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jueves, 20 de enero de 2022

EL CEREBRO LECTOR


 Artículo correspondiente a la columna semanal DE LA CABEZA del Diario La Nación del sábado 20 de noviembre de 2021. Todos los derechos reservados.

"Si no leo me aburro" decía un adagio con la ilustración de un burrito que hacía honor a la cualidad de romper la ignorancia que tiene la lectura, y que nos servía de señalador en los libros de la época de la Facultad. La lectura es un hábito que enriquece, y, sin ir más lejos, hace que usted y yo, querida lectora, querido lector, podamos conocernos, letras mediante, y convivir unos minutos cada semana en el interior de su cerebro. Y justamente ese es el hincapié que deseo hacer en la columna de esta semana: la importancia cerebral de la lectura.

Además de generadores de empatía, bienestar y compañía, los libros también son perfectos “simuladores de realidad” en la medida en que nos permiten testear situaciones y aprender sin necesidad de la experiencia directa. La cantidad de notas y estudios dedicados a indagar en los efectos de las historias en los últimos años es abrumadora. Desde la psicología de la narrativa se plantea que nuestras historias de vida son más que páginas imaginarias de Wikipedia que citan datos específicos en un orden cronológico, sino series de vivencias que vamos hilvanando, integrando, separando y volviendo a unir en la búsqueda de sentido. El modo en que lo hacemos, las cosas omitimos y que incluimos, moldean nuestra persona; querer contarla es una pulsión natural en tanto se considera somos “animales narrativos”, acostumbrados a comunicarnos a través de relatos. 

Ahora, ¿qué sucede en el cerebro cuando leemos? Resulta que no sólo podemos suponer el impacto profundo de una historia, sino que también podemos “verlo”. Mediante imágenes por resonancia magnética funcional, científicos de las universidades de Princeton y California observaron cómo reaccionaba el cerebro de voluntarios mientras escuchaban un cuento. En el emisor y el receptor se activaban áreas que regulaban la decodificación de los sentimientos ajenos y la sensibilidad moral. Desde el descubrimiento de las neuronas espejo (aquellas que se activan cuando ejecutamos una acción y cuando observamos esa misma acción realizada por otro), la llamada “neurociencia de la empatía” se ha vuelto un campo de estudio en alza. Un trabajo publicado ya en 2011 en el Annual Review of Psychology mostraba de qué manera la gente que leía acerca de una experiencia exhibía actividad neuronal similar a la generada al experimentar en carne propia estas vivencias. Es así que, cuando nos topamos en la lectura con un pasaje de acción se activan áreas encargadas del procesamiento del lenguaje a la vez que se activa la corteza motora, la misma área que se activaría si estuviéramos viviendo la escena. Si la lectura nos atrapa hay cambios reales en la estructura cerebral que pueden medirse, y esa modificación se mantiene por cinco días, aún cuando hemos terminado el libro en cuestión. Por eso la lectura promueve la empatía. 


Si bien para algunos estas hipótesis son demasiado complejas para ser corroboradas por resonancias magnéticas o discursos bienintencionados respecto de que la lectura se traduzca en un comportamiento más altruista, existen beneficios directos que se desprenden del hábito. Hay evidencia que señala que desde un punto de vista neurobiológico, leer tiene similitudes con el acto de meditar, con los mismos beneficios para la salud que los de la relajación profunda. Asimismo, los lectores regulares duermen mejor, tienen niveles de estrés menores, mejor autoestima y menos depresión que aquellos que no leen. Cuando adquirimos nuevos conocimientos a través de la lectura el cerebro cambia su estructura. Se fortalecen las conexiones neuronales (la famosa neuroplasticidad). Al entrenar el cerebro a través de la lectura ponemos en acción a una velocidad tremenda, complejos procesos semánticos, ortográficos y fonológicos. Hay muchas diferencias entre los cerebros de las personas alfabetizadas de aquellas que no lo están. Y también tiene que ver cuál género leemos: diversos trabajos postulan que leer novelas supone una ventaja por sobre otros géneros. Según un paper de 2013 publicado en Science, aquellos que leen ficción literaria en vez de ficción popular o no ficción obtienen mejores resultados en tests de percepción social y en el llamado espectro de la llamada "teoría de la mente" (la habilidad para anticipar lo que otros pueden estar pensando/sintiendo). 

La lectura y escritura producen efectos benéficos. Esto se apoya en el hecho de que son procesos cognitivos que a través de los personajes y las narrativas ayudan a la comprensión del acontecer de la vida, de las emociones y angustias. Resta ver hasta dónde influyen los libros en nosotros –o nosotros en el proceso de la lectura. Mientras tanto, para los amantes de la lectura, sus beneficios no necesitan mayores pruebas científicas: solo nos volcamos a este hermoso placer que nos tiene DE LA CABEZA. Nos seguimos leyendo siempre.



jueves, 9 de abril de 2020

EL CUENTO DEL CEREBRO QUE NO PODIA SER EMPATICO


Articulo correspondiente a la columna DE LA CABEZA del Diario La Nacion del sabado 29 de febrero de 2020. Todos los derechos reservados,

Habia una vez un cerebro que no podia ser empatico. No podia colocarse en el lugar del otro para poder entender lo que pasaba, algo determinante para la realizacion y el desarrollo de las relaciones interpersonales. Por mucho tiempo, muchos cientificos atribuyeron esa discapacidad empatica de ese cerebro a un trastorno meramente afectivo, pensando que era consecuencia de ese deficit de afecto mas que realmente causante del mismo. Sin embargo, el desarrollo de las tecnicas de Neuroimagenes, asi como los avances en Genetica han demostrado que ese cerebro que no podia ser empatico tenia una causa neurobiologica mas que emocional en su carencia. Ese deficit se relacionaba con alteraciones cerebrales durante la vida intrauterina y con trastornos relacionados con la herencia. Y sobre todo, que habia mas "cerebros que cerebras", es decir, habia seis cerebros masculinos por cada cerebro femenino que no podian ser empaticos, lo cual indicaba que algo anormal podria haber en el cromosoma Y que es el que determina el sexo masculino.

El cerebro que no podia ser empatico era examinado constantemente desde la perspectiva biologica (con las tecnicas de Neuroimagen y las pruebas geneticas), el aspecto cognitivo (los test neuropsicologicos sobre las funciones comprometidas) y el enfoque clasico comportamental (la interaccion del cerebro con su entorno, los familiares y la sociedad). De estas tres formas de examen, el cerebro que no podia empatizar era trabajado en los tres ambientes, pero encontraba los mayores progresos en el enfoque cognitivo, donde se obtenian los mejores logros para que mejore esa carencia. Muchos de esos cerebros, con inteligencia prodigiosa, encontraban severos problemas de relacionamiento, los cuales solucionaban aplicando reglas estrictas a la convivencia, reglamentando las conductas, lo cual hacia que estos cerebros tengan conductas rigidas respecto al entorno, no procesando actitudes aparentemente simples como las bromas o la ironia. Otros cerebros simplemente tenian serios problemas de comunicacion, de lenguaje, de comprension, y su capacidad de empatia quedaba sepultada por la dificultad enorme de procesar las emociones como una fuente de informacion de lo que les rodeaba, no comprendiendo el por que de las cosas, mas que mecanicamente.

El cerebro que no podia ser empatico tenia dificultad no solo para saber lo que sentian los demas, sino tambien lo que sentia el mismo. Decia que parecia sentir algo pero no podia explicarlo ni describirlo, lo que en Psiquiatria se llama "alexitimia" (no poder explicar con palabras las emociones). Incluso se llego a pensar que este cerebro no sentia nada. Pero estudios de Neuroimagenes demostraron que las zonas relacionadas con las emociones se activaban normalmente con los estimulos, pero no habia respuesta en la zona de la insula anterior, que es donde se reconocen los propios sentimientos. Es decir, el cerebro se emocionaba... pero no sabia que lo hacia. Ni lo podia entender. Igualmente, el cerebro que no podia ser empatico se comparo con otros cerebros que no tenian problema alguno con esto, y se encontro que en ambos se activaban las mismas zonas de la corteza en el momento de la mentalizacion de acciones, es decir, de la toma de conciencia: la corteza prefrontal medial, la parte posterior del surco temporal superior, del precuneo, de la amigdala y de la corteza temporoparietal, zonas que suenan muy complejas, pero que regulan en realidad las emociones. Y al activarse en todos los cerebros las mismas zonas, demostraron que el cerebro que no podia ser empatico tenia problemas en conocer que estas zonas se activaban, en saber que se emocionaba, en "sentir que sentia".

Habia una vez uno y cientos de miles de cerebros que no podian ser empaticos. Y las Neurociencias les han puesto un nombre y un diagnostico a algo que no es una enfermedad sino una condicion. Son los maravillosos cerebros de las personas que se encuentran dentro del espectro autista. Personas adorables y un mundo por conocer. Yo soy padre de uno de ellos y me tiene DE LA CABEZA de amor. Conocerlos es entenderlos. Empatizar con ellos es lo mejor que podemos hacer, aunque ellos, en apariencia, no puedan hacer lo mismo con nosotros o con otros. Nos leemos el sabado que viene.

LO QUE SUCEDE EN EL CEREBRO CUANDO DAMOS UNA BUENA CLASE

  Artículo correspondiente a la columna dominical DE LA CABEZA del Diario La Nación correspondiente al domingo 10 de setiembre de 2023. Todo...