jueves, 28 de enero de 2021

EL OLFATO Y EL COVID: LO QUE HAY QUE SABER

 


Artículo correspondiente a la columna semanal DE LA CABEZA del Diario La Nación del sábado 23 de enero de 2021. Todos los derechos reservados.


Era el día del cumpleaños de mi esposa. Un hermoso domingo de setiembre amanecía y una deliciosa bandeja de desayuno la esperaba para celebrar su día... hasta que al probar el primer bocado saltó el temible "no siento el olor ni el gusto". Tenía al SARS-Cov-2 en mi casa. Hisopado al día siguiente que lo confirmó. Es la historia de muchas personas que estarán leyendo esta columna semanal. ¿Cómo se da esta situación? ¿Por qué se pierde el olfato y el gusto con este virus? Sencillo: hoy ya sabemos que el SARS-CoV-2 es capaz de usar la mucosa olfativa como puerta de entrada al cerebro, es por eso que la anosmia (nombre difícil que le damos los médicos a todas las cosas y que no es nada más que la pérdida de la capacidad de oler) es el síntoma de inicio más común dentro del COVID. Y es que, debido a la cercanía física en esta zona de las células de la mucosa con los vasos sanguíneos y las células nerviosas, se refuerza esta vía. Y lo que más preocupa: que una vez en la mucosa olfativa, el virus parece usar las conexiones neuroanatómicas, como el nervio olfativo, para llegar hasta el cerebro,

No es casualidad que el hisopado para buscar reacción en cadena de la polimerasa (o PCR) del virus se busque a nivel de mucosa olfativa, ya que esta aparece aquí con la mayor carga viral. Un axioma que hoy manejan los investigadores del virus es que la probabilidad de hallarlo en la mucosa olfativa es inversa a la duración de la enfermedad (hay más probabilidad cuanto menor sea la duración), lo cual implica que el impacto del coronavirus sobre el sistema nervioso se produce ya desde el inicio. Por eso, las cefaleas y la anosmia aparecen en los dos o tres primeros días, si bien aún no se ha podido demostrar su presencia física en el cerebro. Pese a eso, hoy ya redefinimos al SARS-Cov-2 no como solo un virus respiratorio, sino también potencialmente neurológico.


Se estima que el 80 por ciento de las personas con COVID-19 presentan alteraciones del olfato, y que muchas también tienen disgeusia o ageusia (alteración o pérdida del gusto, respectivamente), o cambios en la quimioestesia (la capacidad para percibir las sustancias irritantes, como los perfumes). La pérdida del olfato es tan frecuente en las personas con COVID-19 que algunos investigadores han recomendado utilizarla como prueba diagnóstica, ya que podría ser un marcador más fiable que la fiebre u otros síntomas. Parece que el virus prefiere atacar las células de sostén y las células madre, pero no a las neuronas directamente, pero no significa que no las afecten. De hecho, las células de sostén mantienen el delicado equilibrio de iones salinos en el moco del que dependen las neuronas para enviar las señales al cerebro, y cualquier alteración de este equilibrio apagaría la señalización neuronal y con ella el olfato. Igualmente, estas células de sostén también proporcionan el soporte metabólico y físico necesario para sostener los cilios (pequeños "pelitos" que captan las partículas de olor) que emiten las neuronas olfativas, donde se concentran los receptores que detectan los olores. Y es la alteración física de estos cilios hace perder el olfato. Pero algo es peor: esta afectación hace que el epitelio olfatorio, la capa que contiene esos "pelitos" y que es el inicio de las neuronas olfatorias, la que realmente es la parte de la nariz que "huele", se desprende completamente como la piel quemada se va "descascarando". Eso explica el por qué se tarda tiempo variable en recuperar el olfato: depende del daño epitelial. 


Por su parte, si bien lo descrito podría explicar la pérdida del olfato, el mecanismo por el que el virus provoca la pérdida del gusto aún es incierto. Aunque parezca que el gusto desaparece con la anosmia debido a que los olores son un componente clave del sabor, muchas personas con COVID-19 desarrollan una ageusia verdadera y no saborean ni siquiera lo dulce ni lo salado. Tampoco tenemos explicación para la pérdida de la percepción de las sustancias químicas, como el picor del picante o la sensación refrescante de la menta. Estas sensaciones no son sabores, sino que su detección la transmiten por el cuerpo (incluida la boca) los nervios que detectan el dolor. 

Lo cierto es que la mayoría de los pacientes pierden el olfato como si se apagara un interruptor, y lo recuperan igualmente rápido, y cuando la anosmia es mucho más persistente, la recuperación tarda másEn realidad, la anosmia supone un riesgo real para la salud al incrementar la mortalidad porque si no hueles ni saboreas la comida, quedas expuesto a que te perjudiquen, por ejemplo, los alimentos podridos o un olor a quemado que no puedas percatarte. Y eso sin contar que puede aparecer la parosmia (el oler diferente a cosas con olores conocidos pero que ya no huelen igual) cuando las células madre recién generadas que se diferencian en neuronas en la nariz intentan extender sus largas fibras, denominadas axones, por los agujeros diminutos de la base del cráneo para conectarse con la estructura encefálica denominada bulbo olfativo, y se conectan al lugar equivocado provocando un olor errático. Por suerte, esas conexiones erróneas se suelen autocorregir al cabo de un tiempo suficiente. ¿Cómo se trata cuando es rebelde? Con la «irrigación» de los senos nasales con budesonida, un corticoesteroide por vía tópica o con plasma rico en plaquetas, un preparado antiinflamatorio aislado de la sangre que se ha utilizado para tratar algunos tipos de lesiones nerviosas. Lamentablemente, ninguno da resultados espectaculares.

Mi esposa recuperó el olfato a los dos meses. Pero todos aprendimos que contra el COVID-19 lo mejor sigue siendo no contagiarse, al menos hasta tener la inmunidad por vacuna. Sigamos cuidándonos con este virus que nos tiene DE LA CABEZA. Nos leemos el otro sábado. 


jueves, 14 de enero de 2021

EL CEREBRO Y EL LUTO

 

Artículo correspondiente a la columna semanal DE LA CABEZA del Diario La Nación del sábado 19 de diciembre de 2020. Todos los derechos reservados.


Vivimos un año de despedidas. Algunos despedimos muchos afectos, cercanos o no, pero que por la contingencia mundial que vivimos hace que nuestros adioses sean mayores que nuestros holas. Pero ¿Cómo responde el cerebro ante el dolor de la pérdida física de un afecto? ¿Cómo reacciona ante el rompimiento del vínculo que nos une, material o emocionalmente, a otra persona?

El duelo se define como todo periodo necesario para dejar de tener aquello que se tiene. Nuestro corazón no es el órgano que sufre, ya que esa es una construcción romántica pero absolutamente desacertada, ya quien sufre es el cerebro, y lo hace mediante nuestra manera de procesar toda la información de la novedad. El sufrimiento abarca todo el proceso de recuperación de todo nuestro aprendizaje previo respecto a la persona que nos falta, todo ello almacenado en áreas de hipocampo, conectadas con la amígdala, bajo el control del poderoso córtex prefrontal, porque todo recuerdo está asociada a una emoción pero bajo la orden consciente o inconsciente de un complejo circuito de áreas interconectadas entre sí. 


Podríamos suponer que el cerebro, ese órgano del cuerpo, único y personal, sobrevive a episodios de alto riesgo mortal, pero sale adelante, se reorganiza, recupera e incluso progresa a un cerebro en versión mejorada, más rápido, más eficaz, selecciona la información relevante, dejando de atender a la no importante, la que no se necesita para vivir, la que permite adaptarse al medio. Un cerebro capaz de hacer esto, permite sobrellevar pérdidas, pérdida de la salud, de un ser que amamos, de una ocupación, de una vida, de un hábito…y en todo proceso de duelo, entra en juego de alguna manera esta forma de “reorganización neuronal”. El dolor también tiene su localización en áreas de una porción cerebral conocida como corteza cingular, situada en la profundidad del órgano, y que es parte fundamental del sistema límbico donde se procesan la mayor parte de las emociones, sentimientos y experiencias, las cuales nos hacen reaccionar y actuar, a través de las funciones ejecutivas. En todo suceso traumático, es el hipocampo capaz de bloquear acontecimientos de este tipo que garanticen la supervivencia. 

El ser humano tiene la necesidad de dar nombre a cada acontecimiento que sucede, busca explicaciones y es capaz incluso de construir teorías falsas, como buen cerebro creativo que poseemos. Por eso es tan dificil superar el duelo de algo que ha permanecido tanto tiempo en nuestros recuerdos, sin estar preparados. Aunque la realidad es que no nos educan ni nos entrenan para afrontar estas situaciones, tan difíciles de gestionar emocionalmente. Focalizar, seleccionar, mantener e incluso dividir nuestra capacidad de atención es una de las capacidades cognitivas que nos hacen más o menos felices. Sólo las mentes capaces de tener más flexibilidad cognitiva sobrevive a contratiempos, daños cerebrales, y deterioro cognitivo. La mente humana, buscador de soluciones, el autocontrol de conductas y pensamientos que nos permiten adaptarnos al medio y sobrevivir, y esto es nada más y nada menos que selección natural pura y dura, desde un punto de vista cognitivo. Como dice mi amigo Pablo Herken, "duele decirlo pero hay que decirlo".


El duelo es pues todo proceso necesario que nos obliga a dirigir nuestro foco de atención, hacia los estímulos “distractores”, a la vez que se mantienen los hábitos que permiten avanzar y vivir, “aparentemente” mientras se supera el maravilloso arte de transformar la ausencia que duele en nostalgia. Y es que, aunque parezca un contrasentido, la tristeza en estos casos puede ser beneficiosa, porque es una reacción que está programada en el cerebro y en realidad puede ser muy útil. Cuando perdemos algo, cuando una relación termina o cuando no alcanzamos una meta, el organismo responde con la tristeza: una indicación de que debemos renunciar a una meta que podría carecer de sentido. La depresión que sobreviene, entonces, es un programa orgánico para ahorrar energía. Cuando nos sentimos sin energía, nos detenemos y reflexionamos, y al final a menudo encontramos nuevas fuerzas y claridad. Esto funciona así, por ende el "duelo" debe "doler", de ahí su nombre. La mente humana es capaz de olvidar las emociones negativas asociadas a un evento traumático. Y únicamente, en esa nueva necesidad de avanzar, se suman personas, nuevos hábitos, nueva información, nuevas conductas, que hacen que se vaya construyendo toda esa trayectoria de vida, desde el principio hasta el final, absolutamente de nuevo, con la ausencia como protagonista. 

Para procesar el duelo no hay metas a largo plazo, el día a día es la parte fundamental para dirigir a la persona cuyo vacío existencial debe cubrir con paciencia y con el apoyo de los que le rodean. Nuestro cerebro y nuestro cuerpo debe seguir un tiempo de recuperación, hasta un año, para acomodar al paciente a la nueva situación. “DARSE TIEMPO, DARSE PERMISO”. Y seguir adelante. A fin y al cabo, todo es una cuestión DE LA CABEZA. Nos leemos el siguiente sábado.


LA RAZON DE LOS EUREKAS Y EL ICEBERG CREATIVO

 

Artículo semanal de la columna DE LA CABEZA del Diario La Nación correspondiente al sábado 12 de diciembre de 2020.  Todos los derechos reservados.

Pocas veces nos enseñaron a ser creativos. El ingenio o la creatividad no se enseña en las escuelas ni en los programas educativos. La solución a los problemas que la vida nos presenta en forma de ejercicios mentales, de dilemas de la vida diaria, o en cualquiera de sus maneras, requiere, es cierto, de conocimiento, pero también de otros factores como la experiencia. Y ese trabajo que trae a la luz de la mente la solución aparentemente no visible cuando nos plantean el problema, es lo que conocemos como inspiración. La epifanía, El chispazo. La lamparita que se enciende. La iluminación divina. 

En mis conferencias sobre Neuroeducación siempre trato de transmitir que cuando la solución no llega al exprimir el cerebro como a una naranja para el jugo, simplemente es porque el cerebro no funciona creativamente bajo presión, sino que lo hace para sobrevivir. Y para mantenerse vivo no se necesita más que un buen par de piernas, no tanto tiempo para inspirarse o crear. Las soluciones a grandes hallazgos que dieron importantes respuestas científicas en la historia de la humanidad se produjeron en una bañera en el caso de Arquímedes y su famoso principio del empuje hidrostático al igual que August Kekulé quien descubrió la molécula del benceno mientras se enjuagaba sus partes en una tina, o en autobús en el caso del matemático Henri Poincaré y sus claves para comprender las funciones fuchsianas. A estas situaciones, los psicólogos las bautizaron como "las tres B" por sus siglas en inglés (baño o bath, cama o bed, bus) porque son situaciones intelectualmente poco demandantes, incluso relajantes, en las que uno suele dejar la mente divagar., y en las que sobreviene el chispazo creativo.

Por más intento de explicación esotérica que quisiéramos darle a esto, nos pasa en todo momento de nuestra cotidianeidad, por ejemplo cuando entendemos un chiste o un meme, donde el golpe de gracia lo da la presencia de algo que en la "normalidad" de lo diario no hubiésemos relacionado con la situación, por lo que nos causa gracia. Sin embargo, tanto los eurekas históricos como los domésticos son el resultado de procesos mentales ordinarios. Lo que pasa es que el cerebro siente una irrefrenable atracción hacia los problemas irresueltos, de manera que cuando uno deja de pensar en ellos conscientemente la mente sigue trabajando en un nivel inconsciente, o lo que llamo en mis clases "el iceberg creativo de Mime": 1/9 de nuestros procesos son conscientes mientras que 8/9 de los mismos se producen a nivel subconsciente, como si fueran las partes visible y la sumergida de un iceberg.  Algunos psicólogos han llamado incubación a este discreto trabajo donde el cerebro efectúa la maravilla: cuanta mayor sea la red neuronal activada, o sea, cuantas más ideas se hayan considerado en la reflexión consciente anterior al descanso, más elementos entrarán en juego en la solución. Y esto tiene un mecanismo sencillo de explicar: una vez que al cerebro se le deja en un proceso automático, libre de la reflexión consciente, puede comenzar a ver viejos problemas desde un ángulo nuevo como se refería el gran Einstein al hablar de creatividad. Con la libertad mental necesaria, se asocia al problema con realidades que en teoría no tienen que ver y dan lugar a hermosas metáforas, a analogías donde repentinamente aparece la idea. 

Estos dilemas a resolver son lo que los psicólogos cognitivos llaman un problema de insight, que es la palabra que más se acerca al célebre eureka en su jerga. Se trata de una realidad escurridiza, un rompecabezas molesto a resolver. Nadie ha estudiado a nivel neurocientífico qué sucede en el cerebro durante un insight, pero a nivel psicológico se admite que la gran idea que surge en la bañera o en el autobús solo es la culminación de un proceso progresivo. El desenlace nunca se ve venir porque este tipo de problemas solo tienen una solución cuando se han colocado todas las piezas del rompecabezas, requieren trazar una nueva perspectiva con todo detalle. Emerge entonces clara y súbitamente, y con el tiempo es lo único que la persona recuerda. A veces solo es un chispazo fugaz que se olvida inmediatamente, algo que sucede con frecuencia por las mañanas, en el momento de despertar del sueño, lo cual hace que se vuelva útil lo que siempre recomiendo: tener a mano una libreta o anotarla en el bloc de notas del celular. Otras veces la idea es duradera. 

Sin embargo, debemos admitir que la inspiración verdaderamente genial no está al alcance de todos. No es por una cuestión genética. Para empezar, no todo sucede en el mundo interior. Muchas veces hay elementos del exterior que la mente incorpora al planteamiento del problema sin pedirnos permiso. La inspiración nunca llega de la nada. No debemos intentar ser Einstein, genios desde la cuna, sino más que nada trabajar, sudar, perseverar (no en balde ese refrán de que el éxito es 99% de transpiración y 1% de inspiración) y sobre todo, tener las antenas bien paradas. Para que el insight final alcance un nivel de creatividad genial hacen falta cuanto menos dos características: apertura a la experiencia (o curiosidad) y perseverancia que permita especializarse en un campo particular. Sin la primera no hay nada nuevo que descubrir. La segunda se obtiene en promedio según los estudios, en aproximadamente 10 años, que es lo que se tarda en dominar un campo lo suficiente como para que la creatividad resuelva problemas de insight verdaderamente significativos. 

De la cabeza, verdad? Nos vemos el sábado que viene.





domingo, 27 de diciembre de 2020

UN ¿NUEVO? CICLO

 


El cerebro humano crea ciclos para organizarse. Dividimos el tiempo en días, semanas, meses y años. Armamos años lectivos para crear procesos educativos y organizamos ciclos de producción para poder fijar metas y cumplir objetivos. La misma naturaleza nos regala ciclos de siembra, crecimiento y cosecha, estaciones climáticas y circadianos ritmos de día y noche con la tierra girando sobre su propio eje o vuelta alrededor del sol marcando un año solar. Es por eso que no es raro que esperemos ansiosos el 31 de diciembre para celebrar un nuevo año como el inicio de un nuevo ciclo. A esta consuetudinaria rutina de celebraciones y festejos se suma un mecanismo cerebral de protección que se activa para disparar un regalo evolutivo que tiene la mente y que se llama esperanza. La esperanza es eso, la espera-con-ansias de que algo nuevo y (necesariamente) nuevo ocurra "como por arte de magia" después de las 00 hs del 1 de enero del nuevo año, como si esas doce campanadas exorcizaran la negatividad de todo lo que pasó.

Sin embargo, si elevamos al juicio del gran juzgador, el lóbulo frontal, el hecho de que son solo días sin contenido místico, simplemente uno más en el gran calendario de la vida, se destruye la magia y nos baja a tierra de un golpe: el 1 de enero de 2021 será absolutamente igual que el 31 de diciembre del 2020. Son solo convencionalismos que forman parte del ciclo cerebral de organización y que, sin embargo, nos sirven para estimularnos a dar más de nosotros mismos. Y es que nos movemos al compás de la dopamina, ese neurotransmisor que nos obliga a buscar algo, nos mueve a la búsqueda y la obtención de recompensa. Esa misma sustancia que hace que hace que nos levantemos un lunes pensando en el fin de semana en el que nos vamos a recomponer, a descansar o a dormir hasta más tarde, simplemente. 

Nos movemos por dopamina, cambiamos de año al ritmo de nuestro sistema dopaminérgico. Pero, cerebralmente hablamos, el 2021 va a ser absolutamente igual al 2020 (con todo lo que eso significa) si no adoptamos nuevos hábitos o corregimos lo que hicimos mal, terminaremos repitiendo la historia, como decía Rita Mae Brown (NO EISTEIN!!!) "...locura es hacer siempre lo mismo esperando resultados diferentes...". Lamento ser agorero, pero es solo un cambio de fechas, no un evento de realidad mágica donde desaparecerá el covid, nuestras deudas y los gobernantes negligentes y deshonestos que tenemos. El nuevo ciclo no comienza el 1, sino ahora. La dieta no arranca el lunes sino cuando nosotros nos lo propongamos. No esperemos un año nuevo si no renovamos nuestro actuar. Cerebralmente hablando. Feliz 2021 aunque sea solo un número... hagámoslo realmente nuevo con nuestro CEREBRAR...!!!

martes, 22 de diciembre de 2020

INTENSA-MENTE: EL REGALO DE PIXAR A LA DIVULGACION NEUROCIENTIFICA

 

Artículo correspondiente a la columna semanal DE LA CABEZA del diario La Nación de los sábados 21 y 28 de noviembre y 5 de diciembre de 2020. Todos los derechos reservados.

Lo más probable es que ya la hayan visto en compañía de sus hijos o... solos. Y es que, como tantas obras de Pixar, esta animación dirigida a niños tiene grandes (enormes) guiños a la cultura pop de todos los mayores. Pero en el caso de Intensa-mente, el gran protagonista es el cerebro humano. Sin ánimos de spoilear (pero con aviso previo de que así tendré que hacerlo), voy a referirme hoy y en los sábados siguientes a la película dirigida magistralmente por Pete Docter basada en lo que experimentó personalmente viendo a su hija crecer, y que trata sobre lo que sucede en el cerebro de Riley, una preadolescente de 11 años, convirtiéndose en un magistral y sumamente didáctico paseo de 94 minutos por la mente, su construcción y su mantenimiento a cargo de las protagonistas reales de la película: las emociones. 

Riley, con sus 11 años, tiene un cerebro con muchos conflictos emocionales propios de la edad, que se ven magistralmente reflejados en la película. Sabemos que las emociones básicas son realmente más, pero aquí se toman cinco para desarrollar la trama, centrándose en las dos principales: Alegría y Tristeza. Y si bien la película no representa lo que neurobiológicamente ocurre de manera exacta en el cerebro, sin embargo es una excelente aproximación a las Neurociencias y al maravilloso mundo del funcionamiento cerebral. El mérito neurocientífico de la película radica en darle la importancia real a las emociones como motor de todo, desde almacenar un recuerdo hasta generar una conducta, influenciándolo todo, incluso la producción de sueños al dormir. 

El quinteto emocional (Alegría, Tristeza, Ira, Miedo y Desagrado) ocupan un "centro de comando" cerebral que en la realidad no existe como tal, pero que si tuviéramos que elegirlo estaría sin dudarlo en el córtex prefrontal, esa parte más externa del cerebro situada por encima y detrás de los ojos, y su relacion con los núcleos de la amígdala, dos pequeñas estructuras del tamaño de una almendra localizadas una a la derecha y otra a la izquierda en la profundidad del cerebro. Mientras que la amígdala modula nuestra conducta y la formación de la memoria emocional, no es la única fuerza motriz de nuestras acciones. La corteza prefrontal cumple una función muy importante en la regulación de las emociones, en la toma de decisiones, en la planificación y en el pensamiento abstracto. Este, entonces, vemos que es nuestro real centro de control y es también una de las últimas regiones de nuestro cerebro en madurar totalmente, es por eso que llamamos "adolescentes" a los que no lo han madurado aún, porque "adolescen" de maduración cerebral allí. De hecho, para los niños las emociones pueden tener una influencia especialmente fuerte justamente debido a esa falta de desarrollo que hace que tengan menos control del impulso. 

Un interesante tip neurocientífico de la película es que mientras las emociones no se hallen en control de las acciones, el cerebro no tomará las decisiones correctas porque se verá afectada la forma en que se percibe una situación y, sobre todo, la manera en que la vamos a recordar. Y esos recuerdos que en la cinta se simbolizan por una especie de bolas de bowling que se colorean según la emoción que posibilitó su almacenamiento, un guiño a las formas en las que se almacena la memoria en forma de circuitos conectados para cada experiencia vivida. Estos recuerdos circulan por una canaleta por todo el cerebro, mientras que los cambios neuroplásticos que suceden constantemente en toda la vida para almacenar información se asemejan a un árbol con gran cantidad de ramas unidas entre sí por las sinapsis que son los puntos de unión de las más de 86 mil millones de neuronas que poseemos. La neurociencia nos ha mostrado que cuanto más se comunican un par de neuronas, más se fortalecen las conexiones y las espinas se agrandan y se vuelven más estables. En este cambio o plasticidad sináptica, como es el término científico, se basa lo que hoy conocemos sobre cómo se guardan las memorias. 

Y es que existen cosas más de interesantes en la película: lo más resaltante es que aun en las memorias a largo plazo, nuestros cerebros permanecen maleables. Nuestras memorias a largo plazo no son bolas duras que se pueden reproducir como un DVD una y otra vez y otra vez sin cambios. Cada vez que recordamos una memoria la cambiamos en un proceso que se denomina reconsolidación. Así que en lugar de encapsular cada nueva experiencia en una bola de bowling sólida que se guarda como tal hasta que queramos o necesitemos recordar, nuestro cerebro siempre está cambiando a nivel celular, en el momento en que se forma la memoria e incluso cuando recordamos. En cierto modo, esto se muestra en la película, cuando la tierna figura azul que caracteriza a Tristeza toca la brillante bola para tornarla azulada ante la sorpresa de Alegría que trata de que permanezcan tal como fueron creadas. Luego muchas de estas bolas viajan a lo largo de tubos para su almacenamiento a largo plazo en un laberinto de estantes altísimos que mirados desde arriba se asemejan a los pliegues de la corteza. Es un retrato convincente del procesamiento de la memoria: los neurocientíficos conocen que las memorias pasan un corto tiempo en una estructura cerebral llamada hipocampo donde se forman para luego ser transportados a la corteza para su depósito a largo plazo. 

Pero así como hay memoria tambíén hay olvido. Una de las partes más llamativas es cuando dos operarios (muy simpaticos) se encargan de aspirar los recuerdos que no son significativos o que están duplicados. De hecho, siempre en mis conferencias de Neuroeducación suelo recalcar que el saber sí ocupa lugar, y que para aprender primero hay que desaprender. Es decir, debemos borrar memoria inútil para dejar lugar a lo que es nuevo, lo que se aprende y cambia lo aprendido. Y cuando esto sucede, los recuerdos que no enciendan algún aspecto de la personalidad del individuo (como sucede con Riley y sus "islas" de la familia, del juego o del hockey), son desechados y enviados a un abismo oscuro donde se vuelven literalmente polvo en la película. Esto sucede en la vida constantemente para los recuerdos irrelevantes... o acaso ustedes recuerdan que almorzaron el 23 de agosto de este año? A menos que haya sido el cumpleaños, es decir, una fecha emocionalmente significativa, y que al tener esa "etiqueta" emocional pudo almacenarse como un recuerdo básico en una de las "islas" de nuestra mente que confirman la personalidad, Pero el olvido no siempre es pasivo, ya que recordar hechos que compiten puede causar que otra información relacionada sea olvidada. El olvido también puede ser beneficioso, liberando el poder de procesamiento de nuevos recuerdos. 

Otro hermoso tip neurocientífico de la película es el que se produce durante el sueño de Riley. Más que nunca nos muestra Intensamente que durante el sueño de la niña es cuando estas memorias de corto plazo son enviadas al laberinto de las memorias a largo plazo y cuando la fábrica de sueños se pone a trabajar reproduciendo todos los eventos del día. En efecto, los científicos que estudian estos procesos están encontrando evidencias que estos dos procesos están íntimamente relacionados. Tal como se retrata en la película, el sueño es el período en el que las memorias de los eventos diarios se envían para ser depositadas – lo que llamamos consolidación de la memoria. Este proceso es crítico para el aprendizaje. Necesitamos dormir para aprender y recordar, exactamente como lo hace la niña de la película. 

Sin lugar a dudas, y visto desde el conocimiento de las Neurociencias, el momento en el que la película es más exacta es en su representación de los recuerdos hablando de la memoria a largo plazo. En Intensa-Mente, los recuerdos de Riley son pequeñas esferas coloreadas según el tipo de emoción. Emergen constantemente a lo largo del día, pero por la noche cuando Riley se duerme, las disparan por un conducto y las envían a la Oficina Central y a la “Memoria a Largo Plazo”. Aunque en realidad nuestros recuerdos son cambios en la comunicación entre nuestras neuronas como hemos visto, y que ocurren en forma de circuitos neuronales y sinapsis en lugar de pequeñas bolas brillantes, los principios generales de la memoria representados en la película son notablemente precisos. En primer lugar, hay que destacar que los recuerdos de Riley son enviados a la Memoria a Largo Plazo específicamente cuando está durmiendo, ya que se sabe que el sueño como también dijimos, promueve la consolidación de la memoria, la cuál es el almacén de nuestros recuerdos a largo plazo en el cortex (superficie) del cerebro. 

El papel de las emociones a la hora de ayudar a Riley a crear recuerdos también tiene base neurocientífica. La amígdala (importante en todas las emociones, no sólo en miedo) se comunica extensivamente con el hipocampo, la región del cerebro clave en la formación de nuevos recuerdos y consolidación de la memoria a largo plazo. Por tanto, la amígdala es importante específicamente para la codificación de la memoria (creando recuerdos en primer lugar) y en recuperación (recordar más tarde). El retrato de cómo Riley recuerda las cosas de su infancia es particularmente intrigante. La visión moderna de la memoria a largo plazo es que el hipocampo coordina diferentes regiones del cortex cerebral para “almacenar” los recuerdos. Cuando recordamos algo, el hipocampo reactiva esas regiones corticales, igual que cuando las esferas de memoria de Riley son devueltas a través del conducto desde la Memoria a Largo Plazo hasta la Oficina Central siempre que recuerda algo. Sin embargo, según pasa el tiempo, los recuerdos se vuelven menos dependientes del hipocampo para ser recordados. En lugar de ello, el cortex prefrontal adopta un papel más activo y coordina la actividad de las partes del cortex donde reside la memoria sin ayuda del hipocampo. 

 Claramente, existen muchos ejemplos de cómo la película captura maravillosamente muchos de los importantes y sofisticados aspectos de la memoria. Mientras que el hipocampo es importante en la reactivación de areas del cortex al recordar algo, a lo largo del tiempo, el cortex prefrontal es el que directamente reactiva esas areas del cortex sin el hipocampo. El tipo de memoria que se muestra en la película se llama memoria episódica y está asociada con el lóbulo temporal, siendo el tipo de memoria que almacena los recuerdos vinculados a acontecimientos que han sucedido en nuestras vidas, en un lugar y momento específico. Por otro lado, existe también otro tipo de memoria que no está representados en la película: la memoria semántica, que corresponde a nuestro conocimiento general sobre el mundo, como saber quien es el Presidente del Paraguay ahora, y la memoria de procedimiento, lo que nos permite desarrollar las habilidades motoras, cognitivas y verbales necesarias para realizar una acción como el hecho de tomar los cubiertos para comer. 

En la película, la intensidad del color de los recuerdos, modificado mientras la personalidad de Riley evoluciona, ilustra la construcción de la identidad de una manera muy poética y nos recuerda el importantísimo rol que juegan las emociones en la formación de recuerdos. Cuando Riley está durmiendo, vemos su cerebro completamente inactivo, salvo por una criatura que está de guardia, supervisando la generación de los sueños, en una pantalla. En realidad, nuestro cerebro está lejos de apagarse mientras dormimos, y el sueño juega un papel importantísimo en la solidificación de la memoria. Ya que no podemos recordar todo, el cerebro selecciona la información de acuerdo a nuestras necesidades y mientras dormimos, refuerza o debilita las conexiones cerebrales. El sueño es fundamental para la consolidación del aprendizaje al volver a experimentar, en cierta medida, lo que hemos hecho cuando estábamos despiertos. Por tanto, el tren de pensamientos debería funcionar las 24 horas del día (¡a pesar de que los empleados se quejen!) 

Si algo hay que discutirle a la película es el uso de la metáfora de que hay una criatura humanoide manejándolo todo por medio de botones en una consola. Si esto fuera así... quién controla a esa criatura?  Este problema ha sido discutido a profundidad en las ciencias cognitivas, y es conocido como el problema clásico del homúnculo, un hombrecito que gobierna el funcionamiento del cerebro, pero cuyo propio funcionamiento queda sin explicarse. 

La película es altamente recomendada si no la vieron, algo poco probable, o de volver a verla si leyeron este escrito. No hay ni una neurona a la vista, pero aún así, como Pixar suele hacer, hay infinitos detalles que demuestran que los productores hicieron sus deberes. El retrato de la interacción entre las emociones, de la consolidación de la memoria, y de los cambios que sufre el cerebro de los niños durante la adolescencia está hecho no sólo de forma perfecta e increíblemente emotiva, sino que también refleja fielmente el actual conocimiento sobre las emociones en el cerebro. Una de las cosas más impactantes de la película es el par de heroínas tan inesperado que forman Alegría y Tristeza. Pero también hay inexactitudes neurocientíficas: por ejemplo, los aspectos principales de nuestra personalidad no se encuentran en “islas” específicas en nuestra mente; no todas las emociones se controlan necesariamente desde una única “oficina central” y nuestro subconsciente no es un enorme agujero situado físicamente bajo nuestra conciencia. Con todo eso, Intensa-mente es un hermoso regalo de Pixar a las Neurociencias para seguir teniendonos DE LA CABEZA. Nos leemos el otro sábado.




PERO... ESTO YA ME PASO ANTES...!!!

 

Artículo correspondiente a la columna DE LA CABEZA del diario La Nación del sábado 14 de noviembre de 2020. Todos los derechos reservados.

¿Quién de nosotros no ha vivido la extraña (pero no menos común) sensación de que algo que le sucede o un momento que está viviendo ya lo hubo experimentado antes? Es lo que llamamos "deja vu" ("ya visto" en francés), y aunque hay personas que piensan que se trata de un fenómeno paranormal, místico o de ciencia ficción. La realidad es que un déjà vu no es ni de cerca un hecho místico o paranormal, sino más bien algo al menos dos tercios de la gente ha podido experimentar en su vida. 

Existen algunas posibilidades del por qué se produce este fenómeno. Por un lado, el conflicto que ocurre en nuestro cerebro durante un Déjà vu encierra diferentes mecanismos, entre ellos uno cognitivo. No se conoce realmente de dónde se escapa este “falso recuerdo” que nos hace sentirnos familiar con algo que no hemos vivido, pero los investigadores teorizan que tiene algo que ver con la corteza rinal, la misma parte del cerebro que tiene un rol conocido por su participación en la formación de recuerdos a largo plazo, sin activar al hipocampo, esa parte del cerebro similar a un caballito de mar que es el que sirve para indicar cuales recuerdos almacenar y cuales no. Según la neurociencia, los déjà vu tienen lugar cuando las regiones frontales del cerebro están examinando nuestros recuerdos en busca de algún error en la memoria. El cerebro, al intentar resolver el conflicto entre la sensación de recordar algo y reconocer que aún no lo hemos experimentado, lo atribuye a una señal errónea de la memoria. 

Otra teoría expone que este 'flashback' quizá es producto de que la escena que vivamos en ese momento nos resulte muy parecida a otro momento que recordamos, aunque vagamente -no prestamos mucha atención probablemente-, y por eso tenemos esa sensación de 'haber vivido esto anteriormente'.

Por otro lado, una teoría con bastantes seguidores se basa en que el sistema visual del encéfalo está organizado en dos vías paralelas que procesan información complementaria a velocidades distintas. Una, la vía ventral, se encarga de identificar a las personas y objetos presentes en una escena; la otra, la vía dorsal, se ocupa de la información más estructural y dinámica. Normalmente, la información de ambas vías está perfectamente integrada en una única experiencia sensorial; el déjà-vu podría ser causado por lapsos temporales en la coordinación de estas dos vías de forma que, conscientemente, podríamos pensar que estamos experimentando un suceso por segunda vez cuando en realidad nos está llegando de una fuente, la vía ventral, más lenta y ligeramente retrasada con respecto a la otra, la vía dorsal. O sea: vemos lo que vimos milésimas de segundo antes y ya almacenamos en nuestra memoria, por eso nos parece conocido.

Una teoría más y que vuelve a tener relación con la memoria es la que dice que la información que tomamos del exterior llega a nuestro sistema de memoria a largo plazo a través de un cuello de botella funcional denominado memoria a corto plazo. En raras ocasiones, esa información podría pasar simultáneamente a los dos tipos de memoria generando un retraso y la extraña sensación de que ya hemos experimentado el acontecimiento antes. En favor de esta hipótesis, los pacientes con alteraciones en estructuras implicadas en el procesamiento de memorias episódicas tienen mayor probabilidad de sufrir el fenómeno, y su estimulación en el quirófano puede, de hecho, inducir un episodio de déjà-vu. 

El por qué existen los deja vu no es algo casual, sino que probablemente tenga algún motivo biológico, como ser el de un posible sistema de defensa que nos ayudaría facilitando la resolución de problemas o evitando amenazas. Y su producción, independientemente de la causa exacta, implica peculiaridades en los sistemas de procesamiento, percepción y memoria que, definitivamente, nos tiene DE LA CABEZA. Buen fin de semana...!!!




LA MÚSICA ME AYUDA

 


Artículo correspondiente a la columna semanal DE LA CABEZA del Diario La Nación del sábado 5 de noviembre de 2020. Todos los derechos reservados.

"... las palabras nacen solas y la música me ayuda para que hoy esté cantando, para que estemos cantando y se escuche para siempre nuestra voz..." decía el genio de Juan Carlos Baglietto allá por los ochenta en su tema que se llama igual al título de mi columna de esta semana. Y es que, sin lugar a dudas, todos los que lean esta semana la columna, habrán experimentado, aunque sea una vez en la vida, sensaciones únicas al escuchar su canción preferida. esa que "te mueve la estantería". Y es que la música presenta la capacidad de activar el circuito neuronal de recompensa del cerebro humano del cual hablamos aquí más de una vez, y que consigue alcanzar en la persona un estado de bienestar y felicidad que, en su manifestación más intensa, puede incluso provocar manifestaciones físicas. Si, la música me ayuda... a tener escalofríos... "me da piri"...

Hoy en día, con nuevos estudios publicados, sabemos que dichos escalofríos están relacionados con regiones cerebrales concretas. De hecho, cuando la música "toca las fibras más íntimas" por su carga emotiva o de recuerdos, en el cerebro se disparan las llamadas ondas Theta en la corteza orbitofrontal, el área motora suplementaria y el lóbulo temporal derecho. Estas regiones cerebrales, involucradas en el procesamiento de las emociones, el movimiento y los estímulos auditivos, activan, de forma conjunta, el centro de recompensa cerebral, así como la liberación de nuestro conocido "neurotransmisor del placer", la dopamina, en respuesta a la música. 

Es más que interesante saber cómo la música, que en principio parece no aportar ningún beneficio biológico al ser humano, produce una respuesta fisiológica en el organismo. Por eso se cree que la implicación de la dopamina, cuyas funciones van desde la motivación y el aprendizaje, hasta el comportamiento y la actividad motora, sugiere un papel ancestral y esencial de la música, que requerirá de futuras investigaciones, pero que hoy nos tiende a demostrar el por qué la música siempre está presente en todas las culturas, ya sea para ir a trabajar con fuerza y vigor, a pelear con valentía y coraje, o para amar con ternura y pasión. 

Porque, al fin y al cabo, "... vivo por ella que me da noches de amor y libertad, si hubiese otra vida la vivo por ella tambien... ella se llama musica, yo vivo por ella también..." como canta Andrea Bocelli. Vivo DE LA CABEZA por la música. Nos leemos el otro sábado.



LO QUE SUCEDE EN EL CEREBRO CUANDO DAMOS UNA BUENA CLASE

  Artículo correspondiente a la columna dominical DE LA CABEZA del Diario La Nación correspondiente al domingo 10 de setiembre de 2023. Todo...