Te apasionan las Neurociencias? A mi me vuelven loco. Tanto que ya lance tres libros: CEREBRA LA VIDA, CEREBRA LA SEXUALIDAD y CEREBRA LA EDUCACION. Te interesa sondear en los misterios del cerebro? Adelante. Acertaste el lugar.
jueves, 20 de enero de 2022
sábado, 8 de enero de 2022
LA MÚSICA QUE NOS GUSTA
Artículo correspondiente a la columna semanal del Diario La Nación de los sábados 7, 14 y 21 de agosto de 2021. Todos los derechos reservados.
Si hay algo que nos gusta a todos los seres humanos (incluso a los animales muchas veces) es la música. En esta misma columna me he referido a su efecto sobre el cerebro y sobre las emociones en más de un sábado de conversación con ustedes, queridos lectores neurofanáticos. Pero... ¿pensamos alguna vez por qué nos gustan algunas músicas, mientras que otras no? Y es que los gustos musicales son tan variopintos como cantidad de personas existen sobre la faz de la tierra.
En la cultura occidental, la atracción del ser humano hacia la música ha generado innumerables opiniones y estudios, desde aquellos que la han enfocado desde la Filosofía hasta los que la abordaron desde la luz potente de las Neurociencias: todas arrojaron valiosos conocimientos sobre la relación de los hombres con el sonido y nos llevan a concluir que, de todas las manifestaciones artísticas, la música es la que consigue que afloren nuestras emociones de una forma más inmediata e incontrolable El gusto por la música parece ser algo innato, a diferencia del conocimiento musical que es algo que se aprende.
Pero... ¿qué hace de la música algo tan próximo a nosotros? Independientemente al hecho de que la música es omnipresente gracias a la tecnología (auto, casa, trabajo, en auriculares cuando hacemos deportes, cuando nos juntamos con amigos) y en todo momento es la más accesible de las artes, debe haber algo más. Por eso, todos debemos saber que la ventaja de la música con respecto al resto de artes es que su procesamiento se produce a través del oído y este sentido es el que mayor desarrollo intrauterino alcanza. Su formación comienza en las primeras semanas de gestación y antes de la mitad del embarazo, aproximadamente en la semana dieciséis, el feto puede percibir sonidos procedentes de la madre (los latidos del corazón, los ruidos intestinales, el flujo sanguíneo…) o del exterior (las voces, los ruidos de la calle, la música…) y reacciona a lo que escucha a través del movimiento corporal y del aumento de ritmo cardíaco. Lo curioso es que el oído comienza a funcionar unas nueve semanas antes de que la oreja esté en su sitio y completamente formada (esto ocurre en la semana veinticinco) y nos da una pista de por qué la percepción auditiva resulta más evocadora que el resto de percepciones: el enorme nivel de sofisticación del sistema auditivo nos permite atender no solo a estímulos sonoros externos sino que tenemos la capacidad de reproducir sonidos internamente con bastante más precisión que las sensaciones y experiencias que podemos recrear con el resto de sentidos. Por ejemplo, si queremos dejar de ver algo de inmediato podemos cerrar los ojos, si queremos dejar de oler basta con taparnos la nariz, si queremos dejar de tocar lo solucionamos retirando nuestra mano de allí, si queremos cambiar nuestro mal sabor de boca podemos beber o comer algo nuevo pero… ¿qué podemos hacer cuando una canción se nos ha metido en la cabeza y no hay manera de olvidarla instantáneamente? Tenemos pocas alternativas: no podemos cerrar las orejas, no solucionamos mucho tapándolas, no podemos retirarlas del objeto sonoro ¡porque está dentro de nuestra cabeza! Solo podemos esperar a que el sistema auditivo se centre en otra actividad o la memoria musical desista. He aquí una de las razones por las que la música, como sonido que es, nos resulta tan próxima: el sistema auditivo nos permite recibir estímulos externos a los que reaccionamos antes de nacer y reconocemos inmediatamente después del nacimiento.
Igualmente, la capacidad de reacción del oído humano es altísima. Prueba de eso es cuando se oye la bocina de un vehículo, sin esperar a razonar la respuesta, "pegamos el salto" para salvarnos de lo que sea... aunque más no sea una broma de mal gusto del que tocó el claxon. Y es que los mecanismos de alerta se relacionan con el sistema auditivo porque este era uno de los que alertaba a nuestros antepasados que iban de cacería de que eran ellos los acechados y no los animales que deseaban cazar para así salvarles la vida. Es justamente por eso que el oído es uno de los sentidos que más rápidamente reacciona incluso cuando estamos dormidos ya que junto con el olfato tiene un mecanismo de alerta que no se desactiva.
Si bien hablamos más de los sonidos, ahora hablaremos ya de la integración de los mismos dentro de lo que es la música. La música es más compleja que un sonido aislado y por ello los estudios neurológicos la han utilizado para investigar en profundidad cómo funciona la percepción auditiva. Los experimentos con electroencefalografía han arrojado datos muy interesantes sobre cómo, al escuchar determinado tipo de música, cada individuo activa regiones concretas del cerebro relacionadas, en muchos casos, con las mismas áreas que se activan cuando sentimos miedo o un placer muy intenso. También han permitido determinar que: el oído tiene una gran capacidad de memoria que funciona como un enorme vademécum al que recurrimos para que nos ayude a explorar nuevos sonidos o nuevas músicas y que con pocos estímulos es capaz de activar más regiones cerebrales que el resto de sentidos. Esta es la segunda razón por la que la música nos resulta tan próxima: al activarse en el cerebro regiones no relacionadas propiamente con el sistema auditivo, se nos permite acumular experiencias que vivimos a partir de otros sentidos, de otros estados emocionales. Además, al necesitar tan poco para activarse, con sentir dos o tres notas de una melodía se mueven nuestros recuerdos no solo musicales sino también las vivencias relacionadas con ellos.
Que la música nos mueve y nos conmueve no es nada nuevo. La diferencia entre los estudios actuales y los anteriores radica en que se da una explicación científica más profunda que pretende responder a cómo y por qué con la música se nos pone tantas veces la piel de gallina, se nos hace un nudo en la garganta, se nos llenan los ojos de lágrimas o nos entran ganas de saltar y gritar. La gran mayoría de los seres humanos no sienten tan a menudo estas sensaciones con otras manifestaciones artísticas como con la música.
Pero (y esto le interesará a los músicos que leen mi columna)... ¿Se puede mejorar la apreciación y la comprensión musical sin estudiar música? Apreciar y comprender poseen diferencias sustanciales que se notan cuando los alumnos estudian música a nivel de Conservatorio. En los alumnos que leían música, así como en los que no lo hacían pero esbozaban conceptos visuales para entenderla y realizar una especie de "desglose auditivo" de lo que oían, la comprensión de lo que escuchaban era sumamente aceptable. La conclusión a la que se llegó es que si entendemos la comprensión musical como la acción de penetrar en su conocimiento para poder entender e interpretar de una forma más precisa los parámetros y elementos musicales, es indispensable tener nociones avanzadas sobre lectura, entonación y ejecución instrumental. Sin embargo, si la apreciación musical es la acción de poder evaluar con un mínimo de rigor aquello que escuchamos, no hace falta tener nociones relacionadas con la lectura y la entonación musical, pero sí unas pocas ideas claras y concisas sobre análisis auditivo. Esto mejora en mucho la apreciación y la consideración de la música, especialmente la de aquella que no está dentro de nuestro gusto ni de lo que escuchamos habitualmente.
Esto es, precisamente, lo que hace que no podamos decir que la música es un lenguaje universal –no todo el mundo comprende toda la música– aunque sí podemos confirmar que la música es como una lengua pues, igual que éstas, utiliza esquemas. Unos esquemas que se pueden aprender de forma implícita a base de escuchar y comparar o de forma explícita aprendiendo qué parámetros y elementos son los que conforman esa música. Unos esquemas al fin y al cabo que nos proporcionan muy variados niveles de conocimiento sobre algo que a todos nos gusta: La música.
Durante décadas, los neurocientíficos se han preguntado si existe una explicación biológica para que unos acordes nos agraden más que otros o si, por el contrario, se trata de una cuestión cultural como defienden algunos compositores. Un estudio del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y de la Universidad de Brandeis -ambos en Estados Unidos- publicado en la revista Nature se inclina por esta segunda hipótesis: sugiere que nuestras preferencias acústicas dependen más de la exposición a un determinado estilo musical que de un rasgo inherente al sistema auditivo. Es posible que las clases de sonidos para las que podemos adquirir de forma sencilla respuestas estéticas están restringidas por lo que es fácilmente discriminable, y eso está determinado hasta cierto punto por la biología. Aunque hay razones para hablar de una habilidad innata para distinguir los acordes que nos parecen más agradables del resto porque hay entre ellos diferencias de armonía, los datos de este estudio sugieren que la respuesta estética que se asocia con una clase de sonidos se adquiere mediante la exposición a una cultura.
Ya los músicos de la Antigua Grecia observaron que las notas que componen los acordes consonantes -los que nos parecen agradables- guardan una relación de números enteros en lo que a la frecuencia de sus ondas sonoras se refiere; por ejemplo, entre do y sol -que juntas forman la llamada "quinta perfecta"- la relación es de 3:2. Es posible que los griegos comenzaran a hacer música usando combinaciones de notas que formaran cocientes de números enteros porque creían en teorías estéticas que echaban sus raíces en ese tipo de proporciones, y así seguimos hasta ahora. En efecto, la música occidental se basa en gran parte en armonías que se construyen siguiendo estos principios, que se han difundido a lo largo de todo el mundo. Mediante estudios en diferentes poblaciones culturales se encontraron que las preferencias sobre la consonancia o la disonancia dependen de la exposición a la cultura musical occidental y que esa preferencia no es innata. Esto en cuanto a la armonía, respecto a la melodía, les cuento en el siguiente párrafo.
Sí, pero ¿por qué estos sonidos nos producen emociones? ¿Por qué no otros? ¿Qué es lo que distingue la música de, por ejemplo, el ruido del tráfico, y qué efecto tiene en nuestro cerebro? La música es algo común a toda la humanidad y además nos define como especie. Es cierto que la música clásica reduce la ansiedad en los perros, mientras que el heavy metal les hace ladrar más. A los gatos les da igual la música que pongas. Pero esto tiene que ver más con el ritmo y el tono. En realidad nosotros tenemos una capacidad que los perros y gatos no tienen: la llamada tonalidad relativa. Los humanos no solo oímos los tonos separados, sino que también percibimos las diferencias entre las frecuencias de las notas de una canción. Son estas relaciones entre las notas las que nos permiten recordar e identificar una melodía, algo que ningún otro animal puede hacer. Los pájaros pueden reconocer una secuencia de tonos, pero si cambiamos la tonalidad de toda la canción para hacerla más aguda o más grave, ya no pueden. En otras palabras, algunos animales pueden distinguir melodías, pero solo nosotros, los humanos, podemos percibir la armonía, la estructura de la canción. Hemos evolucionado para aprender a distinguir patrones, series que se repiten, y hacer predicciones. Cuando acertamos con las predicciones nuestro cerebro recibe una placentera descarga de dopamina. Toda la música son series y patrones que aprendemos a reconocer. Tenemos las proporciones entre las notas tan metidas en el cerebro que somos capaces de adivinar cuál es la nota siguiente.
Pero esto no termina aquí: los humanos también somos curiosos y nos gustan las sorpresas. Por eso, cuando una melodía o una armonía se sale de lo que esperamos, nuestro cerebro también recibe una recompensa. Esto ha permitido a una inteligencia artificial desvelar cuál es el secreto de que una canción sea pegadiza. El programa es capaz de componer un éxito pop instantáneamente. Hay muchas hipótesis sobre el origen de la música en los humanos, entre ellas, que en un momento fue parte del lenguaje, y que nos permitió expresar emociones. Por eso tenemos gargantas que nos permiten cantar. Por eso nos gusta la música.Por eso nos tiene DE LA CABEZA. Hasta el sábado que viene.
EL MISTERIOSO MUNDO DE LAS EMOCIONES
Artículo correspondiente a la columna semanal DE LA CABEZA del Diario La Nación de los sábados 13, 20 y 27 de julio de 2021. Todos los derechos reservados.
TUVE COVID... Y TENGO MIEDO...
Artículo correspondiente a la columna semanal DE LA CABEZA del Diario La Nación del sábado 10 de julio de 2021. Todos los derechos reservados.
Quienes pasaron por la terrible experiencia de sortear al virus, ya sea hospitalizados o no, independientemente del grado de gravedad desarrollada, saben lo estresante que es ello desde el momento del diagnóstico y aún después de haberse recuperado. Si no era poco vivir con la espada de Damocles del contagio pendiendo sobre nuestras cabezas, el hecho de recibir el resultado positivo y todo lo que ello conlleva es una prueba de fuego para la salud mental y la resiliencia de cualquier persona. Y no hay un solo ser humano que pueda decir que no se ha sentido estresado una vez al menos en estos 16 meses que llevamos de trastorno de nuestras habituales costumbres sobre todo sociales.¿Cómo superamos esta situación que atenta contra la salud mental? El primer paso para superar el TEPT es entender cómo se "tranca" y por qué no mejora por sí mismo. Debemos entender que el sistema de amenaza de nuestro cerebro (manejado por la amígdala cerebral) estuvo y permanece activo, alertándonos de peligros reales o supuestos, y que debemos "bajar los decibeles" de la hiper respuesta de ese sistema. Por ello, hay que "conducir" al cerebro hacia la "relajación" del sistema de alarma. Una manera eficaz es procesar los recuerdos (sobre todo de los pacientes que estuvieron en salas de UTI aislados y en contacto con otras realidades de pacientes que, lamentablemente, no pudieron ganar la guerra). Estos recuerdos, generalmente, tienen las características de ser muy recientes e inmediatos, sumamente vívidos, de aparición constante, involuntaria y de difícil manejo voluntario, y como si fuera poco, muchas veces fragmentados, es decir, incompletos. Se almacenan en zonas de la memoria diferentes, por ejemplo, al aprendizaje, porque lo hacen con la impronta emocional negativa de lo pasado. Para ello, interviene la terapia conductivo-conductual, que es la que trabaja con los pensamientos y creencias porque estas impulsan a los sentimientos: se deben revertir los conceptos que causaban angustia para poder superarlos.
Otras veces, encaramos "estrategias" que tienen el efecto contrario al buscado. Por ejemplo, evitamos recordar lo pasado o hablar de ello "para no revivir los momentos". Cuando hacemos eso, los sucesos quedan sin procesar, y no se elaboran los duelos correspondientes o no se culminan los procesos, relegando al olvido de "no pensar para no sentir" y nunca terminando de cerrar el ciclo que, por dentro, nos sigue consumiendo. Esto hace que los pensamientos "reboten" y resurjan de repente con mucha fuerza y haciendo más daño que habiéndolo procesado gradualmente. Igualmente, el hecho de entregarse al alcohol o las drogas ("permitidas" o no) hace que realmente no nos sintamos mejor y que caigamos peligrosamente en la adicción.
¿Qué tratamientos se recomiendan? Buscar ayuda psicológica primero y si no es suficiente, recién ahí encararlo con ayuda de la farmacología. Los métodos psicológicos que podrían emplearse en el tratamiento del TEPT podría ser terapias cognitivas del comportamiento que incluya desensibilización de los recuerdos, exposición a la memoria del trauma, darle sentido a lo sucedido y reformular las estrategias de afrontamiento. Tomemos en cuenta que la COVID es una enfermedad mas DE LA CABEZA que de los pulmones. Sigamos peleando, vacunémonos y nos leemos la semana que viene.
viernes, 26 de noviembre de 2021
EL DOLOR EMOCIONAL
Artículo correspondiente a la columna semanal DE LA CABEZA del Diario La Nación del sábado 15 de setiembre de 2021. Todos los derechos reservados.
La pandemia desnudó muchas de las condiciones que realmente lastiman nuestra emocionalidad. Afloraron en los más pintados y el aislamiento y la falta de contacto de todo tipo fueron una prueba para todos con respecto a la fortaleza y a la resiliencia que individualmente ha desarrollado cada uno a lo largo de su vida. En ese contexto, sabemos que nuestras emociones nos pueden causar un intenso dolor que puede llegar a ser físico, como la punzada en el estómago por perder a un querido amigo o la pesadez en el pecho después de una ruptura. Pero, ¿por qué experimentamos el rechazo y la pérdida como un dolor de corazón literal?
La respuesta es sencilla: nos ayuda a sobrevivir. El dolor es una señal de peligro: cuando colocas tu mano sobre la parrilla caliente, por ejemplo, una red de neuronas en su cerebro se activa para enviar un mensaje: algo está muy mal. El dolor es realmente bueno para interrumpir la atención y hacer que te concentres singularmente en hacer que lo malo se detenga. Pero si lo miramos desde una perspectiva evolutiva, el rechazo social es algo realmente malo. Para los antepasados humanos, la supervivencia requería una red social cercana: al cooperar, puede recolectar mejor los alimentos; puede protegerse mejor contra los depredadores y para reproducirse. Los antepasados humanos que hicieron todo lo posible para evitar el rechazo habrían tenido mejores probabilidades de sobrevivir, y ¿qué mejor disuasión que el dolor físico?
Los estudios sugieren que cuando experimentamos rechazo, nuestro cerebro se comporta de manera similar a como lo hace cuando tenemos dolor físico. Esto se vio por medio de estudios de imágenes por resonancia magnética funcional en cerebros de participantes con el corazón roto, todos los cuales habían pasado recientemente por una ruptura no deseada. Dentro del escáner, los participantes miraron las fotos de la pareja que las había dejado, mientras pensaban en el rechazo. Luego, las personas se enfocaron en fotos de amigos cercanos mientras imaginaban un feliz recuerdo de esa amistad. Finalmente, los psicólogos escanearon el cerebro de los participantes mientras experimentaban sensaciones físicas dolorosas y agradables: un objeto caliente (pero no ardiente), seguido de un objeto agradablemente cálido, colocado en sus brazos. Los resultados, publicados en la revista 'Proceedings of the National Academy of Sciences' (PNAS), encontraron que tanto la visión de una expareja como la sensación del objeto caliente activaban áreas del cerebro asociadas con el dolor, pero la foto de un amigo y el agradable calor no lo hizo. Las mismas áreas del cerebro se asociaron con dolor en hasta el 88% de los estudios que revisaron, informó el equipo en el estudio.
Muchos psicólogos piensan que la experiencia del dolor emocional "se superpuso" al sistema de dolor físico ya existente en el cerebro de nuestros primeros antepasados. El dolor que sentimos después de una pelea con un amigo cercano es bastante real, pero no es exactamente lo mismo que el dolor físico. y vemos eso reflejado en los estudios de fMRI. Las partes del cerebro activadas por estas dos experiencias diferentes se superponen, pero no son idénticas.
Pero, ¿por qué experimentamos el dolor del rechazo en nuestro pecho y abdomen en lugar de, digamos, en nuestra rodilla? Algunos psicólogos han planteado la hipótesis de que esta experiencia tiene que ver con la activación del nervio vago, que va desde el cerebro hasta el cuello, el pecho y el abdomen. Pero no hay mucha evidencia convincente para esta explicación. Además, también existe el síndrome del "corazón roto" o "takotsubo", una afección en la que el corazón se debilita temporalmente, lo que hace que su cámara de bombeo principal, el ventrículo izquierdo, se infle y bombee de manera incorrecta, y de la cual alguna vez hace un tiempo habláramos en esta columna. Este síndrome se relaciona con una mayor actividad en el cerebro causada por eventos estresantes, como la muerte de un ser querido. Pero la mayoría de las veces, la angustia no conduce al síndrome del corazón roto: la afección es rara,
La angustia general puede doler, pero la próxima vez que esté lidiando con el dolor de la pérdida o el rechazo, puede consolarse con el hecho de que la capacidad de sentir este tipo de dolor probablemente evolucionó para ayudarnos a sobrevivir. DE LA CABEZA, no? Nos vemos el sábado que viene.
EL CORTISOL: ENEMIGO DESCONOCIDO DEL CEREBRO
Artículo correspondiente a la columna semanal DE LA CABEZA del Diario La Nación correspondiente al sábado 11 de setiembre de 2021. Todos los derechos reservados.
LO QUE SUCEDE EN EL CEREBRO CUANDO DAMOS UNA BUENA CLASE
Artículo correspondiente a la columna dominical DE LA CABEZA del Diario La Nación correspondiente al domingo 10 de setiembre de 2023. Todo...
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CARACTERISTICAS GENERALES La MEDULA ESPINAL es el sector mas caudal del SNC y asienta dentro del conducto raquideo formado por la conjunc...
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Artículo correspondiente a la columna dominical DE LA CABEZA del Diario La Nación correspondiente al domingo 10 de setiembre de 2023. Todo...
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Hoy tengo ganas de escribirles sobre las meninges, así que me voy a sacar el gusto. Tanto el cerebro, cerebelo, tronco cerebral y médula ...












