sábado, 12 de junio de 2021

EL CEREBRO Y LAS FAKE NEWS

 


Artículo correspondiente a la columna semanal DE LA CABEZA del Diario La Nación del sábado 27 de marzo de 2021. Todos los derechos reservados.

Uno de los peores males (a mi criterio personal) poco discutidos y que están creando mucho daño en esta pandemia es la infodemia, esa maldita costumbre de crear, recrear y repetir "pseudonoticias" de incomprobable fuente y muchísimo más que dudosa procedencia y seriedad en contenido y fundamentos. Si bien esto ha existido siempre con el fin de confundir o dañar a alguien aún antes de que existiesen las redes sociales o las mensajerías instantáneas. es en estas donde encontraron el ambiente más propicio para nacer, crecer y multiplicarse. Y en la pandemia​, con más gente asomada a esas redes y durante más tiempo, ha potenciado muchísimo estas fake news, acelerando y ampliando su difusión. en situaciones de tensión y preocupación como las actuales las personas somos más susceptibles, hay más cosas que nos resultan amenazantes, estamos a la expectativa y nos volvemos más reactivos y más hiper vigilantes, lo que hace que no diferenciemos la realidad de lo fantasioso, causando una falla en nuestra capacidad de procesar tanta noticia. Este sesgo de informacion no responde a una función cerebral sino más bien cultural: damos por sentado algo que no es correcto solamente porque se encuadra en nuestra forma de pensar o en lo que consideramos (o queremos) que sea real sea o no cierto. 


Esto sucede porque el cerebro es un gran ahorrador de energía (léase: es un enorme haragán) que hará todo lo posible por no gastar. Y como ya invirtió recursos en aprender algo y debe invertir más en desaprender y reaprender, entonces "acomoda" la información a los patrones que posee grabados, siéndole más "cómodo" adaptar lo que recibe a lo que aprendió. Y esto, como podemos apreciar, no es la verdad de las cosas, ya que el cerebro absorbe como una esponja informaciones que coinciden con la ideología e ignora la información contraria porque genera disonancia cognitiva y eso provoca malestar. O sea, es decirle al cerebro que está equivocado, y eso cuesta mucho. Es por esto que la única manera de luchar contra el sesgo de confirmación (y el resto de sesgos cognitivos) es ser consciente de su existencia y reflexionar de forma muy consciente y racional cuánto de verdad hay o puede haber en lo que nos dicen. Y así como hay personas hipercríticas o extremadamente desconfiadas que tienden a ponerlo todo en tela de juicio y no se fían de nada ni de nadie aunque se sientan identificadas con ciertas ideas, hay otras que porque son muy abiertas, muy flexibles o quizá muy incultas, pecan de ingenuidad y es más fácil que sean víctimas de las fake news. 


Otro sesgo que debemos considerar a la hora de la verdad (nunca mejor dicha esta expresión) es lo que en neurociencia denominan la ilusión de conocimiento y control, el hecho de que uno necesita tener la sensación de que su vida está controlada y siempre buscar estrategias para sentir que se tiene el control. A esto se suma que todo el mundo piensa que sabe más de lo que realmente sabe, de modo que cuando en medio de la incertidumbre del coronavirus, por ejemplo, recibimos una información que pensamos que es privilegiada, somos proclives a creerla porque eso refuerza nuestra ilusión de conocimiento y nos hace pensar que tenemos el control sobre lo que está pasando. Esta es la explicación de la presencia de lo que yo llamo "todólogos de la pandemia" o "neoespecialistas en Covid".

Un sesgo más es el del refuerzo social, ese que logra que cuando compartimos algo y nuestros amigos o familiares se muestran de acuerdo, nos hace sentir valorados y nos proporciona un refuerzo brutal a manera de una dosis de dopamina, activando el mismo circuito cerebral que detallara tantas veces en esta columna y que es el mismo que si practicáramos sexo o consumiéramos una droga, proporcionándonos placer, lo cual nos predispone a compartir informaciones y expandir inventos, los creamos o no. Y al final, si algo se repite y comparte mucho, más personas acabarán dándolo por cierto. 

A este otro sesgo se suma el llamado efecto halo, otra tendencia derivada de la forma en que funciona el cerebro que nos impulsa a hacer extensiva la buena impresión que tenemos de una persona en un aspecto concreto a otros ámbitos de su vida, aunque no tengan nada que ver. Esto se da así: si el dato falso lo difunde una persona que es influyente, un deportista, un actor, un político, (por algo los llaman "influencers" o influenciadores) la tendencia del cerebro es pensar que, por el hecho de que ese individuo destaca en un ámbito, su opinión tiene un valor superior al que realmente tiene, lo cual confiere mayor credibilidad a las mentiras. Esto también se da en sentido contrario: por fruto del sesgo de refuerzo social, si uno se aferra a hipótesis o tesis con las que el resto no está de acuerdo, se produce una sensación desagradable, de carencia y rechazo, y se activan los circuitos cerebrales de la ansiedad​. 


Respecto a lo que hablábamos, debemos considerar que hay otros factores que también influyen. Por ejemplo, el nivel cultural, ya que si uno sabe mucho de un tema es más difícil que le cuelen información falsa. También condicionan ciertos rasgos de personalidad, como un narcisismo mal llevado, donde el no tener bien afinado el nivel de conocimiento que uno tiene y pensar que su criterio siempre es el bueno; consigue que hayan personas convencidas de que tienen más información de la que en realidad manejan, sumándose al sesgo de ilusión de conocimiento y control, lo que finalmente les lleva a confundirse a la hora de filtrar la información, de modo que o no se creen nada o dan por buenas noticias que no lo son

Y más allá de cómo funcione nuestro cerebro, cuál sea nuestra personalidad o nuestro nivel cultural, hay un ingrediente fundamental para que nos creamos los inventos: su verosimilitud. Si es muy absurdo, por más sesgos cognitivos a que estemos sometidos, su recorrido será muy corto y pocas personas “picarán”. Si resulta muy real o tiene poca relevancia, tampoco tendrá mucha potencia. En cambio, si por forma y contenido resulta impactante y verosímil, aunque parezca contradictorio con la realidad que conocemos, es más fácil que le demos espacio. En especial, si además conferimos credibilidad a la fuente o persona que nos lo transmite 

Así que antes de preguntarse '¿por qué la gente no cree en la ciencia?', hay que cuestionarse por qué no quiere creer en la ciencia”, Los ideólogos de la conspiración no aplican parámetros serios a la hora de escoger si sus fuentes son expertas, o se limitan a cualquier video que alguien publicó en YouTube. Y esto es algo que no se enseña lo suficiente, ni siquiera a los niños en la escuela, y que se llama criterio. Además, quienes han sufrido una grave crisis en sus vidas y han perdido hasta el control sobre ella suelen ser vulnerables a las noticias falsas porque para ellos creer en algo, aunque sea falso, le devuelve cierta seguridad al aceptar una explicación fácil para las cosas difíciles ya que les vuelve el mundo aparentemente más comprensible. De hecho, cuando quienes creen en las leyendas de conspiración se sienten inseguros, se esfuerzan aún más por convencer a otras personas. Porque si alguien más cree lo mismo, se sienten confirmados en su creencia. Y a esto se suma el aburrimiento durante la pandemia, el tiempo en que el cerebro está "al santo cohete" y tiene tiempo de divagar no siempre en las direcciones correctas: el aburrimiento contribuye a que la gente quede atrapada en leyendas de la conspiración porque de repente, uno tiene mucho tiempo para buscar datos y opiniones en muchos sitios de Internet que corroboran la tendencia propia a creer en leyendas, luego se une a una comunidad donde ya no está solo y aburrido y se termina identificando plenamente con el grupo. 


Pero hay una última cosa: los nuevos medios de difusión en la red parecen estar embaucando especialmente a la gente mayor, ya que según estudios, los mayores de 60 tienen más problemas para identificar las noticias falsas y, sobre todo, mucho más propensos a difundirlas en redes. Por un lado, sugieren que pueda ser un problema asociado al deterioro cognitivo, que hayan perdido facultades para hacer frente a los bulos en plena forma. Pero también proponen que pueda deberse a que no están correctamente "alfabetizados" en información digital y por eso no reconocen correctamente las señales que podrían alertarles, como una dirección web con una URL sospechosa. Podría incluso agravarse este problema a medida que la generación de los baby boomers (nacidos entre 1946 y 1964). Y estos problemas podrían recrudecer a medida que se vuelvan más comunes los vídeos deepfake (vídeos manipulados) que hoy comienzan a pulular y que requieren de cierta "picardía informática" para detectarse.

El cerebro, aparentemente, puede ser fácilmente engañado aunque sea el órgano más avanzado de la creación. Cosas DE LA CABEZA que intrigan y apasionan. Nos leemos el siguiente sábado.



¿POR QUÉ MIENTEN LOS NIÑOS?

 


Artículo correspondiente a la columna semenal DE LA CABEZA del Diario La Nacion del sábado 10 de abril de 2021. Todos los derechos reservados. 

No somos pocos los padres que reprimimos con regaños a nuestros hijos cuando los sorprendemos mintiéndonos, pero si vamos a ser sinceros... ¿quién de nosotros no ha mentido cuando niño? (de adulto mejor no hablo, es tema de otro sábado). El tema de los niños mentirosos es un tema que preocupa (y mucho) a los padres, pero hoy les cuento acerca de la función que cumplen las mentiras en nuestros hijos y alumnos.... ¿no lo sabían? Bueno, si. Como todo en Neurociencias, las mentiras infantiles tienen explicaciones. 

¿Por qué nuestros hijos esconden algo cuando lo rompen? ¿Por qué hay determinadas cosas que solo se las piden a los abuelos o a uno de los padres (el más "flojo") y encima lo hacen a escondidas? Bueno, las Neurociencias lo explican: los estudios llegan a la conclusión de que mentir es sinónimo de ser inteligente, así que, lo dicho, felicidades. A madres, padres y maestros nos preocupa mucho que nuestros hijos nos mientan sobre cosas que han hecho (o no han hecho). Solemos atribuir la mentira a algo intrínseco del niño (“es un niño mentiroso” o “es una niña mala”) o, por el contrario, a que no les estamos educando por el buen camino (“algo estamos haciendo mal para que actúe de esta manera”). Lo cierto es que la mentira es un aspecto evolutivo, normal y adaptativo. Necesitamos saber mentir y hacerlo suficientemente bien para estar adaptados a nuestro entorno y sociedad. Y es que los niños pueden mentir por tres motivos diferentes. En primer lugar porque necesitan que sus padres aprueben lo que hacen, dicen y quiénes son. En segundo lugar porque les cuesta reconocer sus errores y meteduras de pata y en tercer lugar porque quieren evitar a toda costa las consecuencias negativas de sus actos, dicho de otra forma, los castigos (debemos recordar que el daño no educa, no siempre el peor castigo es el mejor ejemplo). En definitiva, los niños mienten por aprobación, porque cuesta reconocer el error y para evitar los castigos... exactamente los mismos motivos por los que los adultos también mentimos: para ser aceptados en la familia y en nuestro grupo de amigos, porque nos cuesta mostrarnos imperfectos y porque no queremos ser sancionados ni señalados por nadie. No nos gusta que nuestros hijos mientan, pero somos los primeros que lo hacemos, entre otros motivos, porque la mentira es un aspecto fundamental de la socialización del ser humano. 


¿En qué consiste mentir? Una persona miente cuando dice algo contrario a lo que sabe, siente o piensa. En ocasiones más que mentir, lo que hacemos es ocultar algo. Por lo tanto, para poder mentir es necesario que la persona sea consciente de algo. Es fundamental que la persona que miente sea consciente que los demás piensan o saben cosas diferentes de las que sabemos nosotros. Los niños muy pequeños, al pensar que los demás tienen las mismas sensaciones, emociones y pensamientos que ellos, no tienen la capacidad de mentir. Esta posibilidad solo entra en escena cuando aparece esta diferenciación entre nosotros y los demás. Solo puedo mentir si soy capaz de entender y ser consciente de que tú no sabes o no has visto lo mismo que yo sé o he visto. Ahí es donde cabe la mentira, de lo contrario no existe esa posibilidad. ¿De dan cuenta por qué las personas del espectro autista son terrible y hasta dolorosamente sinceras? Porque no empatizan, no se colocan en el lugar de otro, no pueden pensar como piensa el otro, y esto les crea un enorme problema en lo que conocemos como conciencia social. Llamamos teoría de la mente a la capacidad que desarrollamos sobre los cuatro y cinco años mediante la cual diferenciamos nuestras emociones, intenciones y creencias de las de los demás. Sería algo así como otorgar una mente a los demás diferente de la nuestra.  


Además de que los niños tengan adquirida la teoría de la mente, algo que les permitirá mentir, hay que tener en cuenta que las mentiras en los niños son más frecuentes si existe un clima de desconfianza en casa, si el niño tiene un apego inseguro y si los padres utilizan frecuentemente el castigo. Si, por el contrario, somos capaces de desarrollar una buena relación con nuestros hijos, donde reina la confianza, la empatía y la comunicación, entonces la mentira será menos probable, aunque como sostengo a lo largo del artículo, la mentira es necesaria para una buena y saludable adaptación social. Entonces, de ahora en más, si no queremos niños mentirosos constantemente, construyamos un ambiente de confianza, comunicación y comprensión. ¿Ven que la crianza de los hijos nos tiene DE LA CABEZA? Nos leemos el sábado que viene.


PAREIDOLIAS O EL VER COSAS DONDE NO LAS HAY

 


Artículo correspondiente a la columna semanal DE LA CABEZA del diario La Nación del sábado 15 de abril de 2021. Todos los derechos reservados.

¿Cuántas veces nos hemos entretenido viendo animales gigantescos en las nubes del cielo? ¿O nos ha parecido que una mancha de humedad adopta ciertas formas incluso hasta místicas o terroríficas? No es magia ni brujería. Esta capacidad del ser humano de reconocer figuras animadas en objetos inanimados se llama pareidolia. Desde hace años, los investigadores analizan este fenómeno, que va más allá en el caso de la identificación de caras: una cerradura o una voluta de humo de una quemazón o un incendio. 

Pero, ¿qué mecanismos se activan para que no solo «leamos» caras, sino también supuestos sentimientos? Un nuevo estudio, publicado por la Universidad de Nueva Gales del Sur (UNSW) en la revista « Psychological Science», ha demostrado que procesamos estas caras «falsas» de la misma manera que lo hacemos con los rostros reales, y no solo parecen caras, sino que incluso pueden transmitir un sentido de personalidad o significado social: pueden mirarte o incluso sonreír. Pero, ¿por qué se produce la pareidolia facial? Sencillo: si bien todos los rostros humanos tienen diferencias, también comparten características comunes, como la disposición espacial de los ojos y la boca. Este patrón básico de características que define el rostro humano es algo con lo que nuestro cerebro está particularmente familiarizado, y es probable lo que atraiga nuestra atención sobre los objetos de pareidolia. 


Pero esta percepción no se limita solo a percibir una cara; también necesitamos reconocer quién es esa persona y leer la información de su rostro, como por ejemplo si nos presta atención, está feliz o molesto. En el proceso intervienen partes de nuestro cerebro que están especializadas en extraer este tipo de información. Existe evidencia de que esto refleja una especie de proceso de habituación en el cerebro, donde las células involucradas en la detección de la dirección de la mirada cambian su sensibilidad cuando estamos expuestos repetidamente a rostros con una dirección particular de hacia donde se mire. Por ende, la pareidolia facial es una especie de ilusión visual. Sabemos que el objeto en realidad no tiene mente, pero no podemos evitar verlo con características mentales como una 'dirección de la mirada' debido a mecanismos en nuestro sistema visual que se activan cuando detectan un objeto con características básicas similares a caras. 

Pero, ¿para qué sirve este fenómeno? La pareidolia facial es producto de nuestra evolución. De hecho, los estudios han observado el fenómeno entre los monos, lo que sugiere que la función cerebral se ha heredado de los primates. Nuestro cerebro ha evolucionado para facilitar la interacción social, y esto influye en la forma en que vemos el mundo que nos rodea. Existe una ventaja evolutiva en ser realmente bueno o realmente eficiente en la detección de rostros; es importante para nosotros socialmente. También es relevante para detectar depredadores. Pero se observa que hemos evolucionado para ser tan buenos en la detección de caras que esto puede generar falsos positivos, como cuando ves caras que realmente no están allí. Sin embargo, es mejor tener un sistema demasiado sensible que uno que no lo sea. 


Más allá de conocer cómo funciona nuestro cerebro en este tipo de fenómenos, los investigadores apuntan a que este hecho podría ayudarnos a comprender mejor algunos trastornos cognitivos relacionados con el reconocimiento facial, como en algunos casos de prosopagnosia facial o del espectro autista. Por ello, el objetivo a largo plazo del estudio de fenómenos como la pareidolia es el comprender cómo pueden surgir las dificultades en la percepción del rostro y el funcionamiento social cotidiano... búsquedas del funcionamiento de nuestro cerebro que nos tienen, sábado a sábado, DE LA CABEZA. Nos leemos la semana que viene.



EL ASCO: ESA MISTERIOSA COSTUMBRE CEREBRAL



Artículo correspondiente a la columna DE LA CABEZA del Diario La Nación del sábado 18 de marzo de 2021. Todos los derechos reservados.


¿Qué es el asco? Es la sensación desagradable que nos produce algo y que incluso, puede llegar a llevarnos a sentir náuseas o incluso, a vomitar. Es uno de los aspectos más curiosos del ser humano el poder sentir asco por ciertas cosas que nos rodean. ¿De dónde viene esta desagradable sensación? Es una sensación que proviene de un mecanismo evolutivo para proteger al cuerpo de los patógenos infecciosos, ya que lo que huele mal probablemente sepa mal, y nuestros ancestros no tenían sofisticados análisis químicos o bacteriológicos para determinar lo que estaba en mal estado o no. Entonces, el propio cuerpo desarrollaba una forma natural de decirle "no lo comas" y... se desencadenaba el mecanismo del asco. Sin embargo, también se compone de una forma social que creaba sus propias reglas sobre lo que es y no es asqueroso, apuntando a un sentido moral. Cuando algo provoca repugnancia, solemos tener una reacción de repulsión hacia el objeto que concentra ese rechazo. A finales del siglo XIX, el surgimiento de la teoría microbiana de la enfermedad, la cual postulaba que ciertos microorganismos pueden producir enfermedad, proporcionó una justificación científica para las respuestas de asco a patologías que ya estaban presentes en varias culturas, pero realmente fue después de la última parte de este siglo cuando se produjo una unión entre las creencias comunes que propiciaban el contagio y la teoría de los gérmenes. 


Evidentemente, nuestras sensaciones de asco no tienen un fundamento científico. Más bien responden a las emociones. Dicho de otro modo, cuando te ponen delante un plato que no te gusta y por el que sientes repulsión no es porque estás pensando en la cantidad de gérmenes que pueda tener, sino que parte de una sensación propia de incomodidad muy visceral. Lo que hace que el asco sea algo fascinante como emoción es que, aunque tiene su origen en proteger al cuerpo de la ingestión de patógenos, sus implicaciones van mucho más allá: desde una profunda desconfianza hacia las personas de otras culturas con hábitos diferentes a los nuestros, (como nos pasó hace poco más de un año cuando nos llegaban las imágenes de los animales salvajes que se venden en el mercado de Wuhan), pasando por las comidas exóticas y hasta un malestar hacia personas que tienen preferencias sexuales distintas a las nuestras (aunque duela decirlo, pero así somos!!!). El asco está en todas partes. Si bien a la gente le gusta decir que "la confianza acaba dando asco", cuando se trata de analizar la psicología de esta misma sensación, en realidad debería ser exactamente lo contrario. Y es que, cuanto más cerca estoy emocionalmente de una persona, menos propenso soy a ver la repugnancia de sus actos o acciones cotidianas. ¿O no? 

Existen dos tipos de asco: el emocional y el moral. Y ambos se relacionan entre sí hasta el punto de confundirse. Cuando algo provoca una sensación de repugnancia, solemos tener una reacción de repulsión hacia el objeto que concentra ese rechazo. De manera similar, los científicos han sugerido que cuando algo nos repugna a niveles morales, tendemos a proteger "nuestras almas" de la contaminación moral manteniéndonos alejados de dichas personas. De todas formas, más allá de esta diferenciación existen una serie de categorías para distinguir a los tipos de asco. Se agrupa esta molesta sensación en cuatro categorías: el asco central (que viene a ser el más irracional y general, atribuido principalmente a los alimentos), el asco de naturaleza animal (cualquier elemento que nos recuerde a nuestra naturaleza animal o mortal, como los excrementos, la muerte o el sexo), asco interpersonal (cuando te sientes incómodo al llevar ropa de otra persona u objetos que han estado durante mucho tiempo próximos a ella) y el asco moral (cuando existe una afrenta de categoría moral, como viene a ser un asesino en serie o un violador). 


El asco es universal, pero no todos los ascos son los mismos. Además de factores evolutivos y morales, también destacan los culturales. ¿En qué se diferencian de estos? Básicamente en que el asco no es una emoción automática o innata, sino que es algo que se aprende según pasan los años. De ahí que a veces, según sea nuestro momento vital, algunas cosas que antes nos provocaban un profundo malestar más tarde esa sensación puede desaparecer. Una de las razones por las que el asco no se desarrolla hasta que lo niños alcanzan cierta edad es que la sensibilidad a la contaminación o el rechazo de la suciedad de los adultos es realmente compleja. Debe haber un esfuerzo en la imaginación para concebir la contaminación en algo que realmente no parece contaminado: después de todo, no podemos ver microorganismos en la comida. Los niños no pueden dar este salto tan fácilmente como los adultos, lo que podría explicar por qué las respuestas en ellos aparecen más tarde... y se llevan todo a la boca o (perdón el ejemplo), se comen los mocos.

El asco es uno de los comportamientos cerebrales que nos tiene DE LA CABEZA. El cerebro nunca deja de sorprendernos. Nos leemos el sábado que viene. 



LA NEUROALIMENTACION

 


Artículo correspondiente a la columna semanal DE LA CABEZA del Diario La Nación del sábado 12 de junio de 2021. Todos los derechos reservados.

Que somos lo que comemos no es ningun secreto. Y que eso es más patente cuando estamos en etapas del desarrollo tampoco. De hecho, la Neurociencia se ha amigado definitivamente con muchas disciplinas y entre ellas, lo ha hecho con la Nutrición. Hoy sabemos que los alimentos que consumimos podrían favorecer los procesos mediante los cuales aprendemos cosas y que incluso, lo que comemos podría afectar nuestro estado de ánimo. Diversos nutriólogos, médicos y neuro científicos se han dedicado a lo largo de los años a entender y observar los comportamientos que existen en la relación alimentos-cerebro, pues a través de sus estudios han demostrado que lo que comemos no sólo nos nutre (o no) físicamente, sino también cognitivamente. Esto ha demostrado que existen diversos tipos de alimentos (no todos) que inciden directamente para nutrir o afectar las funciones cerebrales. De ahí que los alimentos que sí tienen propiedades saludables para el cerebro hoy sean identificados como "Neuroalimentos", o más gráficamente en inglés como "Brain food" o "comida para el cerebro". 

Pero podrías pensar que esto es obvio: la composición en nutrientes de los alimentos sería el causal de este concepto. Sin embargo, hay algo mucho más profundo que quizás no sepas o hayas escuchado "al pasar" por ahí. Y es que, aunado a los beneficios y propiedades de los distintos Neuroalimentos, debemos saber que una gran cantidad de neurotransmisores se encuentran en nuestro aparato digestivo, por lo que la comunicación y la relación entre el cerebro y los intestinos es constante. No en balde, muchos preconizamos que el aparato intestinal es "el nuevo cerebro" debido a la gran cantidad de terminaciones nerviosas que tiene en toda su extensión, y al hecho de que cada vez más influye en acciones que antes solo atribuíamos al cerebro, y que ya toqué en esta columna en otras ocasiones. 


Conociendo esto, sabemos entonces que la Neuroalimentación es aprender a incluir alimentos que favorezcan el desarrollo cerebral de los niños y las familiasm ello siempre con el apoyo de nutriólogos infantiles o pediatras, pues la Neuroalimentación no es una moda o un tipo de dieta, sino que, para ser realmente efectiva, debe estar basada en un perfil alimenticio personal e individual. Algunos ejemplos de alimentos citados como Neuroalimentos son las manzanas que contienen quercetina (un antioxidante) que permite mantener buena memoria, la piña que contiene activos que despiertan la hormona de la serotonina que es el neurotransmisor de la felicidad, la avena que es fuente de carbohidratos sanos que le dan energía a nuestro cerebro, las nueces que contienen grasas saludables, proteínas y polifenoles que benefician la concentración. el Omega 3 presente en pescado azul (salmón, atún y sardinas), semillas de Chía y la palta, y que beneficia la concentración, la velocidad en la que procesamos la información, el aprendizaje y la memoria además de contribuir al desarrollo de un estado de ánimo más saludable. Otro alimento de injusta mala fama pero que es neuroalimento es el huevo, de cualquier forma (duro frito, revuelto, en tarta y hasta en forma de tortilla) aportando proteína, sobre todo teniendo en cuenta que para el cerebro, lo que más importante es la yema porque nos aporta colina que potencia el desarrollo de la memoria, y siendo lo ideal es mezclarlo con un hidrato de carbono integral como el pan integral para potenciar su acción.

Podemos hablar un montón de este tema, pero por hoy les dejo la lista de neuroalimentos que incluir en la dieta de niños y también de adultos, por supuesto, siempre con la guía nutricional de profesionales especializados en la materia. La alimentación, como todo en la vida, también es una cuestión DE LA CABEZA. Nos leemos en 7 días.
 



EL BAUL DE LOS RECUERDOS

 


Artículo correspondiente a la columna semanal DE LA CABEZA del Diario La Nación del sábado 24 de abril de 2021. Todos los derechos reservados.

Los recuerdos son el mejor estímulo cerebral. La mejor gimnasia es rememorar, recordar tiempos, canciones, momentos, sensaciones. Somos lo que vivimos siempre y cuando lo recordemos, es por eso que enfermedades como el Alzheimer son crueles porque nos roban la esencia de lo que somos: el bagaje que llevamos almacenado en algunos lugares del cerebro. Pero la pregunta que intentaremos responder hoy es: ¿Dónde están esos lugares?

Para la mayoría de los neurocientíficos, la memoria es una facultad de la mente, y esta se identifica con el cerebro. Los recuerdos quedan depositados allí, aunque seguimos sin conocer los detalles del registro. Hace ya más de un siglo se lanzó el concepto de engrama, la plancha donde se “graba” lo vivido. Según experimentos en animales, la memoria parece estar en todas partes y en ninguna. O estaba deslocalizada y distribuida por todo el cerebro, o bien había que buscarla en pequeñas poblaciones de neuronas y sus moléculas. Los investigadores tomaron el segundo camino. El científico Eric Kandel, premio Nobel año 2000 y el gran padre de las Neurociencias modernas, mostró de forma experimental, en moluscos, que el aprendizaje producía cambios en las sinapsis (la conexión entre neuronas) y recibió por ello el premio Nobel en el año 2000. A partir de ahí, la búsqueda del lugar donde se oculta la memoria prosiguió a nivel celular y molecular. La idea central de los científicos era que, dependiendo del tipo de actividad que se realice, suceden cambios en la fuerza sináptica de las neuronas en ciertas áreas del cerebro. Es la llamada hipótesis de la plasticidad neuronal que da por hecho que tenemos "minicopias" del mundo dentro de la cabeza, según la analogía del revelado de las cámaras fotográficas. 


Sin embargo, no basta con explicar cómo se codifican los recuerdos: hay que ver también cómo se organizan, consolidan y, finalmente, son revisitados. No hay duda de que ciertos circuitos neuronales juegan un papel importante a la hora de convocar un recuerdo. Hoy en día, los recuerdos no se hallan localizados, al menos no del todo, pero están ahí. Aunque en cien años no hemos podido localizar estrictamente en el cerebro recuerdo alguno, se cree que están allí por la sencilla razón de que no podrían estar en ningún otro lugar. 

Siendo un asunto temporal, ¿pueden los recuerdos ocupar un lugar en el espacio? Los científicos distinguen entre diferentes tipos de memoria. La memoria es plural y está ligada a acontecimientos importantes de nuestras vidas. Se pueden recordar momentos emocionalmente significativos a pesar de sufrir una grave amnesia. Como la propia palabra indica, recordar es volver a pasar por el corazón ("re-cordis"). Para algunas tradiciones antiguas, los recuerdos se guardan precisamente allí... entonces la memoria podría estar en otros lados también! Por ejemplo, podríamos decir que el cuerpo sería algo más que un mero vehículo de la materia gris, por ello los deportistas y bailarines sienten que sus músculos recuerdan. Los descubrimientos de redes neuronales en el corazón o en los intestinos parecen confirmarlo. Las neurociencias han empezado a desmontar la idea del cerebro como república independiente. Se habla de mente encarnada, embebida y extendida en el paisaje. También de cerebros líquidos, como los enjambres de abejas, hormigas o termitas, que funcionarían como redes neuronales deslocalizadas. Las plantas carecen de neuronas, pero se ha demostrado que pueden aprender y tomar decisiones. 

Entonces, desde esta perspectiva, la memoria y la cognición no serían el monopolio del cerebro, sino que se extendería más allá de la cabeza, incluso en el mundo que nos rodea. El sueño de localizar el tiempo pasado en el espacio presente sigue vivo. Pero hay otras posibilidades. Quizá sea un error buscar el tiempo en el espacio, encontrar un lugar para la memoria. Quizá la memoria, accesible en todas partes, no esté en ninguna. Tras más de un siglo de investigaciones, la memoria sigue desaparecida. ¿Díganme si esto no nos tiene DE LA CABEZA? Nos leemos el sábado que viene.

¿PAPEL O TABLET? ESA ES LA CUESTIÓN...

 


Artículo correspondiente a la columna semanal DE LA CABEZA del Diario La Nación del sábado 27 de abril de 2021. Todos los derechos reservados.

En tiempos de educación pandémica a distancia, las Neurociencias deben acudir prestas a evacuar las dudas que surgen y que siempre van orientadas a la capacidad de aprender. Una de las grandes dudas es: la tecnología facilita el aprendizaje o, por el contrario, los "arcaicos" métodos de aprender deben conservarse por ser mas "cerebralmente amigables"?. La escritura en notebooks, tablets y pads, incluso el mismo teléfono como ayuda memoria, parece haber, en apariencia, "matado" al papel como método de tomar notas. Sin embargo... ¿es eso cierto?

No lo es. Estudios japoneses publicados en Frontiers in Behavioral Neuroscience demostraron que escribir en papel físico puede conducir a una mayor actividad cerebral al recordar la información una hora más tarde. Según los investigadores, la información asociada con la escritura a mano es probablemente la que conduce a una mejor memoria. ¿A qué se debe? El papel es más avanzado y útil en comparación con los documentos electrónicos porque contiene más información única para una mejor recuperación de la memoria. Contrariamente a la creencia popular de que las herramientas digitales aumentan la eficiencia, las notas tomadas "a mano" en papel fueron un 25% más rápidas que aquellas que se hicieron en tablets o teléfonos inteligentes. Los investigadores dicen que los cuadernos de papel contienen información espacial más compleja que el papel digital, permite una permanencia tangible, trazos y formas irregulares, como esquinas dobladas, mientras que el papel digital es uniforme, no tiene una posición fija al desplazarse y desaparece cuando se cierra la aplicación. Por ende, recomiendan desde ese estudio es usar cuadernos de papel para la información que necesitamos aprender o memorizar. 


Se realizaron mediciones en voluntarios mientras realizaban tareas en dispositivos digitales (notebooks, tablets o smartphones) y analógicos (cuadernos comunes de papel) utilizando registro visual de actividad cerebral por medio de la resonancia magnética funcional (fMRI) de la cual solemos hablar cada sábado aquí, y donde visualizamos el aumento del flujo sanguíneo observado en una región específica del cerebro interpretándolo como un signo de aumento de la actividad neuronal en esa área. Los resultados fueron sorprendentes. Aquellos voluntarios examinados que usaban papel tenían más actividad cerebral en áreas asociadas con el lenguaje, la visualización imaginaria y en el hipocampo, nuestra área conocida ya en esta columna semanal por ser importante para la memoria y la navegación. Los investigadores dicen que la activación del hipocampo indica que los métodos analógicos contienen detalles espaciales más ricos que se pueden recordar y navegar en el ojo de la mente. Las herramientas digitales tienen un desplazamiento uniforme hacia arriba y hacia abajo y una disposición estandarizada del tamaño del texto y la imagen, como en una página web. Pero si recuerda un libro de texto físico impreso en papel, puede cerrar los ojos y visualizar la foto un tercio del camino hacia abajo en la página del lado izquierdo, así como las notas que agregó en el margen inferior. Esta ventaja del papel puede igualarse en las formas digitales si se tiene por costumbre personalizar documentos digitales resaltando, subrayando, encerrando en círculos, dibujando flechas, escribiendo notas codificadas por colores en los márgenes, agregando notas adhesivas virtuales u otros tipos de marcas únicas, lo cual puede imitar el enriquecimiento espacial de estilo analógico que puede mejorar la memoria. Esto personalmente, me reconforta, ya que demuestra que los "herejes" que pintamos y resaltamos o anotamos en nuestros libros de texto, aprendemos más (mamá, ¿viste que yo tenia razón?)


Por último, señalemos que este estudio también indicó que es probable que la diferencia en la activación cerebral entre los métodos analógicos y digitales sea mayor en las personas más jóvenes, ya que los cerebros de los estudiantes de secundaria aún se están desarrollando y son mucho más sensibles que los cerebros de los adultos. Y algo no menor: el uso del papel es un gran estimulador de las actividades creativas, ya que es razonable que la creatividad de uno probablemente sea más fructífera si el conocimiento previo se almacena con un aprendizaje más sólido y se recupera con mayor precisión de la memoria, lo cual se demuestra sabiendo que el arte, la composición musical u otras obras creativas, enfatiza el uso de papel en lugar de métodos digitales. Y vos... ¿usás papel o medios digitales? ¿Verdad que estamos DE LA CABEZA con estos temas? Nos leemos el sábado que viene.




LO QUE SUCEDE EN EL CEREBRO CUANDO DAMOS UNA BUENA CLASE

  Artículo correspondiente a la columna dominical DE LA CABEZA del Diario La Nación correspondiente al domingo 10 de setiembre de 2023. Todo...