miércoles, 8 de septiembre de 2021

MEDITAR CAMBIA EL CEREBRO... LITERALMENTE

 

Artículo de la columna semanal DE LA CABEZA del Diario La Nación correspondiente al sábado 3 de julio de 2021. Todos los derechos reservados.

Mucha gente cuenta hoy en día que puede pasar los estragos de la pandemia gracias a que se dedica a meditar. Esta práctica que antes relacionábamos con personas del lejano Oriente, con monjes tibetanos o gente "rara", nos demuestra, desde la Neurociencia, su efectividad a medida que pasa el tiempo. Varios estudios neurocientíficos, de hecho, han demostrado la eficacia de la meditación o « mindfulness» en reducir la ansiedad, dificultar la aparición de depresión o incluso aumentar la longevidad. Pero aún hay muchas dudas sobre cuáles son las técnicas más eficaces y si estas son capaces de tener un efecto real sobre el cerebro, alterando las conexiones de las neuronas a través de un fenómeno conocido como plasticidad. 

Un estudio de hace unos años realizado por científicos del Instituto Max Planck de Ciencias Cognitivas y del Cerebro en Leipzig, Alemania, ha presentado una publicación en Science Advances donde han tratado de responder a estas preguntas. Después de usar tres programas de entrenamiento en meditación y de hacer pruebas para analizar las capacidades cerebrales, medir los niveles de actividad eléctrica en el cerebro o incluso la cantidad de cortisol en sangre, para calcular los niveles de estrés, han descubierto que la meditación puede cambiar la arquitectura de algunas zonas del cerebro, mejorar las habilidades sociales y además reducir los niveles de ansiedad. Los científicos demostraron que, dependiendo de qué programa de entrenamiento se usó durante un período de tres meses, cambiaron tanto ciertas estructuras cerebrales como marcadores del comportamiento entre los participantes. Por ejemplo, después de un entrenamiento basado en la atención, observaron que se produjeron cambios en zonas de la corteza cerebral asociadas con esta capacidad. 

La investigación ha girado en torno al ReSource Project, una investigación a gran escala basada en un programa de entrenamiento de tres meses, en los cuales se practicaron diversas técnicas de meditación durante 30 minutos, durante seis días a la semana. En concreto, se usaron tres programas de entrenamiento, cada uno basado en distintas competencias: Uno se centró en la atención e introspección, otro en las competencias socio-afectivas, como la compasión, la gratitud, la empatía o la gestión de emociones difíciles, y un tercero en actividades socio-cognitivas, como lo son la autopercepción y adquirir la perspectiva de otros. Después del entrenamiento, los investigadores trataron de medir el estado de los participantes a través de exámenes psicológicos, medidas de actividad cerebral a partir de resonancias magnéticas y de análisis para averiguar cuáles eran los niveles de cortisol, la hormona del estrés, en el cuerpo. 


Los resultados fueron sorprendentes. En el primer programa de entrenamiento, se logró mejorar la capacidad de atención de los participantes, y en los otros dos se mejoró la capacidad de compasión y de adopción de distintas perspectivas. Además, estos cambios de comportamiento se correspondieron con el grado de plasticidad estructural del cerebro en regiones específicas de la corteza de las que dependen esas capacidades. Además de esto, los dos módulos de entrenamiento enfocados en la mejora de capacidades sociales redujeron los niveles de estrés de los participantes: los niveles de cortisol, la hormona del estrés, cayeron hasta un 51 por ciento. La causa de este fenómeno podría estar en que esos ejercicios implicaron un trabajo de comunicación en parejas: el hecho de revelar información íntima a otro pudo inmunizar a los participantes frente al miedo y a la vergüenza provocados por el juicio de otras personas, y que suele activar el estrés social. Además, los tres programas de entrenamiento redujeron la percepción del estrés propio entre los participantes. 

Este estudio demuestra que se puede mejorar la calidad de las relaciones y la capacidad de cooperación de las personas con entrenamiento en meditación, al mismo tiempo que se cambia la estructura de las conexiones neurales y que se reducen los niveles de estrés. Además, ahora se ha constatado que cada tipo de meditación tiene distintos efectos en el cerebro, la salud y el comportamiento. Una vez que hemos entendido cuáles son los efectos que tienen las técnicas de entrenamiento mental, ya se pueden emplear de una forma dirigida para mejorar la salud mental y física. Meditar, definitivamente, cambia el cerebro y te deja DE LA CABEZA. Nos leemos el siguiente sábado.


EL CEREBRO: ¿TODO ES UNA ILUSIÓN?



Artículo correspondiente a la columna semanal DE LA CABEZA del Diario La Nación del sábado 24 de junio de 2021. Todos los derechos reservados.

¿Alguna vez pensaste que la mente humana es la única que piensa sobre sí misma? No solo pensamos, también pensamos que pensamos. Se llama autoconsciencia y es la más sublime y poderosa capacidad de la mente humana. Lo que en Neurociencias se llama "la teoría de la mente" ¿Alguna vez pensaste dónde están tus pensamientos? ¿En tu cerebro? En realidad, los pensamientos no están en ninguna parte. Es decir, no son un producto, algo que pueda estar aquí o allí, moverse o llevarse de un lado a otro, comprarse, alquilarse, prestarse o regalarse. Los pensamientos son estados mentales conscientes que tenemos cuando funciona el cerebro, son un producto del funcionamiento pleno del cerebro. Como siempre digo en mis clases, el cerebro es el hardware y la mente es el software, no existen el uno sin el otro. Pero, sin embargo, creer que la mente y sus pensamientos son un producto del cerebro es un modo erróneo de entender su naturaleza. ¿Por qué tenemos la impresión de que nuestros pensamientos están aferrados a nosotros sin poder abandonarnos, sin que puedan dejarnos? ¿Por qué no podemos dejar de pensar en ningún momento de nuestras vidas? Precisamente por lo que acabamos de decir, porque los pensamientos no son algo, no son una cosa que podamos dejar por el camino cuando nos cansamos de ellos o cuando "no queremos pensar más en nada". Son un estado mental que va con nosotros a todas partes, a donde quiera que vayamos, sin importar la hora o el lugar. Y ahora, lo más fascinante, porque la sensación de que los pensamientos van con nosotros, es decir, están siempre en los límites físicos de nuestro cuerpo y nunca fuera de él, es, en realidad, una ilusión, la más grande que crea el cerebro. Lo saben muy bien quienes alguna vez han tomado una droga alucinógena (la ayahuasca por ejemplo, proporciona esa rarísima sensación)  y han comprobado cómo la mente puede deambular por la habitación en que se encuentran mientras su cuerpo permanece tumbado lejos de ella. Afortunadamente, eso no pasa sin tomar drogas porque el cerebro crea continuamente la ilusión de que la mente siempre acompaña al cuerpo facilitando así el que nos movamos con eficacia para conseguir propósitos en lugar de hacernos sentir que vivimos fuera de nosotros mismos, lo que parecería una locura. 



Ciertamente, el cerebro, sin que nos demos cuenta, es una gran fábrica de ilusiones, hasta el punto de que no es descabellado decir que sentimos el mundo de un modo más virtual que real, lo que en mi libro CEREBRA LA VIDA llamo "la Neuromátrix". Tenemos la impresión de que son los ojos quienes ven, los oídos quienes oyen, la nariz quien huele, pero todo eso tampoco es verdad. Son todas "ilusiones electroquímicas", fruto de la transformación de los estímulos (olores, colores, sabores, texturas, sonidos) en un lenguaje que el cerebro transmita y entienda. No son los ojos los que ven, sino el cerebro finalmente el que recibe la información y la decodifica para "contarnos" que "estamos viendo". Es algo que nos fascina, porque ni siquiera hoy podemos explicar cómo el cerebro se las arregla para que sintamos en la mano u otra parte del cuerpo lo que solo él es capaz de sentir. ¿Nos engaña entonces el cerebro? Socorro, que alguien me ayude...

Realmente... ¿a quién engaña el cerebro? ¿Podría yo sostener mi cerebro en la mano y acusarle de que me está engañando como si yo fuera algo diferente de él? Ciertamente, no. El cerebro no me engaña porque yo soy, por encima de todo, mi cerebro y la mente que ese cerebro crea. Si un día fuera posible trasplantar el cerebro de una persona a otra lo que en realidad estaríamos haciendo no es un trasplante de cerebro, sino un trasplante de cuerpo: a un cerebro le estaríamos quitando el cuerpo al que pertenece para ponerle el de otra persona. Si el cerebro con sus ilusiones engaña a alguien no es a otro que a sí mismo, el cerebro es su propio engañador. La evolución y la selección natural lo han configurado de ese modo y lo han convertido en el órgano más inteligente que conocemos. No en balde, René Descartes tenía razón cuando, estando ya DE LA CABEZA, dijo alguna vez" pienso luego existo”, pues sería imposible saber que existimos si el cerebro no nos proporcionara la capacidad de pensar. Nos leemos el sábado que viene.

EL CEREBRO FANÁTICO

 


Artículo correspondiente a la columna semanal DE LA CABEZA del Diario La Nación del sábado 19 de junio de 2021. Todos los derechos reservados.

El dedo en la llaga. Es lo que hizo esta semana mi amigo Mike Silvero desde su programa (SILVERO todos los dias por GEN) al hablar de un grupo de Kpop o pop venido de Corea del Sur. Y se encendió la llama que trajo consigo literales hordas de adolescentes que, exigiéndole disculpas públicas por referirse a su grupo favorito de manera que ellos (erróneamente) entendieron ofensiva, cargaron virtualmente contra sus cuentas y las del canal. Algo parecido pero de muchos menos decibeles hicieron cuando hice un chiste más médico con las siglas del grupo en Twitter, insultándome con creativos adjetivos que no pensé leer en adolescentes y púberes cuyas fotos eran todas de alguno de sus ídolos. Pero a lo que voy: ¿por qué el cerebro (de cualquier edad) reacciona de esta manera movido por el fanatismo? ¿Qué pasa por esas mentes en esos momentos?

La Neurociencia lo explica mediante la adhesión incondicional a una causa, sin límites ni matices, hasta el extremo de realizar cualquier tipo de acción en su favor, incluso agredir por ella, lo que realmente llamamos fanatismo. Algunas investigaciones señalan que un neurotransmisor químico llamado dopamina (conocido para los que frecuentan esta columna semanalmente) podría jugar un importante papel en los procesos cerebrales que conducen comportamientos fanáticos, independientemente de la forma en que se expresen. Y es que las neuronas que manejan la dopamina están muy relacionadas con las emociones que experimentamos y se activan cuando el organismo obtiene placer con alguna acción. Los aficionados a un cantante obtienen placer al escuchar sus canciones, pero esta sensación se multiplica si ven al artista en vivo sobre un escenario. En esos momentos se libera mucha más dopamina y se experimenta una felicidad considerablemente más intensa. Por otro lado, el constante fanatismo a uno o más artistas se explica porque el cerebro se acostumbra a estas "neuro-recompensas". La repetición de las recompensas acaba por crear una señal permanente en los circuitos cerebrales, que invita a los individuos que viven tales satisfacciones a buscarlas nuevamente, y que no es otra cosa que el principio de las adicciones, funcionando igual que con las drogas, la comida o incluso el enamoramiento. Pero en los adolescentes ocurre algo que aumenta esta respuesta, y es que, al tener cerebro inmaduro (que no ha llegado aún a la plenitud de su neurodesarrollo que se alcanza a los 18/19 años) tiene más receptores dopaminérgicos, lo que hace que sean vulnerables a caer en conductas de riesgo que involucran el placer, emociones fuertes estimulantes y drogas como dijimos, el cual es el mismo circuito de placer recompensa y adicción: lo que gusta produce dopamina y la dopamina se acaba, tendiendo a buscar más y más dopamina: ese es el fundamento de nuestro conocido circuito de recompensa cerebral que también ya fue protagonista de varias columnas sabatinas. 

Las neuronas que manejan la dopamina se activan en mucha mayor medida cuanto más inesperada sea dicha recompensa. En esos momentos excepcionales se libera mucha más dopamina y se experimenta una felicidad considerablemente más intensa. Pero quizá lo más importante de todo sea que el cerebro se acostumbra enseguida a esperar estas neuro-recompensas. Una de las zonas del sistema nervioso en las que más dopamina se produce es la llamada sustancia negra, que está situada en el cerebro medio y tiene como una de sus principales funciones el aprendizaje. La repetición de las recompensas acaba por crear una señal permanente en los circuitos cerebrales, que invita a los individuos que viven tales satisfacciones a buscarlas de nuevo. Serían, por tanto, el propio cerebro el que les dicta, desde las profundidades de las neuronas, la necesidad de volver a alcanzar estos impredecibles momentos de éxtasis a los cuales la música resulta más propenso que otras actividades. Pero aunque quizá en las sociedades occidentales hoy se asocie a los fans con el deporte o la música, es evidente que otras actividades importantes para el ser humano como la religión y la política son una cantera para el fanatismo. Mientras las personas no fanáticas tienen ideas, los fanáticos tienen creencias, que son funciones adaptativas para lograr certidumbre y seguridad. Esta configuración del pensamiento fanático suele mostrar unas peculiaridades conocidas como distorsiones cognitivas que son errores en el procesamiento de la información como, por ejemplo, pensar dicotómicamente, en términos de blanco o negro, dividiendo el mundo entre nosotros y ellos. acabando por desarrollar lo que se conoce como rigidez cognitiva conjuntamente con una sobrevaloración afectiva de sus creencias que las hace vivirlas con una intensidad muy alta (por eso se enojan si les contradecimos e incluso pueden llevar a actitudes violentas como las que vimos en redes sociales) haciéndoles ver a los discrepantes como enemigos. Esta "costrucción del enemigo" implica rebajarlo a la condición de cosa –cosificarlo–, y eso significa verlos como algo subhumano (gay, mogolico y otras linduras que me dijeron en Twitter por mi chiste). La consecuencia principal de esta cosificación del "enemigo" es cubrir con prejuicios y estereotipos sus reacciones naturales de compasión hacia las víctimas, aprendiendo a despersonalizarlo y, de esa manera, neutralizar sus reacciones ante lo que hacen. 

Finalmente, debo señalar que estas manifestaciones muchas veces pueden ser de riesgo, no por sus extremos, sino porque, según la Psicología, quienes luchan con tenacidad para defender los estandartes del grupo, en última instancia están defendiendo su propia autoestima, a la que sienten peligrar. Las investigaciones en psicología postulan una ecuación simple: cuanto más pobre es la autoestima, mayor es la necesidad de identificación con una comunidad poderosa que les ayude a repararla o al menos sostenerla. Cuanto más inseguros se sienten y dudan de lo que valen, más fuerte es el impulso de poner a salvo el orgullo personal asociándolo a un grupo sólido de pertenencia. Por supuesto, esta ecuación no es matemática; es decir, no aplica al 100 % de las personas. Pero sí aplica a muchas de ellas. Por eso, el fanatismo es algo absolutamente DE LA CABEZA, y que hay que saber manejar para mantener una adecuada salud mental, que, como siempre digo, es nuestra próxima gran pandemia que ya ha comenzado. Nos leemos el sábado que viene.

sábado, 12 de junio de 2021

EL CEREBRO Y LAS FAKE NEWS

 


Artículo correspondiente a la columna semanal DE LA CABEZA del Diario La Nación del sábado 27 de marzo de 2021. Todos los derechos reservados.

Uno de los peores males (a mi criterio personal) poco discutidos y que están creando mucho daño en esta pandemia es la infodemia, esa maldita costumbre de crear, recrear y repetir "pseudonoticias" de incomprobable fuente y muchísimo más que dudosa procedencia y seriedad en contenido y fundamentos. Si bien esto ha existido siempre con el fin de confundir o dañar a alguien aún antes de que existiesen las redes sociales o las mensajerías instantáneas. es en estas donde encontraron el ambiente más propicio para nacer, crecer y multiplicarse. Y en la pandemia​, con más gente asomada a esas redes y durante más tiempo, ha potenciado muchísimo estas fake news, acelerando y ampliando su difusión. en situaciones de tensión y preocupación como las actuales las personas somos más susceptibles, hay más cosas que nos resultan amenazantes, estamos a la expectativa y nos volvemos más reactivos y más hiper vigilantes, lo que hace que no diferenciemos la realidad de lo fantasioso, causando una falla en nuestra capacidad de procesar tanta noticia. Este sesgo de informacion no responde a una función cerebral sino más bien cultural: damos por sentado algo que no es correcto solamente porque se encuadra en nuestra forma de pensar o en lo que consideramos (o queremos) que sea real sea o no cierto. 


Esto sucede porque el cerebro es un gran ahorrador de energía (léase: es un enorme haragán) que hará todo lo posible por no gastar. Y como ya invirtió recursos en aprender algo y debe invertir más en desaprender y reaprender, entonces "acomoda" la información a los patrones que posee grabados, siéndole más "cómodo" adaptar lo que recibe a lo que aprendió. Y esto, como podemos apreciar, no es la verdad de las cosas, ya que el cerebro absorbe como una esponja informaciones que coinciden con la ideología e ignora la información contraria porque genera disonancia cognitiva y eso provoca malestar. O sea, es decirle al cerebro que está equivocado, y eso cuesta mucho. Es por esto que la única manera de luchar contra el sesgo de confirmación (y el resto de sesgos cognitivos) es ser consciente de su existencia y reflexionar de forma muy consciente y racional cuánto de verdad hay o puede haber en lo que nos dicen. Y así como hay personas hipercríticas o extremadamente desconfiadas que tienden a ponerlo todo en tela de juicio y no se fían de nada ni de nadie aunque se sientan identificadas con ciertas ideas, hay otras que porque son muy abiertas, muy flexibles o quizá muy incultas, pecan de ingenuidad y es más fácil que sean víctimas de las fake news. 


Otro sesgo que debemos considerar a la hora de la verdad (nunca mejor dicha esta expresión) es lo que en neurociencia denominan la ilusión de conocimiento y control, el hecho de que uno necesita tener la sensación de que su vida está controlada y siempre buscar estrategias para sentir que se tiene el control. A esto se suma que todo el mundo piensa que sabe más de lo que realmente sabe, de modo que cuando en medio de la incertidumbre del coronavirus, por ejemplo, recibimos una información que pensamos que es privilegiada, somos proclives a creerla porque eso refuerza nuestra ilusión de conocimiento y nos hace pensar que tenemos el control sobre lo que está pasando. Esta es la explicación de la presencia de lo que yo llamo "todólogos de la pandemia" o "neoespecialistas en Covid".

Un sesgo más es el del refuerzo social, ese que logra que cuando compartimos algo y nuestros amigos o familiares se muestran de acuerdo, nos hace sentir valorados y nos proporciona un refuerzo brutal a manera de una dosis de dopamina, activando el mismo circuito cerebral que detallara tantas veces en esta columna y que es el mismo que si practicáramos sexo o consumiéramos una droga, proporcionándonos placer, lo cual nos predispone a compartir informaciones y expandir inventos, los creamos o no. Y al final, si algo se repite y comparte mucho, más personas acabarán dándolo por cierto. 

A este otro sesgo se suma el llamado efecto halo, otra tendencia derivada de la forma en que funciona el cerebro que nos impulsa a hacer extensiva la buena impresión que tenemos de una persona en un aspecto concreto a otros ámbitos de su vida, aunque no tengan nada que ver. Esto se da así: si el dato falso lo difunde una persona que es influyente, un deportista, un actor, un político, (por algo los llaman "influencers" o influenciadores) la tendencia del cerebro es pensar que, por el hecho de que ese individuo destaca en un ámbito, su opinión tiene un valor superior al que realmente tiene, lo cual confiere mayor credibilidad a las mentiras. Esto también se da en sentido contrario: por fruto del sesgo de refuerzo social, si uno se aferra a hipótesis o tesis con las que el resto no está de acuerdo, se produce una sensación desagradable, de carencia y rechazo, y se activan los circuitos cerebrales de la ansiedad​. 


Respecto a lo que hablábamos, debemos considerar que hay otros factores que también influyen. Por ejemplo, el nivel cultural, ya que si uno sabe mucho de un tema es más difícil que le cuelen información falsa. También condicionan ciertos rasgos de personalidad, como un narcisismo mal llevado, donde el no tener bien afinado el nivel de conocimiento que uno tiene y pensar que su criterio siempre es el bueno; consigue que hayan personas convencidas de que tienen más información de la que en realidad manejan, sumándose al sesgo de ilusión de conocimiento y control, lo que finalmente les lleva a confundirse a la hora de filtrar la información, de modo que o no se creen nada o dan por buenas noticias que no lo son

Y más allá de cómo funcione nuestro cerebro, cuál sea nuestra personalidad o nuestro nivel cultural, hay un ingrediente fundamental para que nos creamos los inventos: su verosimilitud. Si es muy absurdo, por más sesgos cognitivos a que estemos sometidos, su recorrido será muy corto y pocas personas “picarán”. Si resulta muy real o tiene poca relevancia, tampoco tendrá mucha potencia. En cambio, si por forma y contenido resulta impactante y verosímil, aunque parezca contradictorio con la realidad que conocemos, es más fácil que le demos espacio. En especial, si además conferimos credibilidad a la fuente o persona que nos lo transmite 

Así que antes de preguntarse '¿por qué la gente no cree en la ciencia?', hay que cuestionarse por qué no quiere creer en la ciencia”, Los ideólogos de la conspiración no aplican parámetros serios a la hora de escoger si sus fuentes son expertas, o se limitan a cualquier video que alguien publicó en YouTube. Y esto es algo que no se enseña lo suficiente, ni siquiera a los niños en la escuela, y que se llama criterio. Además, quienes han sufrido una grave crisis en sus vidas y han perdido hasta el control sobre ella suelen ser vulnerables a las noticias falsas porque para ellos creer en algo, aunque sea falso, le devuelve cierta seguridad al aceptar una explicación fácil para las cosas difíciles ya que les vuelve el mundo aparentemente más comprensible. De hecho, cuando quienes creen en las leyendas de conspiración se sienten inseguros, se esfuerzan aún más por convencer a otras personas. Porque si alguien más cree lo mismo, se sienten confirmados en su creencia. Y a esto se suma el aburrimiento durante la pandemia, el tiempo en que el cerebro está "al santo cohete" y tiene tiempo de divagar no siempre en las direcciones correctas: el aburrimiento contribuye a que la gente quede atrapada en leyendas de la conspiración porque de repente, uno tiene mucho tiempo para buscar datos y opiniones en muchos sitios de Internet que corroboran la tendencia propia a creer en leyendas, luego se une a una comunidad donde ya no está solo y aburrido y se termina identificando plenamente con el grupo. 


Pero hay una última cosa: los nuevos medios de difusión en la red parecen estar embaucando especialmente a la gente mayor, ya que según estudios, los mayores de 60 tienen más problemas para identificar las noticias falsas y, sobre todo, mucho más propensos a difundirlas en redes. Por un lado, sugieren que pueda ser un problema asociado al deterioro cognitivo, que hayan perdido facultades para hacer frente a los bulos en plena forma. Pero también proponen que pueda deberse a que no están correctamente "alfabetizados" en información digital y por eso no reconocen correctamente las señales que podrían alertarles, como una dirección web con una URL sospechosa. Podría incluso agravarse este problema a medida que la generación de los baby boomers (nacidos entre 1946 y 1964). Y estos problemas podrían recrudecer a medida que se vuelvan más comunes los vídeos deepfake (vídeos manipulados) que hoy comienzan a pulular y que requieren de cierta "picardía informática" para detectarse.

El cerebro, aparentemente, puede ser fácilmente engañado aunque sea el órgano más avanzado de la creación. Cosas DE LA CABEZA que intrigan y apasionan. Nos leemos el siguiente sábado.



¿POR QUÉ MIENTEN LOS NIÑOS?

 


Artículo correspondiente a la columna semenal DE LA CABEZA del Diario La Nacion del sábado 10 de abril de 2021. Todos los derechos reservados. 

No somos pocos los padres que reprimimos con regaños a nuestros hijos cuando los sorprendemos mintiéndonos, pero si vamos a ser sinceros... ¿quién de nosotros no ha mentido cuando niño? (de adulto mejor no hablo, es tema de otro sábado). El tema de los niños mentirosos es un tema que preocupa (y mucho) a los padres, pero hoy les cuento acerca de la función que cumplen las mentiras en nuestros hijos y alumnos.... ¿no lo sabían? Bueno, si. Como todo en Neurociencias, las mentiras infantiles tienen explicaciones. 

¿Por qué nuestros hijos esconden algo cuando lo rompen? ¿Por qué hay determinadas cosas que solo se las piden a los abuelos o a uno de los padres (el más "flojo") y encima lo hacen a escondidas? Bueno, las Neurociencias lo explican: los estudios llegan a la conclusión de que mentir es sinónimo de ser inteligente, así que, lo dicho, felicidades. A madres, padres y maestros nos preocupa mucho que nuestros hijos nos mientan sobre cosas que han hecho (o no han hecho). Solemos atribuir la mentira a algo intrínseco del niño (“es un niño mentiroso” o “es una niña mala”) o, por el contrario, a que no les estamos educando por el buen camino (“algo estamos haciendo mal para que actúe de esta manera”). Lo cierto es que la mentira es un aspecto evolutivo, normal y adaptativo. Necesitamos saber mentir y hacerlo suficientemente bien para estar adaptados a nuestro entorno y sociedad. Y es que los niños pueden mentir por tres motivos diferentes. En primer lugar porque necesitan que sus padres aprueben lo que hacen, dicen y quiénes son. En segundo lugar porque les cuesta reconocer sus errores y meteduras de pata y en tercer lugar porque quieren evitar a toda costa las consecuencias negativas de sus actos, dicho de otra forma, los castigos (debemos recordar que el daño no educa, no siempre el peor castigo es el mejor ejemplo). En definitiva, los niños mienten por aprobación, porque cuesta reconocer el error y para evitar los castigos... exactamente los mismos motivos por los que los adultos también mentimos: para ser aceptados en la familia y en nuestro grupo de amigos, porque nos cuesta mostrarnos imperfectos y porque no queremos ser sancionados ni señalados por nadie. No nos gusta que nuestros hijos mientan, pero somos los primeros que lo hacemos, entre otros motivos, porque la mentira es un aspecto fundamental de la socialización del ser humano. 


¿En qué consiste mentir? Una persona miente cuando dice algo contrario a lo que sabe, siente o piensa. En ocasiones más que mentir, lo que hacemos es ocultar algo. Por lo tanto, para poder mentir es necesario que la persona sea consciente de algo. Es fundamental que la persona que miente sea consciente que los demás piensan o saben cosas diferentes de las que sabemos nosotros. Los niños muy pequeños, al pensar que los demás tienen las mismas sensaciones, emociones y pensamientos que ellos, no tienen la capacidad de mentir. Esta posibilidad solo entra en escena cuando aparece esta diferenciación entre nosotros y los demás. Solo puedo mentir si soy capaz de entender y ser consciente de que tú no sabes o no has visto lo mismo que yo sé o he visto. Ahí es donde cabe la mentira, de lo contrario no existe esa posibilidad. ¿De dan cuenta por qué las personas del espectro autista son terrible y hasta dolorosamente sinceras? Porque no empatizan, no se colocan en el lugar de otro, no pueden pensar como piensa el otro, y esto les crea un enorme problema en lo que conocemos como conciencia social. Llamamos teoría de la mente a la capacidad que desarrollamos sobre los cuatro y cinco años mediante la cual diferenciamos nuestras emociones, intenciones y creencias de las de los demás. Sería algo así como otorgar una mente a los demás diferente de la nuestra.  


Además de que los niños tengan adquirida la teoría de la mente, algo que les permitirá mentir, hay que tener en cuenta que las mentiras en los niños son más frecuentes si existe un clima de desconfianza en casa, si el niño tiene un apego inseguro y si los padres utilizan frecuentemente el castigo. Si, por el contrario, somos capaces de desarrollar una buena relación con nuestros hijos, donde reina la confianza, la empatía y la comunicación, entonces la mentira será menos probable, aunque como sostengo a lo largo del artículo, la mentira es necesaria para una buena y saludable adaptación social. Entonces, de ahora en más, si no queremos niños mentirosos constantemente, construyamos un ambiente de confianza, comunicación y comprensión. ¿Ven que la crianza de los hijos nos tiene DE LA CABEZA? Nos leemos el sábado que viene.


PAREIDOLIAS O EL VER COSAS DONDE NO LAS HAY

 


Artículo correspondiente a la columna semanal DE LA CABEZA del diario La Nación del sábado 15 de abril de 2021. Todos los derechos reservados.

¿Cuántas veces nos hemos entretenido viendo animales gigantescos en las nubes del cielo? ¿O nos ha parecido que una mancha de humedad adopta ciertas formas incluso hasta místicas o terroríficas? No es magia ni brujería. Esta capacidad del ser humano de reconocer figuras animadas en objetos inanimados se llama pareidolia. Desde hace años, los investigadores analizan este fenómeno, que va más allá en el caso de la identificación de caras: una cerradura o una voluta de humo de una quemazón o un incendio. 

Pero, ¿qué mecanismos se activan para que no solo «leamos» caras, sino también supuestos sentimientos? Un nuevo estudio, publicado por la Universidad de Nueva Gales del Sur (UNSW) en la revista « Psychological Science», ha demostrado que procesamos estas caras «falsas» de la misma manera que lo hacemos con los rostros reales, y no solo parecen caras, sino que incluso pueden transmitir un sentido de personalidad o significado social: pueden mirarte o incluso sonreír. Pero, ¿por qué se produce la pareidolia facial? Sencillo: si bien todos los rostros humanos tienen diferencias, también comparten características comunes, como la disposición espacial de los ojos y la boca. Este patrón básico de características que define el rostro humano es algo con lo que nuestro cerebro está particularmente familiarizado, y es probable lo que atraiga nuestra atención sobre los objetos de pareidolia. 


Pero esta percepción no se limita solo a percibir una cara; también necesitamos reconocer quién es esa persona y leer la información de su rostro, como por ejemplo si nos presta atención, está feliz o molesto. En el proceso intervienen partes de nuestro cerebro que están especializadas en extraer este tipo de información. Existe evidencia de que esto refleja una especie de proceso de habituación en el cerebro, donde las células involucradas en la detección de la dirección de la mirada cambian su sensibilidad cuando estamos expuestos repetidamente a rostros con una dirección particular de hacia donde se mire. Por ende, la pareidolia facial es una especie de ilusión visual. Sabemos que el objeto en realidad no tiene mente, pero no podemos evitar verlo con características mentales como una 'dirección de la mirada' debido a mecanismos en nuestro sistema visual que se activan cuando detectan un objeto con características básicas similares a caras. 

Pero, ¿para qué sirve este fenómeno? La pareidolia facial es producto de nuestra evolución. De hecho, los estudios han observado el fenómeno entre los monos, lo que sugiere que la función cerebral se ha heredado de los primates. Nuestro cerebro ha evolucionado para facilitar la interacción social, y esto influye en la forma en que vemos el mundo que nos rodea. Existe una ventaja evolutiva en ser realmente bueno o realmente eficiente en la detección de rostros; es importante para nosotros socialmente. También es relevante para detectar depredadores. Pero se observa que hemos evolucionado para ser tan buenos en la detección de caras que esto puede generar falsos positivos, como cuando ves caras que realmente no están allí. Sin embargo, es mejor tener un sistema demasiado sensible que uno que no lo sea. 


Más allá de conocer cómo funciona nuestro cerebro en este tipo de fenómenos, los investigadores apuntan a que este hecho podría ayudarnos a comprender mejor algunos trastornos cognitivos relacionados con el reconocimiento facial, como en algunos casos de prosopagnosia facial o del espectro autista. Por ello, el objetivo a largo plazo del estudio de fenómenos como la pareidolia es el comprender cómo pueden surgir las dificultades en la percepción del rostro y el funcionamiento social cotidiano... búsquedas del funcionamiento de nuestro cerebro que nos tienen, sábado a sábado, DE LA CABEZA. Nos leemos la semana que viene.



EL ASCO: ESA MISTERIOSA COSTUMBRE CEREBRAL



Artículo correspondiente a la columna DE LA CABEZA del Diario La Nación del sábado 18 de marzo de 2021. Todos los derechos reservados.


¿Qué es el asco? Es la sensación desagradable que nos produce algo y que incluso, puede llegar a llevarnos a sentir náuseas o incluso, a vomitar. Es uno de los aspectos más curiosos del ser humano el poder sentir asco por ciertas cosas que nos rodean. ¿De dónde viene esta desagradable sensación? Es una sensación que proviene de un mecanismo evolutivo para proteger al cuerpo de los patógenos infecciosos, ya que lo que huele mal probablemente sepa mal, y nuestros ancestros no tenían sofisticados análisis químicos o bacteriológicos para determinar lo que estaba en mal estado o no. Entonces, el propio cuerpo desarrollaba una forma natural de decirle "no lo comas" y... se desencadenaba el mecanismo del asco. Sin embargo, también se compone de una forma social que creaba sus propias reglas sobre lo que es y no es asqueroso, apuntando a un sentido moral. Cuando algo provoca repugnancia, solemos tener una reacción de repulsión hacia el objeto que concentra ese rechazo. A finales del siglo XIX, el surgimiento de la teoría microbiana de la enfermedad, la cual postulaba que ciertos microorganismos pueden producir enfermedad, proporcionó una justificación científica para las respuestas de asco a patologías que ya estaban presentes en varias culturas, pero realmente fue después de la última parte de este siglo cuando se produjo una unión entre las creencias comunes que propiciaban el contagio y la teoría de los gérmenes. 


Evidentemente, nuestras sensaciones de asco no tienen un fundamento científico. Más bien responden a las emociones. Dicho de otro modo, cuando te ponen delante un plato que no te gusta y por el que sientes repulsión no es porque estás pensando en la cantidad de gérmenes que pueda tener, sino que parte de una sensación propia de incomodidad muy visceral. Lo que hace que el asco sea algo fascinante como emoción es que, aunque tiene su origen en proteger al cuerpo de la ingestión de patógenos, sus implicaciones van mucho más allá: desde una profunda desconfianza hacia las personas de otras culturas con hábitos diferentes a los nuestros, (como nos pasó hace poco más de un año cuando nos llegaban las imágenes de los animales salvajes que se venden en el mercado de Wuhan), pasando por las comidas exóticas y hasta un malestar hacia personas que tienen preferencias sexuales distintas a las nuestras (aunque duela decirlo, pero así somos!!!). El asco está en todas partes. Si bien a la gente le gusta decir que "la confianza acaba dando asco", cuando se trata de analizar la psicología de esta misma sensación, en realidad debería ser exactamente lo contrario. Y es que, cuanto más cerca estoy emocionalmente de una persona, menos propenso soy a ver la repugnancia de sus actos o acciones cotidianas. ¿O no? 

Existen dos tipos de asco: el emocional y el moral. Y ambos se relacionan entre sí hasta el punto de confundirse. Cuando algo provoca una sensación de repugnancia, solemos tener una reacción de repulsión hacia el objeto que concentra ese rechazo. De manera similar, los científicos han sugerido que cuando algo nos repugna a niveles morales, tendemos a proteger "nuestras almas" de la contaminación moral manteniéndonos alejados de dichas personas. De todas formas, más allá de esta diferenciación existen una serie de categorías para distinguir a los tipos de asco. Se agrupa esta molesta sensación en cuatro categorías: el asco central (que viene a ser el más irracional y general, atribuido principalmente a los alimentos), el asco de naturaleza animal (cualquier elemento que nos recuerde a nuestra naturaleza animal o mortal, como los excrementos, la muerte o el sexo), asco interpersonal (cuando te sientes incómodo al llevar ropa de otra persona u objetos que han estado durante mucho tiempo próximos a ella) y el asco moral (cuando existe una afrenta de categoría moral, como viene a ser un asesino en serie o un violador). 


El asco es universal, pero no todos los ascos son los mismos. Además de factores evolutivos y morales, también destacan los culturales. ¿En qué se diferencian de estos? Básicamente en que el asco no es una emoción automática o innata, sino que es algo que se aprende según pasan los años. De ahí que a veces, según sea nuestro momento vital, algunas cosas que antes nos provocaban un profundo malestar más tarde esa sensación puede desaparecer. Una de las razones por las que el asco no se desarrolla hasta que lo niños alcanzan cierta edad es que la sensibilidad a la contaminación o el rechazo de la suciedad de los adultos es realmente compleja. Debe haber un esfuerzo en la imaginación para concebir la contaminación en algo que realmente no parece contaminado: después de todo, no podemos ver microorganismos en la comida. Los niños no pueden dar este salto tan fácilmente como los adultos, lo que podría explicar por qué las respuestas en ellos aparecen más tarde... y se llevan todo a la boca o (perdón el ejemplo), se comen los mocos.

El asco es uno de los comportamientos cerebrales que nos tiene DE LA CABEZA. El cerebro nunca deja de sorprendernos. Nos leemos el sábado que viene. 



LO QUE SUCEDE EN EL CEREBRO CUANDO DAMOS UNA BUENA CLASE

  Artículo correspondiente a la columna dominical DE LA CABEZA del Diario La Nación correspondiente al domingo 10 de setiembre de 2023. Todo...