sábado, 8 de enero de 2022

EL MISTERIOSO MUNDO DE LAS EMOCIONES

 

Artículo correspondiente a la columna semanal DE LA CABEZA del Diario La Nación de los sábados 13, 20  y 27 de julio de 2021. Todos los derechos reservados.


Si me dijeran que definiera a la especie humana, no parafrasearía a René Descartes con su "cogito, ergo sum", "pienso, luego existo", porque como bien lo definiera Antonio Damasio en su obra "El error de Descartes" (Editorial Planeta,1994) el ser humano antepone siempre la emoción a la razón, y eso se ve cuando le toca elegir, por ejemplo, entre dos hamburguesas: siempre termina eligiendo la de "marca" contra la "casera", aunque esta última sea más jugosa, grande y deliciosa: gana siempre el truco emocional implícito en el perverso marketing incesante de la marca multinacional (que en los niños alcanza el nivel de mayor maldad al querer introducir la felicidad en una cajita: la "cajita feliz"). De eso hablé mucho y varias veces en esta columna: del marketing emocional con el que nos venden gato por liebre o grasa por carne. 

De entrada no es fácil siquiera determinar el significado del término emoción. Para unos, las emociones implican experiencias conscientes que solo pueden investigarse en humanos, mientras que para otros el movimiento de la cola entusiasta de nuestro perrito al llegar a casa es prueba de que "está emocionado de vernos". Algunos sitúan las emociones en zonas cerebrales delimitadas y otros las ubican absolutamente repartida en diferentes centros encefálicos. Y en la historia, por ejemplo, William James dijo que las emociones son la consecuencia de la conducta, no su causa. 

Hoy en día no podemos decir que las emociones son consecuencia solamente de lo que reaccionamos respecto a lo que nos rodea o de nuestro carácter, el que traemos "de fábrica". El desarrollo de las emociones implica una interacción sutil entre genes y entorno, entre mecanismos programados de forma innata y asociaciones aprendidas. Conductas innatas como la sonrisa se dan incluso en recién nacidos o se expresan en sueños. Con tiempo y aprendizaje, pasan a ser incorporadas en expresiones plenamente manifestadas. Nada tiene, pues, de extraño que uno de los aspectos de la emoción que se ha estudiado con mayor intensidad sea su expresión facial. Los estudios pioneros de Paul Ekman y sus colaboradores en los años sesenta y setenta sugerían que algunas expresiones faciales se compartían en todas las culturas. Ekman viajó a Nueva Guinea para investigar sobre las emociones de los naturales, en particular sus expresiones faciales. De su observación dedujo que había expresiones de un conjunto de emociones, las emociones básicas, de alcance universal en el género humano, cuyo fundamento radicaba en módulos cerebrales innatos. Conformaban ese elenco básico la alegría, la sorpresa, el miedo, la angustia, la repugnancia y la tristeza; podría sumarse alguna otra, como el desprecio. 


La investigación reciente ha revelado que las expresiones faciales encierran otros aspectos que, por su finura, escapan a la observación común. Además, la antropología comparada ha demostrado que cada cultura categoriza las expresiones en distintos conceptos. El rostro humano expresa su emoción a través de 17 pares de músculos faciales, que compartimos en buena medida con los grandes primates. 

Una ciencia de las emociones requiere hablar claro y tener bien definidos los conceptos, establecer con precisión los medios sensibles, las posibles herramientas de análisis estadísticamente poderosas y ordenar todas las hipótesis creativas. Aunque las emociones sean estados cerebrales y los mecanismos que las generan deban investigarse en neurobiología, sería una falacia deducir de ello que las emociones se hallan literalmente en el cerebro y pudiéramos descubrirlas con solo afinar las herramientas de observación y medición. Muy importante es saber que no es lo mismo producir emociones que tener emociones. Muchas partes del cerebro participan del mecanismo de la emoción, una sola de ellas aislada no lo produce ni li general. La emoción es una propiedad de todo el sistema nervioso, no en balde cuando algo nos emociona "nos da pirí" o "sentimos mariposas en el estómago": todas las partes operan conjuntamente para generar la propiedad. Hay sistemas cerebrales que determinan que el sujeto experimente las emociones. La experiencia consciente de las emociones es propiedad global de la persona (o de un animal), pero los mecanismos en cuya virtud se produce no poseen en sí mismos esa propiedad. 

Si hablamos de las características que describen a las emociones, podemos decir que son varias. Destacan su gradualidad, lo que significa que no todos los estados poseen la misma intensidad: hay emociones "fuertes" e intensas y emociones pasajeras y "light". Propio de ellas es lo que se denomina en psicología su valencia, es decir, su dimensión dual (placer y desagrado, estímulo y respuesta) como antónimos sensitivos de la psiquis. También se toma en cuenta su persistencia, el estado emocional perdura más que el estímulo desencadenante, lo que implica que, aunque haya concluido el factor que emocionó, la sensación persiste e incluso se reaviva con el estímulo del recuerdo. Los autores analizan de forma exhaustiva otras propiedades como la generalización, el automatismo o la comunicación social, es decir, sentirse "totalmente bien" o "totalmente mal" con una emoción, sentirse automáticamente bien o mal cuando se genera un mismo estímulo emocional positivo o negativo, o sentirse apesadumbrado cuando "el ambiente" en general se siente "pesado", todos están mal o todos están bien (las emociones "se contagian"!!!)

Hoy en día sabemos que la reactividad emocional, la fuerza con que se expresan las emociones en cada persona, es una cualidad biológica, variable y con un gran componente congénito, es decir, la heredamos en buena medida de nuestros progenitores y va a determinar muchos aspectos y circunstancias de nuestra vida. Incluso en los niños muy pequeños se observa que, ante una misma frustración, cuando, por ejemplo, se les quita un juguete de las manos, su respuesta emocional puede ser muy diferente. Los hay que se enojan mucho y "se pichan", mostrando un gran berrinche, mientras que otros expresan su sentimiento de manera más suave y pacífica. Quienes tengan más de un hijo posiblemente han tenido ocasión de comprobarlo en su propia familia (los que tienen la suerte de tener mellizos como yo saben cuan diferentes pueden ser dos seres que están juntos desde su misma concepción). A los adultos nos ocurre lo mismo, pues somos muy diferentes en el modo y la fuerza con que se expresan nuestras emociones y sentimientos incluso en idénticas circunstancias. 


Para concluir lo que hablamos sobre el misterioso mundo de las emociones, les prometí el sábado pasado contarles si las emociones pueden o no heredarse. Desde ya les cuento que la reactividad emocional, esa fuerza de expresión de los sentimientos, podría estar condicionada por causas o factores epigenéticos (es decir, que puedan estar en la información genética del individuo y solamente manifestarse mediante estímulos del ambiente).  Ahora también sabemos que la reactividad emocional, la fuerza de expresión de los sentimientos, podría estar condicionada por causas o factores epigenéticos, es decir, por experiencias personales de los progenitores, como las situaciones de estrés que han vivido y que han podido marcar sus genes condicionando su expresión. Aunque no sabemos cómo, las marcas epigenéticas pueden transferirse al ADN de los gametos (espermatozoides y óvulos) que, a su vez, se transfieren a los descendientes en la fecundación. Así ha sido comprobado en experimentos con ratas donde las que fueron entrenadas a asociar un determinado olor a una descarga eléctrica en sus patas tuvieron descendientes con más sensibilidad a ese olor que las que no habían sufrido la misma experiencia. El aprendizaje de los progenitores causó cambios epigenéticos que facilitaron la expresión del gen que lleva la información para sintetizar la molécula sensible a ese olor. Ese cambio se transmite por los gametos y aumenta la sensibilidad del descendiente para ese mismo olor. De modo similar, las vivencias estresantes de los padres podrían condicionar epigenéticamente la sensibilidad emocional de los hijos, e incluso de los nietos, en determinadas situaciones, pues las marcas epigenéticas pueden heredarse con los propios genes, aunque no tienen la misma estabilidad que ellos y pueden añadirse o perderse en los cambios generacionales.  

Entonces, la reactividad emocional es en buena medida, heredada. Ahora, lo que va a emocionarnos y a hacernos expresar los sentimientos con esa fuerza de la que venimos dotados depende de factores que ahora son ambientales y educativos. Heredamos la reactividad emocional, pero aprendemos a utilizarla según lo que hemos vivido cada uno y cómo nos enseñan y educan. Los estímulos, es decir, las palabras, hechos, ideas, pensamientos, personas, lugares y circunstancias que nos emocionan lo hacen porque en algún momento anterior de nuestra vida se asociaron a circunstancias que nos provocaron sentimientos como el miedo, la alegría, la vergüenza, el odio o el amor, entre otros muchos posibles. Muchas emociones son respuestas condicionadas, es decir, aprendidas, y esa asociación pudo producirse de forma automática y espontánea, como cuando al pararse inesperadamente el ascensor sentimos miedo, o de forma instructiva, como cuando se nos educa para ser solidarios y generosos o, para odiar a personas, colectivos o ideas. Nadie nace siendo Anabelle la muñeca maldita o Bambi, pero las experiencias vitales y la educación pueden orientar una alta reactividad emocional hacia el altruismo y la bondad o hacia la maldad y el horror. 


Otros factores biológicos pueden además sumarse, como en el caso de los hombres, donde la presencia en su sangre y su cerebro de la hormona testosterona puede actuar sinérgicamente con la reactividad emocional heredada Si la persona nace con una reactividad emocional determinada, solo faltan las situaciones personales o colectivas capaces de activar la expresión de los sentimientos incubados con la fuerza que cada uno lo hace. Desgraciadamente, no dejamos de comprobarlo con los casos de feminicidios y violencia familiar que coinciden con el género masculino con el triste protagonista violento. 

En definitiva, las emociones mismas, como el miedo, el odio o el amor, no se heredan, pero sí heredamos una predisposición biológica para adquirirlas con mayor o menor facilidad y, sobre todo, para expresarlas con fuerza diferente en cada persona. Lo que de ningún modo heredamos son los estímulos y las causas que provocan las emociones y los sentimientos que tenemos, pues eso depende exclusivamente de nuestras vivencias personales y, sobre todo, de la educación que desde niños recibimos, algo que no deja de ser una buena noticia porque nos permite cultivar una sociedad en la que educativamente se promuevan los sentimientos positivos alejándonos de los negativos y corrosivos. La experiencia y la plasticidad cerebral también nos enseñan que la educación emocional puede ayudarnos, si no a evitar las emociones negativas, sí a modular e incluso evitar las expresiones indeseables que provocan. Y sobre todo, a manejar las emociones para no estar DE LA CABEZA. Nos leemos con otro tema en siete días...!!!



TUVE COVID... Y TENGO MIEDO...

Artículo correspondiente a la columna semanal DE LA CABEZA del Diario La Nación del sábado 10 de julio de 2021. Todos los derechos reservados. 

Quienes pasaron por la terrible experiencia de sortear al virus, ya sea hospitalizados o no, independientemente del grado de gravedad desarrollada, saben lo estresante que es ello desde el momento del diagnóstico y aún después de haberse recuperado. Si no era poco vivir con la espada de Damocles del contagio pendiendo sobre nuestras cabezas, el hecho de recibir el resultado positivo y todo lo que ello conlleva es una prueba de fuego para la salud mental y la resiliencia de cualquier persona. Y no hay un solo ser humano que pueda decir que no se ha sentido estresado una vez al menos en estos 16 meses que llevamos de trastorno de nuestras habituales costumbres sobre todo sociales.

Un reciente estudio publicado en la JAMA (Journal of American Medical Association) realizado en Italia a pacientes que habían estado hospitalizados por COVID-19 expresó que un 30,2% de la muestra había desarrollado trastornos de estrés postraumático (TEPT). En particular, los diagnósticos vinculados con los TEPT fueron: episodio depresivo (17,3%), episodio hipomaníaco (0,7%), trastorno de ansiedad generalizada (7%) y trastornos psicóticos (0,2%). La mayoría de los pacientes con estos trastornos eran mujeres (55,7%) con una edad media de 55 años. Un gran número de ellas presentaba antecedentes de trastornos psiquiátricos (34,8%) y delirio o agitación durante los cuadros agudos de COVID-19 (16,5%). Algo llamativo es que los síntomas de los trastornos de estrés postraumático se presentaron con mayor frecuencia en la etapa posterior a la enfermedad. En este sentido, un 62, 6% de los participantes experimentó más de 3 síntomas de los, anteriormente, mencionados. De hecho, si analizamos toda la literatura médica disponible a la fecha, los hallazgos meta-analíticos indican que un 32,2% de las personas que atravesó una infección por coronavirus sufrió algún tipo de TETP. 

¿Cómo superamos esta situación que atenta contra la salud mental? El primer paso para superar el TEPT es entender cómo se "tranca" y por qué no mejora por sí mismo. Debemos entender que el sistema de amenaza de nuestro cerebro (manejado por la amígdala cerebral) estuvo y permanece activo, alertándonos de peligros reales o supuestos, y que debemos "bajar los decibeles" de la hiper respuesta de ese sistema. Por ello, hay que "conducir" al cerebro hacia la "relajación" del sistema de alarma. Una manera eficaz es procesar los recuerdos (sobre todo de los pacientes que estuvieron en salas de UTI aislados y en contacto con otras realidades de pacientes que, lamentablemente, no pudieron ganar la guerra). Estos recuerdos, generalmente, tienen las características de ser muy recientes e inmediatos, sumamente vívidos, de aparición constante, involuntaria y de difícil manejo voluntario, y como si fuera poco, muchas veces fragmentados, es decir, incompletos. Se almacenan en zonas de la memoria diferentes, por ejemplo, al aprendizaje, porque lo hacen con la impronta emocional negativa de lo pasado. Para ello, interviene la terapia conductivo-conductual, que es la que trabaja con los pensamientos y creencias porque estas impulsan a los sentimientos: se deben revertir los conceptos que causaban angustia para poder superarlos.

Otras veces, encaramos "estrategias" que tienen el efecto contrario al buscado. Por ejemplo, evitamos recordar lo pasado o hablar de ello "para no revivir los momentos". Cuando hacemos eso, los sucesos quedan sin procesar, y no se elaboran los duelos correspondientes o no se culminan los procesos, relegando al olvido de "no pensar para no sentir" y nunca terminando de cerrar el ciclo que, por dentro, nos sigue consumiendo. Esto hace que los pensamientos "reboten" y resurjan de repente con mucha fuerza y haciendo más daño que habiéndolo procesado gradualmente. Igualmente, el hecho de entregarse al alcohol o las drogas ("permitidas" o no) hace que realmente no nos sintamos mejor y que caigamos peligrosamente en la adicción. 

¿Qué tratamientos se recomiendan? Buscar ayuda psicológica primero y si no es suficiente, recién ahí encararlo con ayuda de la farmacología. Los métodos psicológicos que podrían emplearse en el tratamiento del TEPT podría ser terapias cognitivas del comportamiento que incluya desensibilización de los recuerdos, exposición a la memoria del trauma, darle sentido a lo sucedido y reformular las estrategias de afrontamiento. Tomemos en cuenta que la COVID es una enfermedad mas DE LA CABEZA que de los pulmones. Sigamos peleando, vacunémonos y nos leemos la semana que viene. 




viernes, 26 de noviembre de 2021

EL DOLOR EMOCIONAL

 

Artículo correspondiente a la columna semanal DE LA CABEZA del Diario La Nación del sábado 15 de setiembre de 2021. Todos los derechos reservados.


La pandemia desnudó muchas de las condiciones que realmente lastiman nuestra emocionalidad. Afloraron en los más pintados y el aislamiento y la falta de contacto de todo tipo fueron una prueba para todos con respecto a la fortaleza y a la resiliencia que individualmente ha desarrollado cada uno a lo largo de su vida. En ese contexto, sabemos que nuestras emociones nos pueden causar un intenso dolor que puede llegar a ser físico, como la punzada en el estómago por perder a un querido amigo o la pesadez en el pecho después de una ruptura. Pero, ¿por qué experimentamos el rechazo y la pérdida como un dolor de corazón literal? 

La respuesta es sencilla: nos ayuda a sobrevivir. El dolor es una señal de peligro: cuando colocas tu mano sobre la parrilla caliente, por ejemplo, una red de neuronas en su cerebro se activa para enviar un mensaje: algo está muy mal. El dolor es realmente bueno para interrumpir la atención y hacer que te concentres singularmente en hacer que lo malo se detenga. Pero si lo miramos desde una perspectiva evolutiva, el rechazo social es algo realmente malo. Para los antepasados ​​humanos, la supervivencia requería una red social cercana: al cooperar, puede recolectar mejor los alimentos; puede protegerse mejor contra los depredadores y para reproducirse. Los antepasados ​​humanos que hicieron todo lo posible para evitar el rechazo habrían tenido mejores probabilidades de sobrevivir, y ¿qué mejor disuasión que el dolor físico? 

Los estudios sugieren que cuando experimentamos rechazo, nuestro cerebro se comporta de manera similar a como lo hace cuando tenemos dolor físico. Esto se vio por medio de estudios de imágenes por resonancia magnética funcional en cerebros de participantes con el corazón roto, todos los cuales habían pasado recientemente por una ruptura no deseada. Dentro del escáner, los participantes miraron las fotos de la pareja que las había dejado, mientras pensaban en el rechazo. Luego, las personas se enfocaron en fotos de amigos cercanos mientras imaginaban un feliz recuerdo de esa amistad. Finalmente, los psicólogos escanearon el cerebro de los participantes mientras experimentaban sensaciones físicas dolorosas y agradables: un objeto caliente (pero no ardiente), seguido de un objeto agradablemente cálido, colocado en sus brazos. Los resultados, publicados en la revista 'Proceedings of the National Academy of Sciences' (PNAS), encontraron que tanto la visión de una expareja como la sensación del objeto caliente activaban áreas del cerebro asociadas con el dolor, pero la foto de un amigo y el agradable calor no lo hizo. Las mismas áreas del cerebro se asociaron con dolor en hasta el 88% de los estudios que revisaron, informó el equipo en el estudio.

Muchos psicólogos piensan que la experiencia del dolor emocional "se superpuso" al sistema de dolor físico ya existente en el cerebro de nuestros primeros antepasados. El dolor que sentimos después de una pelea con un amigo cercano es bastante real, pero no es exactamente lo mismo que el dolor físico. y vemos eso reflejado en los estudios de fMRI. Las partes del cerebro activadas por estas dos experiencias diferentes se superponen, pero no son idénticas. 

Pero, ¿por qué experimentamos el dolor del rechazo en nuestro pecho y abdomen en lugar de, digamos, en nuestra rodilla? Algunos psicólogos han planteado la hipótesis de que esta experiencia tiene que ver con la activación del nervio vago, que va desde el cerebro hasta el cuello, el pecho y el abdomen. Pero no hay mucha evidencia convincente para esta explicación. Además, también existe el síndrome del "corazón roto" o "takotsubo", una afección en la que el corazón se debilita temporalmente, lo que hace que su cámara de bombeo principal, el ventrículo izquierdo, se infle y bombee de manera incorrecta, y de la cual alguna vez hace un tiempo habláramos en esta columna. Este síndrome se relaciona con una mayor actividad en el cerebro causada por eventos estresantes, como la muerte de un ser querido. Pero la mayoría de las veces, la angustia no conduce al síndrome del corazón roto: la afección es rara, 

La angustia general puede doler, pero la próxima vez que esté lidiando con el dolor de la pérdida o el rechazo, puede consolarse con el hecho de que la capacidad de sentir este tipo de dolor probablemente evolucionó para ayudarnos a sobrevivir. DE LA CABEZA, no? Nos vemos el sábado que viene.

EL CORTISOL: ENEMIGO DESCONOCIDO DEL CEREBRO


Artículo correspondiente a la columna semanal DE LA CABEZA del Diario La Nación correspondiente al sábado 11 de setiembre de 2021. Todos los derechos reservados.


Tu cuerpo está preparado para reaccionar ante el estrés de manera tal que te proteja contra las amenazas de los depredadores y otros agresores. Aunque tales amenazas son raras hoy en día, eso no significa que la vida no cause estrés. Por el contrario, sin duda, tú te enfrentas a múltiples exigencias cada día, como asumir una enorme carga de trabajo, pagar las facturas y cuidar de tu familia. Tu cuerpo trata estas molestias menores como amenazas. Como resultado, es posible que te sientas como si estuvieras constantemente bajo ataque. Esto es obra del cortisol, una hormona segregada por la corteza suprarrenal, una glandulita pequeña situada cabalgando encima de cada riñón, y que nos ha salvado la vida cuando de correr de las fieras se trataba en la antigüedad, pero que hoy nos asesina si dejamos que domine nuestro cuerpo.


Esto funciona así: cuando te encuentras con una amenaza percibida, como un perro grande que te ladra durante la caminata matutina, tu hipotálamo, una pequeña región en la base de tu cerebro, activa un sistema de alarma en tu cuerpo. A través de una combinación de señales nerviosas y hormonales, este sistema incita a esas glándulas suprarrenales de las que te hablé, a liberar una oleada de hormonas, entre ellas, la adrenalina y el cortisol. La adrenalina aumenta la frecuencia cardíaca, eleva la presión arterial y aumenta los suministros de energía. El cortisol, la principal hormona del estrés, aumenta los azúcares (glucosa) en el torrente sanguíneo, mejora el uso de glucosa en el cerebro y aumenta la disponibilidad de sustancias que reparan los tejidos. En ese menester de cosas, el cortisol también reduce las funciones que serían no esenciales o perjudiciales en una situación de lucha o huida: altera las respuestas del sistema inmunitario y suprime el sistema digestivo, el sistema reproductor y los procesos de crecimiento. Este complejo sistema de alarma natural también se comunica con las regiones del cerebro que controlan el estado de ánimo, la motivación y el miedo. Es por eso que cuando la respuesta natural al estrés se descontrola, este sistema es auto limitante, es decir, restringe todas las funciones del cuerpo. Una vez que una amenaza percibida ha pasado, los niveles hormonales regresan a la normalidad. A medida que bajan los niveles de adrenalina y cortisol, la frecuencia cardíaca y la presión arterial vuelven a los niveles iniciales, y otros sistemas reanudan sus actividades regulares. 


Pero eso pasaba en la antigüedad, cuando las fieras que acechaban se iban. Hoy en día, cuando los factores estresantes están siempre presentes y te sientes constantemente atacado, esa reacción de pelear o huir permanece encendida. La activación a largo plazo del sistema de respuesta al estrés y la sobreexposición al cortisol y otras hormonas del estrés que actúan en consecuencia pueden interrumpir casi todos los procesos de tu cuerpo. Esto incrementa el riesgo de padecer muchos problemas de salud, tales como: ansiedad, depresión, problemas digestivos, dolores de cabeza, cardiopatía, problemas de sueño, aumento de peso, deterioro de la memoria y la concentración Por eso es tan importante aprender formas saludables de lidiar con los factores estresantes de la vida, para controlar el cortisol.

Controlar el cortisol mediante el control de las propias reacciones a los acontecimientos diarios, por más difíciles que fueran, es la llave para una vida saludable y longeva. Igualmente, hay factores que intervienen en la forma en que reaccionamos a las situaciones estresantes: la genética (hay formas de reaccionar potencialmente activas en los genes) o la experiencia de vida (mayor "explosividad" ante el estrés en personas que sufrieron maltratos o experiencias traumatizantes). Es por eso que todos reaccionamos de mayor o menor manera a la experiencia estresante de la vida,

Controlar el estrés es controlar el cortisol. Controlar el cortisol es mayor y más larga vida. Se puede. Es ejercicio diario de tolerancia, autocontrol y sobre todo, resiliencia, para no quedarnos DE LA CABEZA por el estrés. Nos leemos el sábado que viene... sin estrés.




miércoles, 8 de septiembre de 2021

MEDITAR CAMBIA EL CEREBRO... LITERALMENTE

 

Artículo de la columna semanal DE LA CABEZA del Diario La Nación correspondiente al sábado 3 de julio de 2021. Todos los derechos reservados.

Mucha gente cuenta hoy en día que puede pasar los estragos de la pandemia gracias a que se dedica a meditar. Esta práctica que antes relacionábamos con personas del lejano Oriente, con monjes tibetanos o gente "rara", nos demuestra, desde la Neurociencia, su efectividad a medida que pasa el tiempo. Varios estudios neurocientíficos, de hecho, han demostrado la eficacia de la meditación o « mindfulness» en reducir la ansiedad, dificultar la aparición de depresión o incluso aumentar la longevidad. Pero aún hay muchas dudas sobre cuáles son las técnicas más eficaces y si estas son capaces de tener un efecto real sobre el cerebro, alterando las conexiones de las neuronas a través de un fenómeno conocido como plasticidad. 

Un estudio de hace unos años realizado por científicos del Instituto Max Planck de Ciencias Cognitivas y del Cerebro en Leipzig, Alemania, ha presentado una publicación en Science Advances donde han tratado de responder a estas preguntas. Después de usar tres programas de entrenamiento en meditación y de hacer pruebas para analizar las capacidades cerebrales, medir los niveles de actividad eléctrica en el cerebro o incluso la cantidad de cortisol en sangre, para calcular los niveles de estrés, han descubierto que la meditación puede cambiar la arquitectura de algunas zonas del cerebro, mejorar las habilidades sociales y además reducir los niveles de ansiedad. Los científicos demostraron que, dependiendo de qué programa de entrenamiento se usó durante un período de tres meses, cambiaron tanto ciertas estructuras cerebrales como marcadores del comportamiento entre los participantes. Por ejemplo, después de un entrenamiento basado en la atención, observaron que se produjeron cambios en zonas de la corteza cerebral asociadas con esta capacidad. 

La investigación ha girado en torno al ReSource Project, una investigación a gran escala basada en un programa de entrenamiento de tres meses, en los cuales se practicaron diversas técnicas de meditación durante 30 minutos, durante seis días a la semana. En concreto, se usaron tres programas de entrenamiento, cada uno basado en distintas competencias: Uno se centró en la atención e introspección, otro en las competencias socio-afectivas, como la compasión, la gratitud, la empatía o la gestión de emociones difíciles, y un tercero en actividades socio-cognitivas, como lo son la autopercepción y adquirir la perspectiva de otros. Después del entrenamiento, los investigadores trataron de medir el estado de los participantes a través de exámenes psicológicos, medidas de actividad cerebral a partir de resonancias magnéticas y de análisis para averiguar cuáles eran los niveles de cortisol, la hormona del estrés, en el cuerpo. 


Los resultados fueron sorprendentes. En el primer programa de entrenamiento, se logró mejorar la capacidad de atención de los participantes, y en los otros dos se mejoró la capacidad de compasión y de adopción de distintas perspectivas. Además, estos cambios de comportamiento se correspondieron con el grado de plasticidad estructural del cerebro en regiones específicas de la corteza de las que dependen esas capacidades. Además de esto, los dos módulos de entrenamiento enfocados en la mejora de capacidades sociales redujeron los niveles de estrés de los participantes: los niveles de cortisol, la hormona del estrés, cayeron hasta un 51 por ciento. La causa de este fenómeno podría estar en que esos ejercicios implicaron un trabajo de comunicación en parejas: el hecho de revelar información íntima a otro pudo inmunizar a los participantes frente al miedo y a la vergüenza provocados por el juicio de otras personas, y que suele activar el estrés social. Además, los tres programas de entrenamiento redujeron la percepción del estrés propio entre los participantes. 

Este estudio demuestra que se puede mejorar la calidad de las relaciones y la capacidad de cooperación de las personas con entrenamiento en meditación, al mismo tiempo que se cambia la estructura de las conexiones neurales y que se reducen los niveles de estrés. Además, ahora se ha constatado que cada tipo de meditación tiene distintos efectos en el cerebro, la salud y el comportamiento. Una vez que hemos entendido cuáles son los efectos que tienen las técnicas de entrenamiento mental, ya se pueden emplear de una forma dirigida para mejorar la salud mental y física. Meditar, definitivamente, cambia el cerebro y te deja DE LA CABEZA. Nos leemos el siguiente sábado.


EL CEREBRO: ¿TODO ES UNA ILUSIÓN?



Artículo correspondiente a la columna semanal DE LA CABEZA del Diario La Nación del sábado 24 de junio de 2021. Todos los derechos reservados.

¿Alguna vez pensaste que la mente humana es la única que piensa sobre sí misma? No solo pensamos, también pensamos que pensamos. Se llama autoconsciencia y es la más sublime y poderosa capacidad de la mente humana. Lo que en Neurociencias se llama "la teoría de la mente" ¿Alguna vez pensaste dónde están tus pensamientos? ¿En tu cerebro? En realidad, los pensamientos no están en ninguna parte. Es decir, no son un producto, algo que pueda estar aquí o allí, moverse o llevarse de un lado a otro, comprarse, alquilarse, prestarse o regalarse. Los pensamientos son estados mentales conscientes que tenemos cuando funciona el cerebro, son un producto del funcionamiento pleno del cerebro. Como siempre digo en mis clases, el cerebro es el hardware y la mente es el software, no existen el uno sin el otro. Pero, sin embargo, creer que la mente y sus pensamientos son un producto del cerebro es un modo erróneo de entender su naturaleza. ¿Por qué tenemos la impresión de que nuestros pensamientos están aferrados a nosotros sin poder abandonarnos, sin que puedan dejarnos? ¿Por qué no podemos dejar de pensar en ningún momento de nuestras vidas? Precisamente por lo que acabamos de decir, porque los pensamientos no son algo, no son una cosa que podamos dejar por el camino cuando nos cansamos de ellos o cuando "no queremos pensar más en nada". Son un estado mental que va con nosotros a todas partes, a donde quiera que vayamos, sin importar la hora o el lugar. Y ahora, lo más fascinante, porque la sensación de que los pensamientos van con nosotros, es decir, están siempre en los límites físicos de nuestro cuerpo y nunca fuera de él, es, en realidad, una ilusión, la más grande que crea el cerebro. Lo saben muy bien quienes alguna vez han tomado una droga alucinógena (la ayahuasca por ejemplo, proporciona esa rarísima sensación)  y han comprobado cómo la mente puede deambular por la habitación en que se encuentran mientras su cuerpo permanece tumbado lejos de ella. Afortunadamente, eso no pasa sin tomar drogas porque el cerebro crea continuamente la ilusión de que la mente siempre acompaña al cuerpo facilitando así el que nos movamos con eficacia para conseguir propósitos en lugar de hacernos sentir que vivimos fuera de nosotros mismos, lo que parecería una locura. 



Ciertamente, el cerebro, sin que nos demos cuenta, es una gran fábrica de ilusiones, hasta el punto de que no es descabellado decir que sentimos el mundo de un modo más virtual que real, lo que en mi libro CEREBRA LA VIDA llamo "la Neuromátrix". Tenemos la impresión de que son los ojos quienes ven, los oídos quienes oyen, la nariz quien huele, pero todo eso tampoco es verdad. Son todas "ilusiones electroquímicas", fruto de la transformación de los estímulos (olores, colores, sabores, texturas, sonidos) en un lenguaje que el cerebro transmita y entienda. No son los ojos los que ven, sino el cerebro finalmente el que recibe la información y la decodifica para "contarnos" que "estamos viendo". Es algo que nos fascina, porque ni siquiera hoy podemos explicar cómo el cerebro se las arregla para que sintamos en la mano u otra parte del cuerpo lo que solo él es capaz de sentir. ¿Nos engaña entonces el cerebro? Socorro, que alguien me ayude...

Realmente... ¿a quién engaña el cerebro? ¿Podría yo sostener mi cerebro en la mano y acusarle de que me está engañando como si yo fuera algo diferente de él? Ciertamente, no. El cerebro no me engaña porque yo soy, por encima de todo, mi cerebro y la mente que ese cerebro crea. Si un día fuera posible trasplantar el cerebro de una persona a otra lo que en realidad estaríamos haciendo no es un trasplante de cerebro, sino un trasplante de cuerpo: a un cerebro le estaríamos quitando el cuerpo al que pertenece para ponerle el de otra persona. Si el cerebro con sus ilusiones engaña a alguien no es a otro que a sí mismo, el cerebro es su propio engañador. La evolución y la selección natural lo han configurado de ese modo y lo han convertido en el órgano más inteligente que conocemos. No en balde, René Descartes tenía razón cuando, estando ya DE LA CABEZA, dijo alguna vez" pienso luego existo”, pues sería imposible saber que existimos si el cerebro no nos proporcionara la capacidad de pensar. Nos leemos el sábado que viene.

EL CEREBRO FANÁTICO

 


Artículo correspondiente a la columna semanal DE LA CABEZA del Diario La Nación del sábado 19 de junio de 2021. Todos los derechos reservados.

El dedo en la llaga. Es lo que hizo esta semana mi amigo Mike Silvero desde su programa (SILVERO todos los dias por GEN) al hablar de un grupo de Kpop o pop venido de Corea del Sur. Y se encendió la llama que trajo consigo literales hordas de adolescentes que, exigiéndole disculpas públicas por referirse a su grupo favorito de manera que ellos (erróneamente) entendieron ofensiva, cargaron virtualmente contra sus cuentas y las del canal. Algo parecido pero de muchos menos decibeles hicieron cuando hice un chiste más médico con las siglas del grupo en Twitter, insultándome con creativos adjetivos que no pensé leer en adolescentes y púberes cuyas fotos eran todas de alguno de sus ídolos. Pero a lo que voy: ¿por qué el cerebro (de cualquier edad) reacciona de esta manera movido por el fanatismo? ¿Qué pasa por esas mentes en esos momentos?

La Neurociencia lo explica mediante la adhesión incondicional a una causa, sin límites ni matices, hasta el extremo de realizar cualquier tipo de acción en su favor, incluso agredir por ella, lo que realmente llamamos fanatismo. Algunas investigaciones señalan que un neurotransmisor químico llamado dopamina (conocido para los que frecuentan esta columna semanalmente) podría jugar un importante papel en los procesos cerebrales que conducen comportamientos fanáticos, independientemente de la forma en que se expresen. Y es que las neuronas que manejan la dopamina están muy relacionadas con las emociones que experimentamos y se activan cuando el organismo obtiene placer con alguna acción. Los aficionados a un cantante obtienen placer al escuchar sus canciones, pero esta sensación se multiplica si ven al artista en vivo sobre un escenario. En esos momentos se libera mucha más dopamina y se experimenta una felicidad considerablemente más intensa. Por otro lado, el constante fanatismo a uno o más artistas se explica porque el cerebro se acostumbra a estas "neuro-recompensas". La repetición de las recompensas acaba por crear una señal permanente en los circuitos cerebrales, que invita a los individuos que viven tales satisfacciones a buscarlas nuevamente, y que no es otra cosa que el principio de las adicciones, funcionando igual que con las drogas, la comida o incluso el enamoramiento. Pero en los adolescentes ocurre algo que aumenta esta respuesta, y es que, al tener cerebro inmaduro (que no ha llegado aún a la plenitud de su neurodesarrollo que se alcanza a los 18/19 años) tiene más receptores dopaminérgicos, lo que hace que sean vulnerables a caer en conductas de riesgo que involucran el placer, emociones fuertes estimulantes y drogas como dijimos, el cual es el mismo circuito de placer recompensa y adicción: lo que gusta produce dopamina y la dopamina se acaba, tendiendo a buscar más y más dopamina: ese es el fundamento de nuestro conocido circuito de recompensa cerebral que también ya fue protagonista de varias columnas sabatinas. 

Las neuronas que manejan la dopamina se activan en mucha mayor medida cuanto más inesperada sea dicha recompensa. En esos momentos excepcionales se libera mucha más dopamina y se experimenta una felicidad considerablemente más intensa. Pero quizá lo más importante de todo sea que el cerebro se acostumbra enseguida a esperar estas neuro-recompensas. Una de las zonas del sistema nervioso en las que más dopamina se produce es la llamada sustancia negra, que está situada en el cerebro medio y tiene como una de sus principales funciones el aprendizaje. La repetición de las recompensas acaba por crear una señal permanente en los circuitos cerebrales, que invita a los individuos que viven tales satisfacciones a buscarlas de nuevo. Serían, por tanto, el propio cerebro el que les dicta, desde las profundidades de las neuronas, la necesidad de volver a alcanzar estos impredecibles momentos de éxtasis a los cuales la música resulta más propenso que otras actividades. Pero aunque quizá en las sociedades occidentales hoy se asocie a los fans con el deporte o la música, es evidente que otras actividades importantes para el ser humano como la religión y la política son una cantera para el fanatismo. Mientras las personas no fanáticas tienen ideas, los fanáticos tienen creencias, que son funciones adaptativas para lograr certidumbre y seguridad. Esta configuración del pensamiento fanático suele mostrar unas peculiaridades conocidas como distorsiones cognitivas que son errores en el procesamiento de la información como, por ejemplo, pensar dicotómicamente, en términos de blanco o negro, dividiendo el mundo entre nosotros y ellos. acabando por desarrollar lo que se conoce como rigidez cognitiva conjuntamente con una sobrevaloración afectiva de sus creencias que las hace vivirlas con una intensidad muy alta (por eso se enojan si les contradecimos e incluso pueden llevar a actitudes violentas como las que vimos en redes sociales) haciéndoles ver a los discrepantes como enemigos. Esta "costrucción del enemigo" implica rebajarlo a la condición de cosa –cosificarlo–, y eso significa verlos como algo subhumano (gay, mogolico y otras linduras que me dijeron en Twitter por mi chiste). La consecuencia principal de esta cosificación del "enemigo" es cubrir con prejuicios y estereotipos sus reacciones naturales de compasión hacia las víctimas, aprendiendo a despersonalizarlo y, de esa manera, neutralizar sus reacciones ante lo que hacen. 

Finalmente, debo señalar que estas manifestaciones muchas veces pueden ser de riesgo, no por sus extremos, sino porque, según la Psicología, quienes luchan con tenacidad para defender los estandartes del grupo, en última instancia están defendiendo su propia autoestima, a la que sienten peligrar. Las investigaciones en psicología postulan una ecuación simple: cuanto más pobre es la autoestima, mayor es la necesidad de identificación con una comunidad poderosa que les ayude a repararla o al menos sostenerla. Cuanto más inseguros se sienten y dudan de lo que valen, más fuerte es el impulso de poner a salvo el orgullo personal asociándolo a un grupo sólido de pertenencia. Por supuesto, esta ecuación no es matemática; es decir, no aplica al 100 % de las personas. Pero sí aplica a muchas de ellas. Por eso, el fanatismo es algo absolutamente DE LA CABEZA, y que hay que saber manejar para mantener una adecuada salud mental, que, como siempre digo, es nuestra próxima gran pandemia que ya ha comenzado. Nos leemos el sábado que viene.

LO QUE SUCEDE EN EL CEREBRO CUANDO DAMOS UNA BUENA CLASE

  Artículo correspondiente a la columna dominical DE LA CABEZA del Diario La Nación correspondiente al domingo 10 de setiembre de 2023. Todo...