociones y pensamientos dependen de la actividad de porciones específicas de nuestro cerebro. Si para ver hace falta la retina y partes definidas de la porción más posterior del cerebro, denominada corteza visual u occipital, para tocar el piano hace falta la actividad coordinada de porciones específicas de las cortezas parietal, prefrontal y motora y así para todas las demás actividades que hacemos, sentimos o pensamos. ¿Cómo ocurre la actividad consciente, es decir, aquella que nos permite percibir el mundo exterior, adquirir conocimientos y tomar decisiones? A fin de cuentas, todo esto subyace al proceso de decidir, de elegir lo que uno quiere hacer. 

Esto se explica así: en primer lugar, gran parte de la actividad cerebral ocurre de forma inconsciente. Por ejemplo, cuando vemos una película, las imágenes se suceden de forma pausada con cortes espaciados varios segundos, lo que nos permite seguir las escenas percibiendo todo lo que ocurre, mientras que con los videoclips musicales el tiempo entre corte y corte es muy breve y, aunque creemos que vemos todo lo que nos enseñan, la realidad es que no es así. Ocurre que, para que la información visual se haga consciente, la actividad cerebral debe alcanzar la porción más rostral del cerebro, el lóbulo prefrontal. Cuando las imágenes se sustituyen rápidamente la activación cerebral no llega al lóbulo prefrontal y no somos completamente conscientes de lo que se muestra. Aun así, tenemos la sensación subjetiva de que estamos viendo el contenido global del filme, pero es gracias a una percepción subconsciente. Ese procesamiento subconsciente también ocurre, en parte, cuando tratamos de decidir qué hacer, ya que la actividad cerebral precede a la actividad mental consciente, por lo que el momento en que decimos "Eureka!" es solo el corolario final de un proceso mental que transcurrió cuando hemos estado buscando la solución a un problema matemático, o a un dilema de otra índole y, de repente, parece que se nos ilumina la mente y encontramos la solución. Ocurre que, en el caso de que sea una cuestión lingüística, más de un segundo antes de que digamos '¡ajá!' se activan porciones específicas de la zona parietooccipital y de la corteza temporal anterosuperior. Por supuesto, nuestro estado consciente varía a lo largo del día mientras estamos activos, descansando, pensando en las musarañas o durmiendo. A cada una de esas situaciones corresponde una actividad cerebral determinada. 

Por las limitaciones conceptuales indicadas hace una semana sobre el libre albedrío, los neurocientíficos preferimos manejarnos con el más flexible concepto de toma de decisiones, no de una cuestiòn "metafìsica· de conceptos de libertades. Y esas decisiones se toman independientemente de que sean libres o determinadas, lo que interesa saber es qué ocurre en el cerebro cuando tomamos una decisión determinada. 


En 1983, Benjamin Libet desató una controversia con su demostración de que nuestra sensación de libre albedrío podría ser una ilusión, al demostrar con un experimento ya clasico, que la decision de efectuar algo como un movimiento, era ya tomada fracciones de segundo antes de que se produjera aparentemente de manera libre y no condicionada. Parte de la atracción del experimento de Libet se debe a dos intuiciones dominantes que tenemos acerca de la mente: la primera es la sensación de que nuestra mente es una cosa separada de nuestro ser físico, un dualismo natural que nos empuja a creer que la mente es un lugar puro, abstracto, libre de limitaciones biológicas; la segunda es la creencia de que conocemos nuestra propia mente, que nuestra experiencia subjetiva de tomar decisiones es un reporte exacto de cómo se tomó esa decisión. 

La mente es como una máquina. Siempre que funcione bien, nos sentimos alegremente ignorantes de cómo lo hace. Es solo cuando surgen errores y contradicciones que nos llama la atención ver que pasa. Quizás la verdadera decisión está hecha de alguna forma "por nuestro cerebro" o tal vez simplemente sea que la sensación de decidir está atrasada con respecto a nuestra decisión real. Solo porque reportamos erróneamente el momento de la decisión no quiere decir que no estuvimos íntimamente involucrados en tomarla, en el sentido significativo que eso pudiese tener.  Llevados al campo de las neuroimagenes donde se examinò con un resonador magnetico funcional el cerebro de personas mientras tomaban decisiones aparentemente libres de cualquier tipo de presion, se ha comprobado por los registros de zonas "despiertas" en ese momento en el cerebro que.todas las decisiones las toma nuestro cerebro inconsciente de forma determinista, en función del estado en que se encuentra en el momento de recibir los estímulos que lo mueven a escoger entre varias opciones. 

Ahora, con estos descubrimientos, nos toca asumir un conocimiento nuevo sobre nuestra manera de ser: la conciencia llega cuando ya hemos tomado la decisión. Nuestras decisiones están predeterminadas inconscientemente un poco antes de que nuestra conciencia las perciba como si las hubiera desencadenado de manera premeditada. Y esta es la palabra clave: no ha habido “premeditación” consciente. La respuesta biológica ha sido automática y anterior a la toma de conciencia “meditada” de que estamos conformes con la acción ya ejecutada.Según esto, la impresión del sujeto de haber decidido racional y libremente no es más que una simple ilusión de control, una justificación a posteriori del cerebro para sentir que teníamos razones para hacer lo que, en realidad, hemos hecho motivados por nuestras sensaciones y emociones. Definitivamente, esto nos ayuda a confrontar nuestras intuiciones sobre el funcionamiento de la mente y a ver que las cosas son más complicadas de lo que instintivamente imaginamos. 

Pero no se preocupe: no somos máquinas. Somos seres vivos con motivos internos que nos llevan a explorar y entender el mundo que nos rodea y a nosotros mismos. Esperemos que para bien.  ¿Díganme si no es para estar DE LA CABEZA?. Nos leemos el sábado siguiente.


BILINGUISMO EN EL AUTISMO: UNA NUEVA LUZ

 

Artículo correspondiente a la columna semanal DE LA CABEZA del Diario La Nación del sábado 25 de setiembre de 2021. Todos los derechos reservados.

El Paraguay tiene por característica la mediterraneidad y el bilingüismo. Somos mediterráneos, una isla rodeada de tierra como decía Roa Bastos, y al respecto de ello no podemos hacer nada. Pero somos bilingües, y esta condición que no la ostentan muchos países en el mundo, podría pensarse que es un gran problema, sin embargo, para aquellos que tienen serios problemas de comunicación como las personas con trastorno del espectro autista (TEA). Y, en verdad, esto parece no ser así. 

Los niños con Trastorno del Espectro Autista (TEA) suelen presentar, como aspectos más frecuentes, alteraciones en la comunicación y el lenguaje. La ausencia del inicio del lenguaje, cuando por edad ya debería haber iniciado esta etapa, crea inquietud entre los padres. Este trastorno del neurodesarrollo acrecienta la preocupación entre los progenitores cuando el entorno del niño o niña con un diagnóstico TEA es bilingüe y les surgen las dudas de si es conveniente aprender dos idiomas de manera simultánea. Un estudio español realizó una revisión sistemática en el que recogía que el bilingüismo no supone ninguna dificultad adicional para el desarrollo de niños con este trastorno a partir de los tres años. Al contrario, el niño se beneficiará del aprendizaje y desarrollo que conllevan dos idiomas. 

Un entorno bilingüe/multilingüe puede tener un efecto positivo en habilidades cognitivas, metalingüísticas (para entender las reglas de cada lengua) y para aprender cómo comunicarse adecuadamente en cada situación. Además, aprender más de una lengua aporta flexibilidad; es decir, entender que las cosas no tienen una única forma de ser. Por ello, el bilingüismo puede favorecer la producción de respuestas más apropiadas con los distintos sentimientos y pensamientos de los demás. Además, contribuye a una percepción más adaptada en situaciones de rechazo social. Restringirse a utilizar un solo idioma no maximiza necesariamente el potencial de aprendizaje lingüístico o comunicativo cuando el niño o la niña se desarrolla en un entorno bilingüe. Es más, existen incluso estudios que han encontrado que los niños y niñas con TEA bilingües tienen el doble de probabilidades que los niños monolingües con TEA de usar gestos cuando se comunican, como, por ejemplo, señalar. Las personas con TEA pueden ser capaces de manejar y beneficiarse de escuchar más de un idioma en el mismo sentido que sus iguales: desarrollando mayor flexibilidad cognitiva y pensamiento crítico, mayores destrezas para la interacción social y mejores capacidades mentalistas. Incluso puede ofrecer ventajas para la lectura y la escritura. De hecho, los adultos con TEA bilingües manifiestan haber tenido una vida social más satisfactoria que los monolingües. 

Aprender lenguas a cualquier edad requiere poner en práctica recursos que aportan beneficios a nivel social y de calidad de vida. Y para quienes presentan TEA, puede ser una verdadera ayuda DE LA CABEZA. Nos leemos en una semana.


LA MEMORIA NOS ENGAÑA


 

EL CEREBRO DE LA MADRE ANTE LA MIRADA DEL NIÑO

 


sábado, 8 de enero de 2022

LA MÚSICA QUE NOS GUSTA

 

Artículo correspondiente a la columna semanal del Diario La Nación de los sábados 7, 14 y 21 de agosto de 2021. Todos los derechos reservados. 

Si hay algo que nos gusta a todos los seres humanos (incluso a los animales muchas veces) es la música. En esta misma columna me he referido a su efecto sobre el cerebro y sobre las emociones en más de un sábado de conversación con ustedes, queridos lectores neurofanáticos. Pero... ¿pensamos alguna vez por qué nos gustan algunas músicas, mientras que otras no? Y es que los gustos musicales son tan variopintos como cantidad de personas existen sobre la faz de la tierra.

En la cultura occidental, la atracción del ser humano hacia la música ha generado innumerables opiniones y estudios, desde aquellos que la han enfocado desde la Filosofía hasta los que la abordaron desde la luz potente de las Neurociencias: todas arrojaron valiosos conocimientos sobre la relación de los hombres con el sonido y nos llevan a concluir que, de todas las manifestaciones artísticas, la música es la que consigue que afloren nuestras emociones de una forma más inmediata e incontrolable El gusto por la música parece ser algo innato, a diferencia del conocimiento musical que es algo que se aprende. 

Pero... ¿qué hace de la música algo tan próximo a nosotros? Independientemente al hecho de que la música es omnipresente gracias a la tecnología (auto, casa, trabajo, en auriculares cuando hacemos deportes, cuando nos juntamos con amigos) y en todo momento es la más accesible de las artes, debe haber algo más. Por eso, todos debemos saber que la ventaja de la música con respecto al resto de artes es que su procesamiento se produce a través del oído y este sentido es el que mayor desarrollo intrauterino alcanza. Su formación comienza en las primeras semanas de gestación y antes de la mitad del embarazo, aproximadamente en la semana dieciséis, el feto puede percibir sonidos procedentes de la madre (los latidos del corazón, los ruidos intestinales, el flujo sanguíneo…) o del exterior (las voces, los ruidos de la calle, la música…) y reacciona a lo que escucha a través del movimiento corporal y del aumento de ritmo cardíaco. Lo curioso es que el oído comienza a funcionar unas nueve semanas antes de que la oreja esté en su sitio y completamente formada (esto ocurre en la semana veinticinco) y nos da una pista de por qué la percepción auditiva resulta más evocadora que el resto de percepciones: el enorme nivel de sofisticación del sistema auditivo nos permite atender no solo a estímulos sonoros externos sino que tenemos la capacidad de reproducir sonidos internamente con bastante más precisión que las sensaciones y experiencias que podemos recrear con el resto de sentidos. Por ejemplo, si queremos dejar de ver algo de inmediato podemos cerrar los ojos, si queremos dejar de oler basta con taparnos la nariz, si queremos dejar de tocar lo solucionamos retirando nuestra mano de allí, si queremos cambiar nuestro mal sabor de boca podemos beber o comer algo nuevo pero… ¿qué podemos hacer cuando una canción se nos ha metido en la cabeza y no hay manera de olvidarla instantáneamente? Tenemos pocas alternativas: no podemos cerrar las orejas, no solucionamos mucho tapándolas, no podemos retirarlas del objeto sonoro ¡porque está dentro de nuestra cabeza! Solo podemos esperar a que el sistema auditivo se centre en otra actividad o la memoria musical desista. He aquí una de las razones por las que la música, como sonido que es, nos resulta tan próxima: el sistema auditivo nos permite recibir estímulos externos a los que reaccionamos antes de nacer y reconocemos inmediatamente después del nacimiento.

Igualmente, la capacidad de reacción del oído humano es altísima. Prueba de eso es cuando se oye la bocina de un vehículo, sin esperar a razonar la respuesta, "pegamos el salto" para salvarnos de lo que sea... aunque más no sea una broma de mal gusto del que tocó el claxon. Y es que los mecanismos de alerta se relacionan con el sistema auditivo porque este era uno de los que alertaba a nuestros antepasados que iban de cacería de que eran ellos los acechados y no los animales que deseaban cazar para así salvarles la vida. Es justamente por eso que el oído es uno de los sentidos que más rápidamente reacciona incluso cuando estamos dormidos ya que junto con el olfato tiene un mecanismo de alerta que no se desactiva. 

Si bien hablamos más de los sonidos, ahora hablaremos ya de la integración de los mismos dentro de lo que es la música. La música es más compleja que un sonido aislado y por ello los estudios neurológicos la han utilizado para investigar en profundidad cómo funciona la percepción auditiva. Los experimentos con electroencefalografía han arrojado datos muy interesantes sobre cómo, al escuchar determinado tipo de música, cada individuo activa regiones concretas del cerebro relacionadas, en muchos casos, con las mismas áreas que se activan cuando sentimos miedo o un placer muy intenso. También han permitido determinar que: el oído tiene una gran capacidad de memoria que funciona como un enorme vademécum al que recurrimos para que nos ayude a explorar nuevos sonidos o nuevas músicas y que con pocos estímulos es capaz de activar más regiones cerebrales que el resto de sentidos. Esta es la segunda razón por la que la música nos resulta tan próxima: al activarse en el cerebro regiones no relacionadas propiamente con el sistema auditivo, se nos permite acumular experiencias que vivimos a partir de otros sentidos, de otros estados emocionales. Además, al necesitar tan poco para activarse, con sentir dos o tres notas de una melodía se mueven nuestros recuerdos no solo musicales sino también las vivencias relacionadas con ellos. 

Que la música nos mueve y nos conmueve no es nada nuevo. La diferencia entre los estudios actuales y los anteriores radica en que se da una explicación científica más profunda que pretende responder a cómo y por qué con la música se nos pone tantas veces la piel de gallina, se nos hace un nudo en la garganta, se nos llenan los ojos de lágrimas o nos entran ganas de saltar y gritar. La gran mayoría de los seres humanos no sienten tan a menudo estas sensaciones con otras manifestaciones artísticas como con la música. 

Pero (y esto le interesará a los músicos que leen mi columna)... ¿Se puede mejorar la apreciación y la comprensión musical sin estudiar música? Apreciar y comprender poseen diferencias sustanciales que se notan cuando los alumnos estudian música a nivel de Conservatorio. En los alumnos que leían música, así como en los que no lo hacían pero esbozaban conceptos visuales para entenderla y realizar una especie de "desglose auditivo" de lo que oían, la comprensión de lo que escuchaban era sumamente aceptable. La conclusión a la que se llegó es que si entendemos la comprensión musical como la acción de penetrar en su conocimiento para poder entender e interpretar de una forma más precisa los parámetros y elementos musicales, es indispensable tener nociones avanzadas sobre lectura, entonación y ejecución instrumental. Sin embargo, si la apreciación musical es la acción de poder evaluar con un mínimo de rigor aquello que escuchamos, no hace falta tener nociones relacionadas con la lectura y la entonación musical, pero sí unas pocas ideas claras y concisas sobre análisis auditivo. Esto mejora en mucho la apreciación y la consideración de la música, especialmente la de aquella que no está dentro de nuestro gusto ni de lo que escuchamos habitualmente. 

Esto es, precisamente, lo que hace que no podamos decir que la música es un lenguaje universal –no todo el mundo comprende toda la música– aunque sí podemos confirmar que la música es como una lengua pues, igual que éstas, utiliza esquemas. Unos esquemas que se pueden aprender de forma implícita a base de escuchar y comparar o de forma explícita aprendiendo qué parámetros y elementos son los que conforman esa música. Unos esquemas al fin y al cabo que nos proporcionan muy variados niveles de conocimiento sobre algo que a todos nos gusta: La música. 

Durante décadas, los neurocientíficos se han preguntado si existe una explicación biológica para que unos acordes nos agraden más que otros o si, por el contrario, se trata de una cuestión cultural como defienden algunos compositores. Un estudio del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y de la Universidad de Brandeis -ambos en Estados Unidos- publicado en la revista Nature se inclina por esta segunda hipótesis: sugiere que nuestras preferencias acústicas dependen más de la exposición a un determinado estilo musical que de un rasgo inherente al sistema auditivo. Es posible que las clases de sonidos para las que podemos adquirir de forma sencilla respuestas estéticas están restringidas por lo que es fácilmente discriminable, y eso está determinado hasta cierto punto por la biología. Aunque hay razones para hablar de una habilidad innata para distinguir los acordes que nos parecen más agradables del resto porque hay entre ellos diferencias de armonía, los datos de este estudio sugieren que la respuesta estética que se asocia con una clase de sonidos se adquiere mediante la exposición a una cultura.

Ya los músicos de la Antigua Grecia observaron que las notas que componen los acordes consonantes -los que nos parecen agradables- guardan una relación de números enteros en lo que a la frecuencia de sus ondas sonoras se refiere; por ejemplo, entre do y sol -que juntas forman la llamada "quinta perfecta"- la relación es de 3:2. Es posible que los griegos comenzaran a hacer música usando combinaciones de notas que formaran cocientes de números enteros porque creían en teorías estéticas que echaban sus raíces en ese tipo de proporciones, y así seguimos hasta ahora. En efecto, la música occidental se basa en gran parte en armonías que se construyen siguiendo estos principios, que se han difundido a lo largo de todo el mundo. Mediante estudios en diferentes poblaciones culturales se encontraron que las preferencias sobre la consonancia o la disonancia dependen de la exposición a la cultura musical occidental y que esa preferencia no es innata. Esto en cuanto a la armonía, respecto a la melodía, les cuento en el siguiente párrafo.

 Sí, pero ¿por qué estos sonidos nos producen emociones? ¿Por qué no otros? ¿Qué es lo que distingue la música de, por ejemplo, el ruido del tráfico, y qué efecto tiene en nuestro cerebro? La música es algo común a toda la humanidad y además nos define como especie. Es cierto que la música clásica reduce la ansiedad en los perros, mientras que el heavy metal les hace ladrar más. A los gatos les da igual la música que pongas. Pero esto tiene que ver más con el ritmo y el tono. En realidad nosotros tenemos una capacidad que los perros y gatos no tienen: la llamada tonalidad relativa. Los humanos no solo oímos los tonos separados, sino que también percibimos las diferencias entre las frecuencias de las notas de una canción. Son estas relaciones entre las notas las que nos permiten recordar e identificar una melodía, algo que ningún otro animal puede hacer. Los pájaros pueden reconocer una secuencia de tonos, pero si cambiamos la tonalidad de toda la canción para hacerla más aguda o más grave, ya no pueden. En otras palabras, algunos animales pueden distinguir melodías, pero solo nosotros, los humanos, podemos percibir la armonía, la estructura de la canción. Hemos evolucionado para aprender a distinguir patrones, series que se repiten, y hacer predicciones. Cuando acertamos con las predicciones nuestro cerebro recibe una placentera descarga de dopamina. Toda la música son series y patrones que aprendemos a reconocer. Tenemos las proporciones entre las notas tan metidas en el cerebro que somos capaces de adivinar cuál es la nota siguiente. 

Pero esto no termina aquí: los humanos también somos curiosos y nos gustan las sorpresas. Por eso, cuando una melodía o una armonía se sale de lo que esperamos, nuestro cerebro también recibe una recompensa. Esto ha permitido a una inteligencia artificial desvelar cuál es el secreto de que una canción sea pegadiza. El programa es capaz de componer un éxito pop instantáneamente. Hay muchas hipótesis sobre el origen de la música en los humanos, entre ellas, que en un momento fue parte del lenguaje, y que nos permitió expresar emociones. Por eso tenemos gargantas que nos permiten cantar. Por eso nos gusta la música.Por eso nos tiene DE LA CABEZA. Hasta el sábado que viene.



EL MISTERIOSO MUNDO DE LAS EMOCIONES

 

Artículo correspondiente a la columna semanal DE LA CABEZA del Diario La Nación de los sábados 13, 20  y 27 de julio de 2021. Todos los derechos reservados.


Si me dijeran que definiera a la especie humana, no parafrasearía a René Descartes con su "cogito, ergo sum", "pienso, luego existo", porque como bien lo definiera Antonio Damasio en su obra "El error de Descartes" (Editorial Planeta,1994) el ser humano antepone siempre la emoción a la razón, y eso se ve cuando le toca elegir, por ejemplo, entre dos hamburguesas: siempre termina eligiendo la de "marca" contra la "casera", aunque esta última sea más jugosa, grande y deliciosa: gana siempre el truco emocional implícito en el perverso marketing incesante de la marca multinacional (que en los niños alcanza el nivel de mayor maldad al querer introducir la felicidad en una cajita: la "cajita feliz"). De eso hablé mucho y varias veces en esta columna: del marketing emocional con el que nos venden gato por liebre o grasa por carne. 

De entrada no es fácil siquiera determinar el significado del término emoción. Para unos, las emociones implican experiencias conscientes que solo pueden investigarse en humanos, mientras que para otros el movimiento de la cola entusiasta de nuestro perrito al llegar a casa es prueba de que "está emocionado de vernos". Algunos sitúan las emociones en zonas cerebrales delimitadas y otros las ubican absolutamente repartida en diferentes centros encefálicos. Y en la historia, por ejemplo, William James dijo que las emociones son la consecuencia de la conducta, no su causa. 

Hoy en día no podemos decir que las emociones son consecuencia solamente de lo que reaccionamos respecto a lo que nos rodea o de nuestro carácter, el que traemos "de fábrica". El desarrollo de las emociones implica una interacción sutil entre genes y entorno, entre mecanismos programados de forma innata y asociaciones aprendidas. Conductas innatas como la sonrisa se dan incluso en recién nacidos o se expresan en sueños. Con tiempo y aprendizaje, pasan a ser incorporadas en expresiones plenamente manifestadas. Nada tiene, pues, de extraño que uno de los aspectos de la emoción que se ha estudiado con mayor intensidad sea su expresión facial. Los estudios pioneros de Paul Ekman y sus colaboradores en los años sesenta y setenta sugerían que algunas expresiones faciales se compartían en todas las culturas. Ekman viajó a Nueva Guinea para investigar sobre las emociones de los naturales, en particular sus expresiones faciales. De su observación dedujo que había expresiones de un conjunto de emociones, las emociones básicas, de alcance universal en el género humano, cuyo fundamento radicaba en módulos cerebrales innatos. Conformaban ese elenco básico la alegría, la sorpresa, el miedo, la angustia, la repugnancia y la tristeza; podría sumarse alguna otra, como el desprecio. 


La investigación reciente ha revelado que las expresiones faciales encierran otros aspectos que, por su finura, escapan a la observación común. Además, la antropología comparada ha demostrado que cada cultura categoriza las expresiones en distintos conceptos. El rostro humano expresa su emoción a través de 17 pares de músculos faciales, que compartimos en buena medida con los grandes primates. 

Una ciencia de las emociones requiere hablar claro y tener bien definidos los conceptos, establecer con precisión los medios sensibles, las posibles herramientas de análisis estadísticamente poderosas y ordenar todas las hipótesis creativas. Aunque las emociones sean estados cerebrales y los mecanismos que las generan deban investigarse en neurobiología, sería una falacia deducir de ello que las emociones se hallan literalmente en el cerebro y pudiéramos descubrirlas con solo afinar las herramientas de observación y medición. Muy importante es saber que no es lo mismo producir emociones que tener emociones. Muchas partes del cerebro participan del mecanismo de la emoción, una sola de ellas aislada no lo produce ni li general. La emoción es una propiedad de todo el sistema nervioso, no en balde cuando algo nos emociona "nos da pirí" o "sentimos mariposas en el estómago": todas las partes operan conjuntamente para generar la propiedad. Hay sistemas cerebrales que determinan que el sujeto experimente las emociones. La experiencia consciente de las emociones es propiedad global de la persona (o de un animal), pero los mecanismos en cuya virtud se produce no poseen en sí mismos esa propiedad. 

Si hablamos de las características que describen a las emociones, podemos decir que son varias. Destacan su gradualidad, lo que significa que no todos los estados poseen la misma intensidad: hay emociones "fuertes" e intensas y emociones pasajeras y "light". Propio de ellas es lo que se denomina en psicología su valencia, es decir, su dimensión dual (placer y desagrado, estímulo y respuesta) como antónimos sensitivos de la psiquis. También se toma en cuenta su persistencia, el estado emocional perdura más que el estímulo desencadenante, lo que implica que, aunque haya concluido el factor que emocionó, la sensación persiste e incluso se reaviva con el estímulo del recuerdo. Los autores analizan de forma exhaustiva otras propiedades como la generalización, el automatismo o la comunicación social, es decir, sentirse "totalmente bien" o "totalmente mal" con una emoción, sentirse automáticamente bien o mal cuando se genera un mismo estímulo emocional positivo o negativo, o sentirse apesadumbrado cuando "el ambiente" en general se siente "pesado", todos están mal o todos están bien (las emociones "se contagian"!!!)

Hoy en día sabemos que la reactividad emocional, la fuerza con que se expresan las emociones en cada persona, es una cualidad biológica, variable y con un gran componente congénito, es decir, la heredamos en buena medida de nuestros progenitores y va a determinar muchos aspectos y circunstancias de nuestra vida. Incluso en los niños muy pequeños se observa que, ante una misma frustración, cuando, por ejemplo, se les quita un juguete de las manos, su respuesta emocional puede ser muy diferente. Los hay que se enojan mucho y "se pichan", mostrando un gran berrinche, mientras que otros expresan su sentimiento de manera más suave y pacífica. Quienes tengan más de un hijo posiblemente han tenido ocasión de comprobarlo en su propia familia (los que tienen la suerte de tener mellizos como yo saben cuan diferentes pueden ser dos seres que están juntos desde su misma concepción). A los adultos nos ocurre lo mismo, pues somos muy diferentes en el modo y la fuerza con que se expresan nuestras emociones y sentimientos incluso en idénticas circunstancias. 


Para concluir lo que hablamos sobre el misterioso mundo de las emociones, les prometí el sábado pasado contarles si las emociones pueden o no heredarse. Desde ya les cuento que la reactividad emocional, esa fuerza de expresión de los sentimientos, podría estar condicionada por causas o factores epigenéticos (es decir, que puedan estar en la información genética del individuo y solamente manifestarse mediante estímulos del ambiente).  Ahora también sabemos que la reactividad emocional, la fuerza de expresión de los sentimientos, podría estar condicionada por causas o factores epigenéticos, es decir, por experiencias personales de los progenitores, como las situaciones de estrés que han vivido y que han podido marcar sus genes condicionando su expresión. Aunque no sabemos cómo, las marcas epigenéticas pueden transferirse al ADN de los gametos (espermatozoides y óvulos) que, a su vez, se transfieren a los descendientes en la fecundación. Así ha sido comprobado en experimentos con ratas donde las que fueron entrenadas a asociar un determinado olor a una descarga eléctrica en sus patas tuvieron descendientes con más sensibilidad a ese olor que las que no habían sufrido la misma experiencia. El aprendizaje de los progenitores causó cambios epigenéticos que facilitaron la expresión del gen que lleva la información para sintetizar la molécula sensible a ese olor. Ese cambio se transmite por los gametos y aumenta la sensibilidad del descendiente para ese mismo olor. De modo similar, las vivencias estresantes de los padres podrían condicionar epigenéticamente la sensibilidad emocional de los hijos, e incluso de los nietos, en determinadas situaciones, pues las marcas epigenéticas pueden heredarse con los propios genes, aunque no tienen la misma estabilidad que ellos y pueden añadirse o perderse en los cambios generacionales.  

Entonces, la reactividad emocional es en buena medida, heredada. Ahora, lo que va a emocionarnos y a hacernos expresar los sentimientos con esa fuerza de la que venimos dotados depende de factores que ahora son ambientales y educativos. Heredamos la reactividad emocional, pero aprendemos a utilizarla según lo que hemos vivido cada uno y cómo nos enseñan y educan. Los estímulos, es decir, las palabras, hechos, ideas, pensamientos, personas, lugares y circunstancias que nos emocionan lo hacen porque en algún momento anterior de nuestra vida se asociaron a circunstancias que nos provocaron sentimientos como el miedo, la alegría, la vergüenza, el odio o el amor, entre otros muchos posibles. Muchas emociones son respuestas condicionadas, es decir, aprendidas, y esa asociación pudo producirse de forma automática y espontánea, como cuando al pararse inesperadamente el ascensor sentimos miedo, o de forma instructiva, como cuando se nos educa para ser solidarios y generosos o, para odiar a personas, colectivos o ideas. Nadie nace siendo Anabelle la muñeca maldita o Bambi, pero las experiencias vitales y la educación pueden orientar una alta reactividad emocional hacia el altruismo y la bondad o hacia la maldad y el horror. 


Otros factores biológicos pueden además sumarse, como en el caso de los hombres, donde la presencia en su sangre y su cerebro de la hormona testosterona puede actuar sinérgicamente con la reactividad emocional heredada Si la persona nace con una reactividad emocional determinada, solo faltan las situaciones personales o colectivas capaces de activar la expresión de los sentimientos incubados con la fuerza que cada uno lo hace. Desgraciadamente, no dejamos de comprobarlo con los casos de feminicidios y violencia familiar que coinciden con el género masculino con el triste protagonista violento. 

En definitiva, las emociones mismas, como el miedo, el odio o el amor, no se heredan, pero sí heredamos una predisposición biológica para adquirirlas con mayor o menor facilidad y, sobre todo, para expresarlas con fuerza diferente en cada persona. Lo que de ningún modo heredamos son los estímulos y las causas que provocan las emociones y los sentimientos que tenemos, pues eso depende exclusivamente de nuestras vivencias personales y, sobre todo, de la educación que desde niños recibimos, algo que no deja de ser una buena noticia porque nos permite cultivar una sociedad en la que educativamente se promuevan los sentimientos positivos alejándonos de los negativos y corrosivos. La experiencia y la plasticidad cerebral también nos enseñan que la educación emocional puede ayudarnos, si no a evitar las emociones negativas, sí a modular e incluso evitar las expresiones indeseables que provocan. Y sobre todo, a manejar las emociones para no estar DE LA CABEZA. Nos leemos con otro tema en siete días...!!!



TUVE COVID... Y TENGO MIEDO...

Artículo correspondiente a la columna semanal DE LA CABEZA del Diario La Nación del sábado 10 de julio de 2021. Todos los derechos reservados. 

Quienes pasaron por la terrible experiencia de sortear al virus, ya sea hospitalizados o no, independientemente del grado de gravedad desarrollada, saben lo estresante que es ello desde el momento del diagnóstico y aún después de haberse recuperado. Si no era poco vivir con la espada de Damocles del contagio pendiendo sobre nuestras cabezas, el hecho de recibir el resultado positivo y todo lo que ello conlleva es una prueba de fuego para la salud mental y la resiliencia de cualquier persona. Y no hay un solo ser humano que pueda decir que no se ha sentido estresado una vez al menos en estos 16 meses que llevamos de trastorno de nuestras habituales costumbres sobre todo sociales.

Un reciente estudio publicado en la JAMA (Journal of American Medical Association) realizado en Italia a pacientes que habían estado hospitalizados por COVID-19 expresó que un 30,2% de la muestra había desarrollado trastornos de estrés postraumático (TEPT). En particular, los diagnósticos vinculados con los TEPT fueron: episodio depresivo (17,3%), episodio hipomaníaco (0,7%), trastorno de ansiedad generalizada (7%) y trastornos psicóticos (0,2%). La mayoría de los pacientes con estos trastornos eran mujeres (55,7%) con una edad media de 55 años. Un gran número de ellas presentaba antecedentes de trastornos psiquiátricos (34,8%) y delirio o agitación durante los cuadros agudos de COVID-19 (16,5%). Algo llamativo es que los síntomas de los trastornos de estrés postraumático se presentaron con mayor frecuencia en la etapa posterior a la enfermedad. En este sentido, un 62, 6% de los participantes experimentó más de 3 síntomas de los, anteriormente, mencionados. De hecho, si analizamos toda la literatura médica disponible a la fecha, los hallazgos meta-analíticos indican que un 32,2% de las personas que atravesó una infección por coronavirus sufrió algún tipo de TETP. 

¿Cómo superamos esta situación que atenta contra la salud mental? El primer paso para superar el TEPT es entender cómo se "tranca" y por qué no mejora por sí mismo. Debemos entender que el sistema de amenaza de nuestro cerebro (manejado por la amígdala cerebral) estuvo y permanece activo, alertándonos de peligros reales o supuestos, y que debemos "bajar los decibeles" de la hiper respuesta de ese sistema. Por ello, hay que "conducir" al cerebro hacia la "relajación" del sistema de alarma. Una manera eficaz es procesar los recuerdos (sobre todo de los pacientes que estuvieron en salas de UTI aislados y en contacto con otras realidades de pacientes que, lamentablemente, no pudieron ganar la guerra). Estos recuerdos, generalmente, tienen las características de ser muy recientes e inmediatos, sumamente vívidos, de aparición constante, involuntaria y de difícil manejo voluntario, y como si fuera poco, muchas veces fragmentados, es decir, incompletos. Se almacenan en zonas de la memoria diferentes, por ejemplo, al aprendizaje, porque lo hacen con la impronta emocional negativa de lo pasado. Para ello, interviene la terapia conductivo-conductual, que es la que trabaja con los pensamientos y creencias porque estas impulsan a los sentimientos: se deben revertir los conceptos que causaban angustia para poder superarlos.

Otras veces, encaramos "estrategias" que tienen el efecto contrario al buscado. Por ejemplo, evitamos recordar lo pasado o hablar de ello "para no revivir los momentos". Cuando hacemos eso, los sucesos quedan sin procesar, y no se elaboran los duelos correspondientes o no se culminan los procesos, relegando al olvido de "no pensar para no sentir" y nunca terminando de cerrar el ciclo que, por dentro, nos sigue consumiendo. Esto hace que los pensamientos "reboten" y resurjan de repente con mucha fuerza y haciendo más daño que habiéndolo procesado gradualmente. Igualmente, el hecho de entregarse al alcohol o las drogas ("permitidas" o no) hace que realmente no nos sintamos mejor y que caigamos peligrosamente en la adicción. 

¿Qué tratamientos se recomiendan? Buscar ayuda psicológica primero y si no es suficiente, recién ahí encararlo con ayuda de la farmacología. Los métodos psicológicos que podrían emplearse en el tratamiento del TEPT podría ser terapias cognitivas del comportamiento que incluya desensibilización de los recuerdos, exposición a la memoria del trauma, darle sentido a lo sucedido y reformular las estrategias de afrontamiento. Tomemos en cuenta que la COVID es una enfermedad mas DE LA CABEZA que de los pulmones. Sigamos peleando, vacunémonos y nos leemos la semana que viene. 




LO QUE SUCEDE EN EL CEREBRO CUANDO DAMOS UNA BUENA CLASE

  Artículo correspondiente a la columna dominical DE LA CABEZA del Diario La Nación correspondiente al domingo 10 de setiembre de 2023. Todo...